Otros mundos: en conversación con Mdou Moctar

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A sus treinta a años de edad, el guitarrista nigerino Mdou Moctar es una de las mayores promesas africanas de la actualidad: discos en el pujante sello Sahel Sounds, la próxima salida de una película inspirada en su vida –la primera en lengua tuareg- y la lozanía de su música, son elementos que convergen y le convierten en un firme valor a tener en cuenta. Durante los últimos días de julio hizo su primera gira europea, que en su paso por la península le llevó a Barcelona, La Bisbal, el festival Sinsal, Donostia y Madrid. El veintidós de julio era el turno de la Ciudad Condal, en un concierto organizado por Sidewalk Bookings en el Convent de Sant Agustí. La visita, altamente celebrada por la concurrencia, se vio lastrada por la pérdida ex post de más de ochenta vinilos de la discográfica Sahel Sounds y de un par de maletas con ropa y joyas, material que les fue sustraído de la furgoneta mientras reposaban en el Clot. Un triste accidente que, sin embargo, no debería deslucirsu primoroso pase: más de 90 minutos de inflamada sicodelia desértica; una hipnótica caldera de tonos blues, quejidos celebratorios, actitud rock y espíritu comunitario, que hizo gravitar al abundante público presente.

Poco antes, a la conclusión de la prueba de sonido, subí con Alex –mi inestimable intérprete de la lengua de Balzac a la de Quevedo- y Moctar a los bastidores del Convent. De buenas a primeras, el entrevistado parece un tipo generoso, algo tímido –quizá se notaba que no había hecho muchas entrevistas-, aunque de planta y presencia considerable. Aparenta estar contento y nervioso, justo igual que nosotras; en mi vida me había tocado una entrevista similar y menos en una lengua que no domino. Para él, son asuntos aún mayores: no solamente es una de sus primeras fechas europeas, sino que realmente es uno de los primeros conciertos de su vida. Éste, además, no es uno cualquiera y tiene un significado especial, puesto que cerrar la fecha barcelonesa fue clave para abrirle las puertas de la gira Europea. Y es que, paradójicamente, a pesar de ser francófono, las políticas de entrada de países como Francia son mucho más estrictas. Por ahora se muestra contento por cómo se está desarrollando la gira y le chocan especialmente los materiales que usamos, “de buenísima calidad”, algo que para él es un placer. Apostilla que para nosotros un concierto como el suyo puede ser pequeño, pero que para ellos tiene mejores condiciones que el de cualquier festival allí, puesto que no tienen material suficiente.

Y es que, desgraciadamente, Níger es uno de los países más pobres del mundo –el tercero por la cola según el índice de desarrollo humano-. Está situado dentro de la zona del Sahel –traducida como ribera-, la cual abarca 5400 km de extensión entre el desierto del Sáhara –que limita por el norte- y la sabana sudanesa –que lo hace por el sur-. Toda esta región está afectada por una grave crisis alimentaria, con Níger como país más perjudicado. Según datos de UNICEF, durante 2013 se prestó tratamiento contra la desnutrición aguda grave a más de 28840 menores de cinco años de este país. La zona también está afectada por guerras civiles –como la que está acaeciendo en Mali- y el gobierno francés ha desplegado tropas allí recientemente, con España y otros países sopesando de acompañarles en un futuro próximo.

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La parquedad de recursos no se circunscribe únicamente a los medios o a los instrumentos, sino que se extiende a la práctica misma de la música. En estas circunstancias, las posibilidades de hacer carrera son muy escasas: “Casi no hay conciertos allí, quizá uno al año”, explica. Para sobrevivir, los músicos tocan en bodas como forma de promover su música: “Son como calmantes para nosotros, ya que los festivales y los conciertos son muy raros, así que con esto nos aliviamos”. Las fiestas se suelen hacer de muchas maneras y, nuevamente, la disponibilidad económica rige: “Es una cuestión de medios. Hay gente que no tiene dinero para alquilar un espacio respetable para hacer música, así que tocamos en su casa y vamos allá. Otras personas tampoco tienen sitio allí, por lo que lo hacemos en la calle y todo el mundo está invitado. Allí no hay la cosa de que en una boda te tienen que invitar. Si escuchas música y vas, entonces eres bienvenido”. Esta concepción más colectiva e integradora de la música resuena en unas canciones que se ven apoyadas por palmas, percusiones manuales y sustentos de llamada y respuesta en los coros. Algo que, a mi modo de ver, tiene un firme apoyo en las características, que según Moctar, son necesarias para triunfar en Níger: “Primero tienes que ser buena persona y amable. Tener muchos amigos. También tienes que ser compositor, uno que haga canciones con sentido, que considere a todo el mundo igual: a niños, los tíos… La consideración, todos igual.”

