“This Is Our Music”: sin complejos ni concesiones…

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“Creo que, en el mundo occidental, la cultura tiene algo que ver con el aspecto exterior. Una persona que esté creando un buen producto tiene que valorar que alguien se tome el tiempo de conseguir un envoltorio que encaje con lo que ellos están haciendo”. (Ornette Coleman).

La fotografía en realidad parece ser un cuadro, un retrato de cuatro elegantes guerreros. Nada tiene que ver con la imagen del Free Jazz que tenemos en nuestros cerebros: es refinada, sutil, de encuadre meticulósamente ideado, no observándose ni brusquedad, ni excitación, tampoco ni un síntoma de radicalidad. Recuerdo cuando presencié sobre mis manos y por primera vez “This Is Our Music”, o más bien me rememoro a mí mismo pensando: “¿Quiénes son estos cuatro?” Era una reacción a lo imponente de la foto: el plano transmite seguridad, sosiego, confianza y el diseño al completo enmarca la idea de que esas personas están realizando algo grande por la música.

El trabajo de Loring Eutemey y Lee Friedlander es extrañamente delicado. Eso también pesa al visualizar por primera vez o incluso después de un análisis reiterado: la posición de los cuatro miembros del cuarteto, con Ornette Coleman en el centro, Charlie Haden a la derecha, Don Cherry controlando el flanco izquierdo con media sonrisa y Ed Blackwell en la parte trasera, conforma una postal visualmente impecable, con la luz y la sombra sonando a sinónimo de la unificación que aquellos cuatro músicos desprendían en el estudio.

Hasta entonces, cualquier discográfica o artista de Jazz norteamericano (no solo Ornette, no solo Atlantic) habían apostado por ilustrar las grabaciones con diseños de aire modernista, con rótulos atractivos que restaran seriedad a una foto del director del combo o, también, utilizando alguna imagen potencialmente exótica que ligara con el concepto del álbum en concreto. Los artistas en acción eran otra de las tendencias más utilizadas cuando el Jazz se encontraba en plena década de los 50. “This Is Our Music” presentaba a la plantilla a la trompeta, batería, saxofón y contrabajo, sin filtros, sin complejos, dando la cara ante el crítico, el aficionado, el oyente. Mostrándose y exponiéndose precisamente a todos los que difícilmente y en aquel momento, iban a comprenderles.

Bop-Free Jazz, no solo esquivando las limitaciones armónicas.

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Pensemos un momento: el Free Jazz, en 1959/1960, no era tan solo una vanguardia aislada, un conjunto de radicales llevando al extremo una idea. El sub-género acuñado tras la publicación de “Free Jazz”, por parte del cuarteto de Coleman en ese 1961, se convirtió en poco tiempo en una representación y nexo de muchas cosas; se presentó como el punto más álgido de la evolución jazzística, sirviendo de último estadio del camino iniciado con la aparición del Bop (la búsqueda de la atonalidad, la imposición de la espontaneidad por encima de los cánones armónicos y melódicos, la expresión por encima de las limitaciones o normas); a su vez funcionaba como relectura total de lo que el Jazz había significado hasta ese momento, cuestionando todas las ideas con una sola fórmula; por último, se transformó en un arma artística y grito cultural afroamericano, viéndose rápidamente politizado y marchando en paralelo al auge de la “conciencia negra” y el levantamiento de la raza contra las injusticias sociales y raciales.

Esencialmente, el Jazz libre funciona por impulsos y energía; la melodía y el ritmo se emparejan; se usa la polirrítmia y se pierde la noción de fraseo, dando cabida a un mayor protagonismo de la extensión, entonación o timbre del instrumento en concreto; en términos generales se presenta como una “improvisación colectiva” que renuncia de cualquier ley musical de concepción occidental, a su vez incorporando rasgos y filosofía africana, primitiva, sirviendo así como una vuelta a la ancestralidad, un rechazo a los convencionalismos del Jazz y una vuelta de guión apuntando a los antepasados de la raza negra y al Hot, el abanico de estilos que precedieron al Jazz tal y como se conocería a partir de 1930.

Gracias a esta indomable personalidad (en realidad, una forma también de discriminación a lo ya común, blanco y asentado), el Free Jazz fue rápidamente demonizado prácticamente por todo el mundo que no lo practicaba o desconocía de su existencia previa: tachado de herejía, machacado y ninguneado sin ningún tipo de piedad por los propios contemporáneos de la misma raza y periodistas especializados asustados por su agresiva naturaleza, en cualquier caso su asenso imparable debido a sus características no pudo ser taponado. Además de Ornette Coleman, en las vísperas de 1960 fueron Charles Mingus (con, por ejemplo, su “Fables of Faubus“), Eric Dolphy, Cecil Taylor, Don Cherry o John Coltrane (“Ascension”) algunos de los primeros músicos es convertirse en baluartes del movimiento.

Ornette Coleman: dura trascendencia hacia la atemporalidad.

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Coleman, nacido en Texas y puramente autodidacta, fue desde sus inicios una especie rara dentro del Jazz; no siguió el camino común de otros grandes de la época, sirviendo inicialmente en grabaciones para otros líderes o combos, aprendiendo sobre la marcha y apareciendo en créditos de manera temprana; su actitud fue desde un inicio negativa hacia la influencia que acordes y tradicionalismos armónicos ejercían sobre la interpretación de un instrumento; sus extrañas, exasperadas ideas acerca del Jazz no encontraron cabida para la grabación hasta 1958, año de su debut, cuando ya contaba con 28 años.

