No more pads: El beatmaker esquiva el sampler para dejar espacio a su propia voz…

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¿Habrá tenido Madlib alguna vez la tentación de dar a su voz una nueva dirección? ¿Utilizarla, quizá, como podría hacerlo Frank Ocean? Seguro que en la intimidad le ha imitado sin quererlo más de una vez, tarareando algún éxito de Willie Hutch o Z.Z. Hill. En cualquier caso si nos fijamos en el productor que mejor representa el modelo de “influencia” en la última década (hiperactivo, ingenioso, productivo y camaleónico, un científico loco con todas las letras), es probable que no encontremos ningún rastro en su discografía en la que Otis encare un estribillo, un falsete o similares. Experimentos los hubo y los habrá: Quasimoto es el proyecto que inmediatamente llega a nuestra memoria, con un Madlib encarnando a su propio alter-ego, histriónico y vulgar, un cartoon que viene a caricaturizar al propio productor californiano, y en ocasiones actúa como un amigo imaginario, una ilusión de esas que se tienen en la infancia.

Por ejemplo, J Dilla sí traspasó la pura tentación y tuvo momentos en vida (aún inéditos, a falta de que se lance al mercado su álbum vocal “The Diary”) en los que exploraba el poder de su voz, sin caer nunca en el ridículo y compensando su peso instrumental con versos y tono más bien serios. Y es que en el Rap y en su modelo interpretativo estándar, no siempre rudo, chulesco o amenazante, hay brecha para alcanzar otras vías; lo sabemos desde hace tiempo, concretamente desde que Gil Scott-Heron combinaba spoken word con Soul consciente y sentido, o desde que Prince alternaba sus dotes como MC en algunos singles o proyectos como Camille. ¿Y D’Angelo? Hay miles de ejemplos si nos ponemos a analizar ese minúsculo espacio que separa el canto y el acto de rapear.

A buen seguro no escucharemos nunca cantar a Roc Marciano, pero no está lejos que veamos como Flying Lotus se atreve a soltarse con su voz: ya lo ha hecho con las rimas y su proyecto paralelo como Captain Murphy, una simple anécdota que ha sido ensalzada a niveles superlativos tan solo porque el gurú de Los Ángeles estaba detrás del material. Tener cierto nombre y resonancia te ayuda a que el engaño contigo mismo no sea explícito, pero ni mucho menos te asegura no hacer el ridículo: es cuenta del propio artista saber hasta qué punto puede o cree llegar con sus virtudes y talento natural, saber qué derroteros cree mejores para su carrera. Poner el contador a cero no es siempre buena idea.

Los Ángeles como cuna de la diversificación.

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Siguiendo con Brainfeeder, escuchemos un momento el contexto de la escena beat-abstracta angelina en los últimos 5 o 6 años: a partir de comienzos de década, la comunidad creativa instalada alrededor de Flying Lotus o Low End Theory ha ido creciendo en número, activos y repercusión, tanto social, musical y mercantil. Casi siempre con un patrón distintivo que recurre a primitivas referencias del propio FlyLo, Ras G o Daedelus, la escena de LA ha ido creciendo y diversificándose, incorporando nuevas promesas, generando anomalías y agotándose a sí misma y a sus propias características: la esencia beat-abstracta sigue estando ahí, presente, y no hace falta recurrir a ningún disco de Plug Research para encontrarla, pero ésta ya no es ni la inventiva fórmula que se presentó en el primer álbum de FlyLo y ni mucho menos lo que el Hip Hop busca.

La clara saturación del sonido y el hambre de nuevas direcciones alejaron al diseño abstracto del interés de MCs de gran proyección y sus principales cabezas pensantes olfatearon en busca de evolución; Daedelus por ejemplo fue uno de los primeros en buscar un producto más completo, con la menor ausencia de samples e incorporando voces, cantantes externos; con su paso a Warp FlyLo comenzó primero a experimentar con su sangre jazzística y después a encontrarse a sí mismo en un clima que combinaba Downtempo, Ambient, Beats y aditivos R&B futuristas, casi acercándose a los Sa-Ra Creative Partners menos complejos; aparecieron en escena gente como Baths, un engendro que comenzó introduciendo destellos Pop a su base abstracta y que ha acabado componiendo canciones con A y con Z, a medio camino entre el Folk, el Pop de habitación y el chillwave.

Thundercat y su irrupción tampoco deben olvidarse: uno de los primeros proyectos en la nómina del sello enlazado a Ninja Tune con clara alma afroamericana, divagando con clase entre la esencia Jazz Funk, el Soul psicodélico y el futurismo en cuanto a estructuras. La llegada del experimentado bajista con su primer álbum, hizo creerse a Brainfeeder que podía traspasar su propio encorsetamiento, dando a partir de ese momento cabida a gente tan distante como Martyn o Taylor McFerrin.