La apasionada relación de Moctar con las seis cuerdas empezó de bien pequeño, hacia 1991, aprendiendo por sí mismo cuando vivía en una isla. Fue un flechazo: “Me gustaba demasiado la guitarra, siento amor por ellas. Empecé de niño, aunque aquello no era aprender, ya que más bien jugaba y bromeaba” Por aquel entonces, “estaba de moda fabricar guitarras con una tabla y las cuerdas de la bicicleta” y él también elaboró una. El material musical escaseaba y los niños fantaseaban con ellas: “Las guitarras son muy raras allí, nunca he visto a nadie venderlas. Ni tan siquiera cuerdas” Harto curiosa es la historia de cómo se las ingenió para obtener algo que se acercase más a ese preciado objeto de deseo: “Un día empecé a pensar que al ser de madera quizá fuera un instrumento que hacen los carpinteros. Entonces comencé a ahorrar el dinero que me daban para ir al colegio, para comprarme algo de comer a la hora del patio o, incluso, a ahorrar un presente muy común en África, que es lo que te da alguien cercano cuando te visita a casa. Lo hice hasta que un día fui al carpintero y le dije que quería una guitarra. Me la hizo como favor: la esperaba tanto que iba cada día a verle y siempre me decía que volviese mañana. Hasta que finalmente la acabó. Para mí no ha habido otra como aquella”, explica, agradecido. Además de añadir los frenos y cables de la bicicleta como hacía siempre, utilizó la apertura de las latas de sardinas para introducirlas en la guitarra y fijar las cuerdas.

El contacto con su primera guitarra ortodoxa lo tuvo al cabo de unos años, cuando se fue de la isla hacia Abalak, el pueblo de su madre. Cerca de allí estaba su hermano mayor, transportista, a quien visitó de vacaciones. Un día, un ganadero no tenía con qué pagar a su hermano y le dio una acústica. Ni corto ni perezoso, nos explica el avatar que rodeó la obtención del instrumento: “Le robé la guitarra a mi hermano a las cuatro de la mañana y me fui a pie a través del desierto: tenía tres horas de camino por delante y algo de dinero. Él no quería que tocara, pero fue con esa con la que poco a poco empecé a aprender”. El proceso no fue ni mucho menos un camino de rosas: “Los zurdos somos raros. A veces invitaba a mis amigos de allí que tocaban la guitarra, porque la mía era nueva y a ellos les encantaba, pero eran mejores que yo. Todo porque yo era zurdo y era nulo; eso me resultaba bastante molesto. En ese momento tuve la idea de darle la vuelta a las cuerdas, pero también era un problema, puesto que no me habitué… Todo lo que sabía y había aprendido lo perdí, pero el sonido de la sexta cuerda que tocaba con mi dedo me gustó mucho y saber hacer un acorde con esa cuerda y la tercera (nos muestra) me permitió entender que poco a poco iba a aprender. Fue la única cosa que me impidió darle la vuelta otra vez a las cuerdas para ponerlas del derecho. Poco a poco todo aquello que había aprendido volvió con un sabor especial.”

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Encarrilar su técnica no impidió sus idas y venidas con el instrumento: “Lo dejé en 2002, cuando abandoné los estudios y me fui ‘para el éxodo’ a Libia. Allí estuve dos años sin tocar y al tercero encontré a Adami. Me encantaba. Fue verle en directo y empezar a amar la música otra vez. Se puede decir que en 2005 comencé a ser un artista, así que no llevo mucho tiempo metido dentro de la música”. No tardó mucho en volver a Níger acompañado de su guitarra, para poco después grabar su primer trabajo, Anar (2008), que no llegó a salir en formato físico: “Tenía un álbum para el que había compuesto doce o trece canciones. Me decidí a hacerlo porque vi que a la gente le gustaba mi música, pero no lo hice ni tan siquiera para hacer dinero. Por aquel entonces era muy joven y no era muy conocido en Níger, solamente en mi entorno más cercano o en mi pueblo, no creo que alguien me conociera fuera de allí”. La carencia de recursos propició que tuviera que viajar para grabar: “Tuve que hacerlo. Otra gente que lo hace va a occidente o Europa, y vuelven con su álbum. En mi caso fui a Sokoto, en Nigeria, porque los estudios que están en mi país me quedan muy lejos y son muy, muy caros.Con el dinero que tenía, si hubiese grabado en mi país no hubiese hecho ni trozos de canciones. Pero con el dinero del que disponía pudimos viajar cuatro personas a Nigeria, ida y vuelta”. El disco fue una rareza dentro del panorama local, puesto que por idea del productor incluyó autotune y prácticas digitales en unas canciones de naturaleza blues, algo que marca a fuego el carácter mulato del sonido. En los pocos temas que circulan por la red, la combinación incluye sencillas y conductoras cajas de ritmos, las cuales cabalgan desniveladamente entre las dunas maridándose con la voz de Moctar, infectada de pitch y autotune, y con sus terrenales guitarras. El resultado suena mutante y con una espacialidad un tanto resbaladiza, producto del carácter tentativo que tienen todas las intrépidas exploraciones por la terra incognita.