El saxofonista era un incomprendido, desde el principio: su discurso fue evaluado y dispuesto ante los prejuicios de la escena post-Bop desde sus iniciales movimientos editoriales (“Something Else!!!” o “The Shape Of Jazz To Come” ya en Atlantic) hasta el decese de su carrera y también del Free Jazz ya transcurrido el ecuador de los 60. Tan solo su marcada influencia en John Coltrane, Pharoah Sanders o Albert Ayler le colocaría como el origen de la vanguardia, el punto de inflexión; mientras Trane no tuvo tiempo de explotar por completo esta nueva idea, Pharoah Sanders actuó como uno de los músicos que mejor se adaptaron a la misma, decorándola de un cuidado y purista contexto espiritual. Ayler vendría a ser el mártir: silenciado, problemático y salvaje en sus planteamientos musicales y personales, es la cara más auténtica del apogeo Free Jazz.

Así, podríamos decir que Coleman no solo lucho en su carrera por implantar sus peculiares y radicales ideas musicales, también lo hizo combatiendo las críticas, no entregándose al reclamo popular y siendo fiel a sus principios, no acercándose a la auto-complacencia y manteniéndose firme en su posición. Siempre alrededor de controversia y opiniones en contraste, sus álbumes y material tardaron en contemplarse como lo que hoy son: probablamente el último escalón evolutivo del Jazz y la más potente e incisiva visión musical afroamericana hasta el P-Funk o el Techno.

Dar ilustración, aspecto, accesibilidad y forma al movimiento.

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“Esta es nuestra música”. Podrían haber titulado “Eh, a ver qué os parece esto!” pero no lo hicieron: Coleman decidió dar un golpe sobre la mesa con este trabajo, no cayendo en la invitación a la escucha, sino encarando el reto profesando un serio, consciente y duro “aquí está nuestra música”, “la tomas o la dejas”.  Reflejo de situación personal del saxofonista y contexto en cuanto al Free Jazz se refiere (a partes iguales), “This Is Our Music” (grabado en Agosto de 1960) sorprendía además de por su puesta en escena antes analizada y título/alegato, por su accesibilidad sonora: a diferencia de sinónimos de la misma época (primordialmente coléricos), las composiciones destilan suavidad, sensatez, belleza inesperada. A pesar de conservar el halo visionario, las interpretaciones desprenden la misma clase que su imagen de portada: cuidado en las formas, control de la obstinación y sin poner camisa de fuerza a los estruendos creativos que el disco contiene.

“Beauty Is A Rare Thing”, por ejemplo, es una partitura reveladora: el tiempo y el ritmo es elástico, dinámico, se detallan las oleadas de energía bajo un prima que igualmente rebosa calma, extrañeza, va en comunión total con el título de la composición. Destaca además el toque impresionista de las interpretaciones de Coleman, y el dibujo a carboncillo, el boceto que a veces resulta ser el ritmo propuesto por Blackwell (en “Kaleidoscope” o “Folk Tale” su presencia sería más feroz) y la interacción, empatía entre los diálogos de los músicos.

En otras pistas se observa más exasperación, bocanadas de fuerza sobrenatural como en “Poise” o ” Blues Connotation“, y en cortes como “Embraceable You” (la única composición no original de Coleman) se divisa a la perfección que aún queda algo de “tradicionalismo” por vencer. Por todas estas cosas, “This Is Our Music” es musicalmente, conceptualmente y editorialmente, la antesala de la tormenta que después supondría “Free Jazz”: el disco puso el escenario y situó en el mapa esta nueva idea, basada en la intuición, improvisación y conversación entre unión instrumental e independencia interpretativa.

La palabra “Our” como esencia Free Jazz.

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Esto es totalmente “nuestro”. Aquí no existen rastros de hombre blanco, y el Jazz como lo conocías no tiene cabida, debes resetear tu cerebro. Responder al encorsetamiento que las leyes musicales occidentales habían provocado en el Jazz con otro encorsetamiento, un círculo cerrado en el que tan solo unos pocos tenían entrada. Además, la palabra “Our” situada adecuadamente en el centro de la frase, surge como una esencia básica de lo que es el Free Jazz: improvisación colectiva, un “nosotros” en vez de “uno”. Todos los integrantes contribuyen a dibujar el todo, y se olvida cualquier tipo de teatralidad o coreografía que imponían en su día los solos y los roles. Hay diálogo entre todas las partes y elementos, y la energía del grupo dicta el resultado.

“This Is Our Music” es a menudo desbancado en importancia por “Free Jazz”, un error temible que no aporta justa consideración al ensayo virtuoso que en cierta manera actuó como premonición a lo que se le venía encima al género. Escucharlo es siempre revelador, ahora desatado de su contexto y visto como una de las más responsables y atrevidas rupturas de reglas musicales de la historia; Coleman dijo a todo el mundo con este trabajo “Estos son nuestros términos y aquí nos movemos. Si te apetece seguirnos, tendrás que adaptarte”. A partir de aquí, vamos a hacernos fuertes.

 Para Charlie Haden (6 de Agosto de 1937 – 11 de Julio de 2014)

Frankie Pizá


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