Digamos que las aspiraciones iban de la mano con las ganas de mejorar, de llegar a más público y de desarrollar una identidad más completa, musicalmente hablando. Entraron en escena de manera más decidida sellos hasta el momento pequeños como eran Leaving Records, y la gigantesca Stones Throw jugó un papel crucial adoptando el papel de distribuidora para material que no conseguía salir con facilidad de terreno estadounidense y dando gran exposición a productos Soul de ámbito revivalista como fueron los de Aloe Blacc o Mayer Hawthorne. Ésta última y comandada por Peanut Butter Wolf ha sido siempre un ejemplo local de diversidad y eclecticismo: Madlib confluye con Jonti, Gary Wilson lo hizo con MED y The Lions podrían hacerlo con Jonwayne (otro arquetipo de la tan buscada polivalencia, una característica que hoy en día ya no es un extra, es casi necesaria para la supervivencia).

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Las líneas se han difuminado y la hibridación reina hoy en día, provocada en parte por la facilidad de los recursos digitales en el ámbito técnico y musical: miren sino a Iman Omari, un activo medio-aislado de la misma zona capaz de producir, cantar, escribir y arreglar su producto de manera autónoma, conservando gran elegancia y personalidad. Los rasgos editoriales antaño muy ceñidos, hoy se han ensanchado, adaptado a la afluencia de diversidad y no es raro observar como un sello tanto apuesta por un proyecto Pop como por uno de carácter Hip Hop purista. Hay público para todo y todas las posibilidades a nuestro alrededor. Por si fuera poco, cuanto más auténtico, virgen, austero y sincero sea un proyecto, más entusiasmo provoca y transmite; la postal del artista único/hombre orquesta con pocos recursos y mucha imaginación está ahora más viva que nunca.

Por si fuera poco, el perfil del beatmaker puro y únicamente destinado a servir beats a uno o varios presentadores se ha ido ampliando de manera acelerada en los últimos años: no solo son ya considerados como unidad y valorados por los matices de sus decorados / instrumentación o estilo, también pueden ser músicos con algo que contar. El interés por las configuraciones de Clams Casino en 2011 fue un punto de inflexión para que el productor se viera también valorado como autor sin tener que recurrir al impulso de una voz reconocida: además, su acento New Age, Ambient y la template cloud-rap también ayudaron a enterrar un poco más la estela beat-abstracta antes comentada, implantando una nueva sensibilidad que ahora podríamos considerar lejos de ser predominante (aún así Lil B, Sad Boys, Friendzone, el entorno Soulection o muy recientemente Suicideyear demuestran que el furor por esta línea aún no se ha disipado del todo).

Hay contras, como en todo: el sample, el sampleo, las muestras legales o ilegales. La técnica que convirtió los derechos de autor en antropología lo lleva complicando todo desde la aparición del primer hardware con muestreo digital, y hoy en día sigue evitándose si un artista o una empresa conducen a mucha altura. Plataformas como Warp, Ninja Tune o Anticon no se pueden permitir un disco con samples explícitos, reconocibles, por los que tengan que pagar un dinero extra que restará propulsión al material.  Son todas estas circunstancias las que han acabado provocando que, por ejemplo, y aunque queramos, un disco como “Until The Quite Comes” no nos brinde ninguna pista que rápidamente podamos conectar con el pasado.

A pesar de la riqueza que otorgan las circunstancias, el oyente estándar sigue desconfiando de manera natural si observa a un artista con un discurso ya madurado optar, sin previo aviso, por explotar caminos creativos más bien arriesgados, a priori fuera de su alcance; otros, como contrapunto, valoran el ejercicio de renovación si éste no roza lo vergonzoso. Es lo que ha ocurrido recientemente con Matthew McQueen y su segundo álbum, un movimiento valiente estilísticamente pero que puede provocar diversas y negativas sensaciones: desde lo inoportuno del cambio radical a estar observando a un artista que realmente parece estar retrocediendo creativamente, en vez de estar avanzando.

Matthewdavid y una suerte de iluminación.

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“In My World” es uno de los trabajos más importantes del año por la variedad de reacciones que puede hacer estallar y el punto de no retorno que puede suponer para un músico altamente reverenciado como es Matthewdavid, creador de la etiqueta Leaving Records y que lleva perfilándose como principal abanderado de la facción más retorcida, experimental y psicodélica de la estela beat-abstracta desde hace más de un lustro. El cambio es evidente, incluso exagerado y de sutileza cuestionable, a primera vista; si tendemos un puente desde “Outmind” a “In My World”, olvidándonos de referencias de bajo perfil o colecciones de retales, el camino recorrido por el norteamericano es extenso.