Fue ese disco el que propulsó su trayectoria de una forma que a nosotros nos puede parecer insólita: sus canciones fueron compartidas a partir de los teléfonos móviles. Sí, como lo oyen, en Níger es habitual que la gente comparta la música a partir de los celulares. Anteriormente lo hacían a través de las casetes, pero ahora lo hacen a través de tarjetas o de bluetooth, a pesar de que en muchos casos no tengan ni línea ni internet: “Se intercambia mucho y no tenemos muchas leyes sobre música. Nos pasamos las canciones”. Sin que añadamos nada, se justifica: “Para la gente que no llega a comprender…cada persona tiene su manera o forma de entender y enfocar las cosas. Para mí, el hecho de que se haya compartido mi música ha sido lo que ha hecho que sea conocido, y eso es algo positivo. Para nosotros es una manera de promovernos, y lo vemos así.” Moctar añade que el sistema de los discos ya no funciona, “Qué vas a hacer con ellos?”, el sistema es con los móviles, puesto que simplemente con un cable puedes escuchar música, explica.

Precisamente, su salto al mundo occidental viene originado por un encuentro casual motivado por este sistema de transmisión. Tahoultine se convirtió en un hit y fue ampliamente compartida a lo largo de la región. El tema llegó a los oídos de Christophe Kirkley, un autodenominado etnomusicólogo amateur que estuvo un tiempo de visita por la zona del Sahel acompañado por una grabadora. Se entusiasmó tanto con esos sonidos que escuchaba que editó en 2010 un recopilatorio en casete bajo el título Music From Saharan Cellphones Vol.1. Fue el lanzamiento crisálida de su discográfica Sahel Sounds, dedicada a editar y difundir sonidos de la zona, con más de 25 referencias hasta la fecha. La canción fue incluida bajo el apelativo de “Níger –Autotune”, un nombre genérico que obedecía a la incapacidad inicial de Kirkley para dar con el autor de esa composición que había conocido a través de los intercambios entre teléfonos.

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La historia del encuentro entre ambos es sumamente deliciosa: “Escuchó mi música en Mali y empezó a preguntar por mí, me vino a buscar incluso a Mauritania. Preguntó a un viejo Tuareg en Mali si conocía la lengua en la que cantaba, y él le dijo que era de una región que se llamaba Tahoua. Entonces, Christophe hizo una investigación sobre la zona y sus músicos y empezó a enviar mensajes a gente de Tahoua preguntando si conocían a un artista llamado Mdou y si tenían su número. Al final alguien le dijo ‘no tengo su número pero te voy a dar el de su amigo’ y le envió el número de mi amigo, le llamó, y mi amigo le envió mi número. Cuando me llamó me dijo: ‘Soy un americano’. Bah! Al principio pensé que era un primo que me hacía una broma, ¿sabes? Ni siquiera me lo tomé en serio. Me enviaba mensajes explicándome cómo íbamos a trabajar pero yo no le creía. Finalmente nos entendimos y me llamaba de vez en cuando para decirme que venía, hasta que lo que hizo. Cuando me visitó a mi casa, viajé a otro pueblo y nos encontramos: toqué mucha música, muchos trozos y él grabó en directo. Si hacíamos algo entre amigos, él grababa; si me invitaban a una boda, él grababa”. El resultado de esas sesiones por Tchin-Tabaradene fue Afelan (Sahel Sounds, 2013), un disco que, como otros de esta línea Tuareg de blues-rock desértico, suena totalmente audioverité: en algunas canciones podemos notar el aliento del público bramando, jaleando y dando sudorosas palmas de apoyo a los músicos, que rebozan una celebratoria ejecución formal, de esmoquin y pajarita, con un distendido aire de jam. Fuera del autotune y de los arreglos digitales, Moctar combina temas de parca instrumentación, con el único apoyo de fogosas percusiones manuales, con canciones más sicodélicas, de ritmo y pulso casi circular, en las que su guitarra esculpe ardorosos solos en llamas.

