La influencia de DJ Screw: cuando el Hip Hop fue empujado a la psicodelia…

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 “I’m going to screw the world”.

El género Hip Hop ha ido formándose a base de impulsos muy tímidos, simples innovaciones: que le pregunten al Hércules del Bronx, cuando con tan solo 15 años y en 1967 desembarcó en la zona sur del Bronx, aún conocido únicamente como Clive Campbell y con su musculatura en pleno desarrollo. No está claro si ya tenía alguna idea de lo que 6 años después realizaría delante de algunos amigos en la fiesta de cumpleaños de su hermana, en la avenida Sedgwick, enlazando el mismo break de James Brown para crear el efecto de repetición que después perfeccionaría y se conocería como breakbeat. Conocía la cultura del toaster de su natal Jamaica y su intención era implantarla en sus reputadas fiestas de barrio, pero personalmente no creo que Kool Herc imaginara la revolución que portarían sus manos y sus rudimentarias técnicas con las ruedas de acero.

El juego de las grandes expectativas y las aspiraciones vino después: un sencillo corta/pega manual de dos vinilos desencadenó una de las últimas obras maestras de creación afroamericana, la interpretación urbana polivalente  más original y versátil jamás concebida y que hoy ya está completamente establecida, normalizada y globalizada. Si avanzamos, observaremos que hasta llegar a Kanye West y sus proclamaciones mesiánicas el desarrollo del estilo ha sido tranquilo, sin grandes alteraciones ni volteretas, cultivando una relación bidireccional con el resto de abanico musical contemporáneo, influenciando y dejándose influenciar, en todos los sentidos.

El DJ siempre fue la columna vertebral en los primeros estadios del Hip Hop, desbancado con los años tanto por MCs, letras, mensaje, estilismo, tópicos y actitud ligada al género; incluso el beatmaker hace las veces y en la actualidad de segundo a bordo en cuanto a roles se refiere, desplazando al DJ únicamente a una necesidad puramente escénica y nunca determinante. Una anécdota que ya nada tiene de musical, más bien es un recurso logístico: alguien tiene que reproducir los beats en la actuación (y sino no pasa nada, para eso está el laptop, que no hace scratch pero da autonomía).

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“Un 16 de Noviembre del año 2000 nadie fuera de Houston sabía de un DJ adicto a la codeína de nombre Robert Earl Davis, Jr. Había muerto de sobredosis, al mezclar el brebaje púrpura con calmantes, PCP y otras drogas; cayó redondo en su estudio de grabación situado en Commerce Park Drive. A diferencia de J Dilla, nadie lloró su desgraciada y temprana muerte”.

Hoy en día no solo el DJ ha prácticamente desaparecido del mapa; proyectos innovadores se cuentan con los dedos de una mano, la trangresión es cada vez menos común y las campañas de promoción han engullido cualquier tipo de intención pionera: hasta las demoliciones de barreras sexuales, la progresiva extinción de la homofobia en el género, el machismo intocable y otros avances palpables se observan desde una segunda fila, eclipsados por cosas como la “performance” en un museo de magnates como Jay-Z. La maximización del Hip Hop en todos los términos y segmentos provoca como en nuestra sociedad actual, que la mayoría de atención se la lleven los que más focos pueden comprar y direccionar sobre su cogote, a su vez generando una falsa ilusión de que lo más atendido popularmente es lo realmente crucial.

No intento convencer a nadie, pero la historia y la documentación nos dicen ampliamente que las revoluciones suelen siempre gestarse en un clima íntimo, nocivo o más bien desfavorable: nunca una gran jugada creativa en esto de la música llega desde la comodidad de un yate o desde grandes estudios de grabación equipados con máquinas que probablemente no se usen nunca. El primer y principal dato de que “esto” es seguramente verídico es que normalmente éstas pequeñas revoluciones llegan a nosotros tarde, degeneradas y ya tergiversadas, nunca a no ser que formemos parte del cast de la película, observaremos algo nacer y crecer ante nuestros ojos (esta parte ha cambiado radicalmente con la llegada de Internet y la aceleración de información y consumo, pero en la década pasada aún tenía efecto).