Si su álbum debut era un tratado esencial y servía para distinguir a Matthewdavid de entre todos sus compañeros de escena (turbio, inestable, entumecido, entre la ensoñación y la densidad ruidista, las grabaciones ambiente y el trance rudimentario, “In My World” se despoja de aquellos matorrales de sonido cargado y saturado, se desnuda por completo de cualquier tipo de maliciosidad, conservando a pesar de la liberación un atributo: la confusión. Es el denominador común, la sensación de desconcierto, aunque esta vez más trasladada al receptor: la dicotomía entre brillante sentimentalismo y antecedentes psicodélicos que indirectamente provoca “In My World”, deja en shock al oyente, pillándole a pie cambiado.

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El Matthewdavid antes modelo de roles y único en su especie, influyente por sus técnicas, pasa a ser emparejado inevitablemente con cercanos como el outsider James Pants, o incluso ser comparado con un intento primario, amateur, de Avey Tare. ¿Es regresión entonces? ¿Una marcha demasiado alta? Yo diría que es nobleza: Matthewdavid ya avisó de sus planes en varias entrevistas, anunciando que su nuevo álbum trataría de amor en su estado más poético, viéndose encaminado hacia esa intención después de contraer matrimonio y recibir descendencia. Pero obviando la posibilidad de ser juzgado como un acto desproporcionado de un padre primerizo y enternecido, “In My World” se percibe como el movimiento más sincero de la carrera del residente en California.

La brusquedad en términos básicos es la causante principal de las opiniones encontradas sobre el álbum: aunque Matthewdavid conserva su identidad y no pierde por completo la dignidad sonora, reservándose también momentos de clara actitud psicodélica, el peso de las interpretaciones vocales desvía demasiado la atención, convirtiéndose de repente en el ingrediente principal. El productor no ha progresado paulatinamente (primero a una incorporación vocal de tono cercano al Blues, coqueteando con el tímido acento Blues del excéntrico Jeremiah Jae o quizá la ecuación más cercana al Dream Pop de Pyramid Vritra), sino que ha pasado de ser uno de los beatmakers más complejos del mercado a una caricatura R&B que en ocasiones roza la comicidad.

Personalmente, la transformación de Matthewdavid me convence y además la considero como un posible punto de inflexión para el futuro de la estética: “In My World” tiene el poder impreso para servir de modelo de honestidad y a su vez de “lo que nunca se debe hacer”, jugando con dinamismo (momentos de encanto engañoso, edulcorados a voluntad) y transparencia con emociones humanas que inevitablemente hoy consideramos clichés, e incorporándolas a un género que nunca ha brillado por su optimismo. El productor es agua clara y así nos lo hace saber en su segundo largo, personal y bello, un título que luchará contra encarnizadas críticas y ninguneos, pero que probablemente resucite como un primer paso para el nuevo paradigma del que también han avisado otros compatriotas como Shlohmo, el beatmaker angelino que más bien ha encajado en las necesidades R&B actuales.

Paul White, SAINT PEPSI y una tendencia cada vez más extendida.

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Si es el camino adecuado solo el tiempo lo dirá. También lo hará la capacidad del artista en cuestión para reinventarse y adaptarse al medio, seguir traspasando líneas enemigas o concentrarse en lo que ya sabía que funcionaba. De momento ya hay más gatos de renombre que han cogido la misma vía que Matthewdavid; sin ser el mismo modelo ni compartir nada con el californiano, tenemos a SAINT PEPSI, un productor jovencísimo de Boston que asentó su discurso fresco y sampledélico en las inmediaciones de Internet y que ahora quiere ser proyectado por Carpark como un nuevo Toro Y Moi (el single “Fiona Coyne” presentaba hace poco sus facultades en sociedad, por primera vez incorporando instrumentos y haciendo de su voz la protagonista).

Está el británico Paul White, antaño beatmaker demente y obsesionado con su Akai MPC-2000 que llegó hasta a ofrecerse para hacer “beat-tapes por encargo” en su website personal (tu le entregabas tus discos favoritos, y él te los desmenuzaba), y que ahora se desvela para R&S como una nueva forma de autor, a medio camino entre el R&B espacial y drogado de Jeremiah Jae y una posible, lejana pero posible, versión blanca de Kwes.

Observando esto parece estar claro que la opción de renovación más gratificante es esta: esquivar momentáneamente los pads (dejárselos todos a Damu The Fudgemunk o similares) y probar suerte como artistas completos, trasladando un discurso concreto y limitado a un terreno en el que juegan más factores: una es el mensaje, otra es la fidelidad a tus rasgos, otra es la aspiración VS expectativas. La última pantalla es el oyente, que juzga directa o indirectamente si el producto es auténtico o una manera de arrimarse a la tendencia.

Frankie Pizá


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