Las letras de sus composiciones giran sobre temas muy variados, aunque los principales son cuatro: “Revolución, amor, religión y educación”. Se cierra en banda cuando le pregunto si la revolución tiene que ver con el tema político y sobre si ve su música de una manera política. Algo tenso, nos señala que ya nos ha enumerado cuáles son los temas de su música, para luego matizar: “La revolución nunca ha metido los pies en la política. No hablamos de la guerra. Sensibilizamos a la masa para que pueda comprender. Estar unidos es lo importante. Si alguien como, por ejemplo, tu amigo, ha sido herido, es como si lo hubieses sidotú. Hablamos de solidaridad. El mal de un pueblo es tu mal. Es una cuestión de fraternidad”. Es también esquivo al hablar de la lucha Tuareg: “soy artista, no es cosa mía”. Incluso se muestra algo desinteresado al preguntarle por la vida allí y rehúsa pasar de los tópicos: “Somos nómadas, con nuestra propia lengua y escritura. Para saber cómo viven, tenéis que visitarlos. Todo lo que te diga aquí no tiene sentido hasta que no has vivido allí. Porque hay cosas que una persona no te puede explicar, tienes que verlo realmente. Aunque ya te puedo decir que los tuaregs no viven en casas así, ni con pantalones así”, bromea (señala su chándal y el entorno y ríe).

Sin embargo, la creciente popularidad de la música Tuareg le resulta halagadora: “Me gusta que se este difundiendo esa música, porque no tiene que ser algo cerrado. La hacemos para que la gente la disfrute, no para tocarla para nosotros con los auriculares”. Algunos de los grupos Tuareg son amigos suyos y mantienen un sentimiento de fraternidad: “Entre nosotros, si dices que eres Tuareg… todos somos hermanos”. Desde 2007, conjuntos como Tinariwen –los más conocidos, cuya fama les ha llevado a ser teloneros de los Rolling Stones-, Terakraft, Group Doueh, Group Inerane o Bombino han conseguido cierta visibilidad internacional, siendo reivindicados e, incluso, imitados por músicos occidentales. Asimismo, discográficas como Nonesuch, Sublime Frequencies o la misma Sahel Sounds han realizado una continua labor de difusión de estas músicas. “Algunos de estos, como Tinariwen, son artistas antiguos y fueron los que tuvieron ocasión de venir a Europa. Fue a partir de que tocaran en la zona (por el Sahel, entiendo) que su música empezó a ser conocida. Los turistas escucharon su música, se la pasaron a sus hermanos y hermanas (se refiere a lxs de lxs turistas), empezó a difundirse y los artistas vinieron aquí (Europa) para hacer conciertos. Se convirtió en algo importante para vosotros. Es una música extraña para la gente que no la ha estudiado, ya que tiene notas diferentes, se toca de una manera un poco distinta a la de los occidentales. Creo que esto es clave”.

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Le pregunto por la música tuareg, para que me hable acerca de los ingredientes de estos particularísimos sonidos de raíces, que aunque cuando son electrificados tienen efluvios que remiten al blues-rock, en realidad son otra cosa: una música de un extraño cariz hipnótico y desértico, casi desolado, con percusiones que siguen un apresado ritmo eterno. Tiene un origen y una composición realmente rica, porque hay mensajes dentro, sabes? Encuentro que transmite muchos mensajes y todavía es respetada porque no hay insultos ni palabras que sean sucias. Si no habla del amor, habla de la revolución, o bien hablará de la vida. Es por esto que es responsable. Por ejemplo, no habla de cosas sucias como en las otras razas. No habla nunca de comida, ni de sexo, nunca. Eso es imposible. No forma parte de nosotros. La música tuareg nunca permitirá que una mujer se convierta en puta. Es por eso que es respetada. Incluso el baile no es raro, es un baile respetuoso. Un hombre con una mujer, pero no hay besos, no…a veces hay una chica que baila, da una vuelta y le echas dinero”. Una música tuareg que es transnacional, se escucha por todo el Sahel y que, al menos en Níger, siempre había sido circunscrita tradicionalmente a determinadas “razas” – Moctar utiliza este término -: los árabes, los tuaregs y los peul. Otras, como los hausa, la han empezado a escuchar muy recientemente, producto de la mayor difusión y popularidad que tiene actualmente por todo el país.

Parece que, en contra de lo que ocurre en su país y en su zona, soplan vientos favorables a la música de Mdou Moctar. Su gira por Europa ha sido un éxito – incluso añadió una segunda fecha en el celebérrimo Cafe Oto londinense, villa dorada de la música experimental europea- y la coyuntura parece favorable: a finales de este año se presentará Akounak Teggdalit Taha Tazouhai, una película ambientada en Agadez con Moctar de protagonista, que versará sobre las vicisitudes de un artista de la zona intentando triunfar en el mundo de la música. Co-dirigida por Kirkley, es la primera película rodada en lengua tuareg y promete hacer crecer a su figura. Mientras, seguirá editando discos –tanto en vivo como en directo, puesto que “cada cosa tiene su sabor”-, haciendo giras e intentando conseguir su sueño: crear una escuela de música en Níger.

Victor Ginesta Rodríguez

Traducción de la entrevista del francés al castellano por Andrea Alvarado Vives y Alex Alvarado Vives.


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