Un 16 de Noviembre del año 2000 nadie fuera de Houston sabía de un DJ adicto a la codeína de nombre Robert Earl Davis, Jr. Había muerto de sobredosis, al mezclar el brebaje púrpura con calmantes, PCP y otras drogas; cayó redondo en su estudio de grabación situado en Commerce Park Drive. A diferencia de J Dilla, nadie lloró su desgraciada y temprana muerte, tan solo próximos y fieles del circuito regional: el mundo del Hip Hop no estaba de rodillas y mucho menos iba a reconocer con homenajes multitudinarios y variados el legado de alguien del que, todavía, se desconocía su capital influencia. Y menos si éste tal DJ Screw era precisamente “un DJ” situado en una de las zonas más conflictivas del Sur de Estados Unidos; el DJ ya era en el año 2000 una pieza discriminada por el mismo género que él había creado y la escena Houston no explotaría internacionalmente hasta el ecuador de la misma década.

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Suena gracioso: además de ser la mayor y última gran revolución dentro del Hip Hop, capaz de extenderse con multitud de tentáculos en casi todos los territorios electrónicos actuales, ha sido también la revolución que más perspectiva ha necesitado para corroborar su importancia. En parte es hasta lógico: ¿Quién iba a imaginar que un simple cambio de tono o deceleración de tempo iba a convertirse en un síntoma de tal calibre? Otros lo habían probado antes, según afirman muchas referencias: el DJ Darryl Scott en la misma Houston había coqueteado con la técnica, inicialmente un simple acto de rebeldía o acomodamiento, y en Miami antes de que DJ Screw comenzara a principios de los 90 a comercializar por encargo sus mixes a pitch bajo, ya existían ejemplos de esa “lentitud” o “arrastre” de la base, incluso en Memphis algunos de los beats a base de 808 eran particularmente “lentos”.

Todo más flemático, todos los elementos de una canción. Es tan fácil que nadie a estas alturas puede recomendar un nombre único a la hora de discernir quién fue el primero en utilizar el recurso. Es además tan común, una acción tan “normal”, que pocos hubieran adivinado sus consecuencias letales. Hay que matizar: la técnica no consistía tan solo en ralentizar, la metodología implicaba también varios efectos integrados en el multitrack analógico y otras características implícitas de la cinta magnética, formato que fue ligado al “chopped & screwed” desde su inicio primitivo. Hay que aportar contexto: la tendencia explotada por DJ Screw a partir de 1990 (hay algo de miedo a afirmar que él la inventó, todavía) comenzó el descenso a la psicodelia del Hip Hop, resultó en una simbiosis perfecta con el uso de los analgésicos como droga local e hizo regresar al Hip Hop a su estado más esencial, aislado, dispuesto a merced de la artesanía de un solo individuo.

Una pizca de alteración: como cuando Charlie Parker decidió irse por la tangente, Jimi Hendrix decidió tocar la guitarra puesto de alucinógenos o Juan Atkins tomó en nombre de “Techno” para denominar aquello que habían hecho junto a Richard Davis. Estos tres sucesos concretos, al mismo nivel que las técnicas de DJ Screw, si los aislamos de cualquier exageración e idealización, pueden ser vistos perfectamente como simples “accidentes”, errores más bien básicos. Defectos que también en cada caso, significaron “cambios de juego” drásticos y de lenguaje musical.

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“Suena gracioso: además de ser la mayor y última gran revolución dentro del Hip Hop, capaz de extenderse con multitud de tentáculos en casi todos los territorios electrónicos actuales, ha sido también la revolución que más perspectiva ha necesitado para corroborar su importancia”.

DJ Screw decía que quería “atornillar el mundo”, según varias fuentes y varias entrevistas que se le realizaron en vida. Es una locura, en principio: se refiere a retorcer, o más bien a “deformar”. Lo hizo a su manera: planteaba mixes de material local, 90% instrumental, y usaba su destreza como turntablist para mezclar las selecciones, creando un efecto de mareo, pesadez alucinatoria, hipnótica. Los vendía y personalizaba por 10 dólares a sus colegas y próximos, extendiendo poco a poco la técnica y progresivamente invitando a emcees de la zona a rapear encima de sus degeneraciones, adentrarse en aquellas excursiones en pleno estado de descomposición. Así nació su colectivo y círculo de secuaces, la Screwed Up Click, formada por Big Hawk, Big Mello, Big Moe, Big Pokey, The Botany Boyz, E.S.G., Fat Pat, Lil Flip, Lil’ Keke, Lil’ O, Trae y Z-Ro.

Las “Screw Tapes” se comenzaron a mover por Houston en 1993 más o menos, prometiendo un mayor entendimiento de los versos o la lírica y el perfecto acompañamiento para un buen colocón de codeína, sustancia que podía encontrarse en ciertos jarabes que podían obternerse fácilmente en farmacias y que se juntaban con bebida gaseosa del tipo Sprite para ingerirse; los efectos eran asombrosamente parecidos a los que los tracks se somtían mediante el “chopped & screwed”, un estado alterado de conciencia en el que todo parece suceder más lento, acompasado y suave. Pareces flotar, las imágenes ocurren con una calma turbia, viciada y te notas saturado pero tranquilo, en un limbro entre el pedo de marihuana y el de ketamina. DJ Screw adaptó la música que más le gustaba y con la que convivía a los efectos de su adicción preferida. Sublime y naturalmente lógico a la vez.

Porque DJ Screw apenas conocía o se sentía interesado por lo que pasaba fuera de Houston: se habla muchas veces de la influencia que pudo desatar la práctica en aquel joven que decidió imponer su ley para amoldar la música a sus necesidades, pero es probable que no siguiera ningún punto de partida externo. La influencia de DJ Screw tiene el rasgo único de ser unidireccional: ocurrió en la intimidad, en un clima casi sectario y totalmente hermético, fue de la incunbencia de unos pocos hasta una década después y nunca hubo un desarrollo o perfeccionamiento provocado por la intervención de algo foráneo, sino al revés. Infectó todo lo habido y por haber y hoy en día hay rastro identificable en carreras tan separadas como las de Actress o Salem.

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Hoy existe hasta una aplicación de iPhone que “atornilla” cualquier canción que insertemos, a base de unos sencillos algoritmos y efectos. Cualquiera puede tomar la determinación de, tocadiscos, Serato o Traktor mediante, ralentizar un tempo para que los atributos de una composición brillen con más fuerza o adaptar la canción escogida a una velocidad concreta. Está claro que slow sabe mejor, pero no solo en el acto de ralentizar estaba la clave de la revolución que protagonizó DJ Screw: además de congeniar con todas las otras revoluciones sonoras conocidas (en las que la propia música se adapta a las necesidades de oyentes y selectores, véase música de club, Hip Hop, Dub, Jazz, etc), los matices naturales del Hip Hop que en aquella época se consumía en Houston aportó un valor añadido a la singular psicodelia de Screw.

El ambiente que DJ Screw creaba con sus (casi 300, al menos las documentadas) mixtapes inicialmente caseras y esencialmente recreativas se acercaba a lo grotesco, gótico y terrorífico: esas voces graves que se convertían en súplicas fantasmales, esas melodías agresivas y deudoras del G-Funk que de repente parecían decorar algun filme de zombis, aquel barro que parece desprenderse de la textura de las bases, esa decadencia inherente, ese sosiego viciado y esas segundas voces o coros que de indefensos pasan a resultar casi satánicos. Había suciedad, vicio y algo maligno en todo aquello, y es este matiz el que ha generado más “daño” en el presente musical de vertiente experimental.

Probad a reproducir “In God We Trust” a solas, a oscuras y ocurrirá lo que ya imaginas: o acabarás drogándote a base de Alprazolam o cagándote vivo. El material, o más bien el resultado después del “atornillado” daba miedo, sigue profesando respeto y es muy dado a interpretaciones de perfil “oscurantista” (la calavera atravesada por un gran tornillo que a menudo decoraba sus cintas ayudó, claro); de ahí nacen las degeneraciones que han ido sucediéndose en los últimos años y que tienen a DJ Screw como denominador común.

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“El ambiente que DJ Screw creaba con sus (casi 300, al menos las documentadas) mixtapes inicialmente caseras y esencialmente recreativas se acercaba a lo grotesco, gótico y terrorífico: esas voces graves que se convertían en súplicas fantasmales, esas melodías agresivas y deudoras del G-Funk que de repente parecían decorar algun filme de zombis”.

Del detritus rave-nostálgico de Burial a las malévolas configuraciones híbridas de Actress, pasando por la implantación de la técnica en zona Noise gracias a Pat Maherr y su proyecto DJ Yo-Yo Dieting, el Witch House del que emergió Tri-Angle Records (con Balam Acab, oOoOO o How to Dress Well) el breve movimiento WAYSLOWER impulsado por Daniel Lopatin y su proyecto Games o llegando a A$AP Rocky, SpaceGhostPurrp y su revisión adolescente, igualmente delirante y barata, a su vez inicio de toda una ristra de jóvenes artistas aturdidos, como BONES, Black Kray o similares muertos vivientes.

Existen más cuestiones alrededor de la creación y repercusión del primer paso psicodélico del Hip Hop firmado por DJ Screw; una primera es que podría asociarse, por sus características sonoras, a la criminalidad, tensión o peligrosidad del punto geográfico en el que nació, aportándole un aderezo de morbo importante; una segunda es que el “chopped & screwed” puede interpretarse como un descenso a los infiernos, un rechazo al ritmo frenético de la sociedad contemporánea, un frenazo a los estímulos continuos y el deseo de entrar en un estado de letargo, somnolencia infinito; una tercer y también cuestión importante alrededor de DJ Screw, es su enfermiza hiperactividad y productividad en vida, totalmente en contraposición a lo que su creación transmite.

DJ Screw dejó un Houston preparado para explotar: con una mayoría de contemporáneos y paisanos colocados por el líquido púrpura y varios DJs amigos extendiendo sus técnicas y legado por otras zonas del Sur. En 2004 el mayor sello de Houston, Swishahouse, recibió distribución internacional y el estilismo ligado al estado de Texas se expandió como la pólvora, uniéndose a una erupción de otras escenas como las de Memphis o Atlanta y audando a edificar lo que hoy se conoce como la edad dorada del Southern Hip Hop.

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A nivel personal, puramente subjetivo, el rasgo de la influencia de DJ Screw que más me conmueve y apasiona es su pureza y la contradicción en la que ésta se sujeta. Me explico; a pesar de su aspecto corrupto y deforme, probablemente no haya habido ninguna otra revolución que fuera más al unísono con el estado general de una comunidad creativa y sus indicativos; no hay una revelación más sencilla y a la vez más diversificada como el “chopped & screwed”, ya que su infección puede localizarse en casi cualquier resquicio de música contemporánea; aunque es un hecho su capital trascendencia, su presentación y posterior disfrute sigue monopolizado por YouTube y aquellos buenos samaritanos que deciden colgar los audios decrépitos de las cintas originales.

O los que se acercan a la tienda que aún resiste en Houston, Screwed Up Records & Tapes, a buscar material regrabado, refritos de las originales o selecciones en CD-R. DJ Screw es un nombre ineludible para cualquier persona que quiera, en serio o de manera desenfadada, diseccionar los últimos 30 años de música moderna. A pesar de eso, sigue resultando un fantasma para la industria mercantil y discográfica (no para la crítica, por la que es habitualmente venerado), que apenas le dedica recopilaciones o reedita sus tapes de forma cuidada y ordenada: el de Houston sigue tan virgen como siempre y su espíritu parece no escapar de sus propias cintas, su pócima violeta o estar atrapado en las estancias de su estudio, donde edificó su leyenda.

Frankie Pizá


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