Fake Market: Criterio VS exclusividad en nuestro presente discográfico…

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“Hoy los productos que suenan “barato”, “revenidos” o “viciados” por algún tipo de circunstancia técnica se reproducen, pesan más los primeros pasos genuinos de un artista que aún está comenzando a andar en el circuito que cualquier gran producción, somos sabuesos en busca de la anomalía, en busca de la excentricidad no documentada, somos el producto desquiciado de una máquina ansiosa por complacernos”.

¿Sigue el criterio entre nosotros? El buen criterio. ¿O es una ilusión? Hay muchas formas de observar eso del criterio, casi una por ser humano sobre la tierra, pero lo cierto es que estamos en un mundo en el que las fórmulas se repiten y, a menudo, mucha gente llega a las mismas conclusiones al mismo tiempo. ¿Qué ha empujado al sello The Death Of Rave a editar “Teenage Tapes” de D. Edwards? Esa pregunta ronda por mi cabeza desde hace ya unas semanas: si succionamos completamente el contexto del álbum, olvidamos su sucia portada, tan solo veremos una suerte de recopilación de beats e instrumentales, interludios efímeros compuestos hace años por la forma adolescente de lo que hoy es el productor de californiano Delroy Edwards, uno de los baluartes que mejor representan la revalorización del sonido más maltratado, áspero y degenerado del House de Chicago, aquel joven que al debutar en L.I.E.S. apostaba por Dance Mania a la hora de revelar su religión predilecta.

Boomkat, la tienda de Manchester que gestiona la actividad del sello mencionado y de otros muchos (Modern Love, Boomkat Editions, Bed Of Nails, etc), ejerce un magnetismo peculiar en la población underground: a menundo aciertan con astucia y mucha perspectiva el menú sonoro que mejor sentará a las ansiosas mentes que cada Jueves a las 18:00 de la tarde esperan eufóricamente la newsletter encabezada con aquel “Something Special” y, posteriormente, el refresco de la página principal de la tienda, en la que se ordenan los productos de mejor a peor, de más interesante a menos, de más recomendable a nada recomendable. Las reseñas de la tienda son siempre un indicativo; si son cortas y con algún recorte de nota de prensa original, podemos olvidarnos del material; si no se ha reseñado todavía es posible que el release esté llevando más trabajo de la cuenta para los interinos o directamente no vaya a evaluarse; si es larga, llena de neologismos y lúcidas impresiones, podemos comprarlo con seguridad.

En este punto, se podría decir que la reseña facilitada por la tienda para “Teenage Tapes” puede ser una de las más reveladoras jamás publicadas por Boomkat. Allí se apunta: “Committed to worn-out tape over a number of years, it’s all testament to the spirit of febrile spontaneity and disciplined dexterity consistent to Delroy’s art, an aesthetic acutely at odds with so much anodyne dance music and manicured noise”. De buenas a primeras, destacan dos cosas: “espontaneidad febril” y la aparición del término “manicura” para describir ciero aire artificioso, contenido, sofisticado. Pero hay un punto realmente particular en esas cuatro frases: la visualización de la palabra “anodina”. Aquello que es insignificante o insustancial, totalmente intrascendente: ¿Cómo es posible que armaduras simples, esquemas o bocetos de percusión que tan solo brillan por su texturizado demacrado y austero, puedan desencadenar el deseo de compradores de todo el mundo y, al poco tiempo, agotar stock?

dj milton

En un reciente artículo para Juno Plus, Richard Brophy versaba sobre la idea de que “el pasado sigue todavía en venta”, utilizándolo como hilo conductor para comentar y valorar la creciente pasión por la reedición de material electrónico extraído de las edades primigenias del House, Techno o similares. Allí, además se puntualizaba sobre la “doble explotación” que algunos artistas olvidados están sufriendo por culpa de esta tendencia: Gemini, Virgo Four y probablemente muchos de los activos de la época dorada del sonido Chicago se encuentran indefensos ante el interés desmedido de sellos (pequeños y grandes, desde Strut a CHIWAX) a la hora de reeditar y reintroducir sus producciones, ya sean archivo, inéditos o clásicos. Muchos de ellos no reciben el trato que se espera de una actualidad generosa con el pasado (se reedita sin permiso, con acuerdos tirando a informales, muchas veces no se paga jugando con el ofrecimiento de una reentrada en el tablero), que venera a sus antepasados y rinde culto a un modelo muchas veces más asequible y más práctico que, incluso, editar música recién hecha por cualquier joven aficionado.

Por un lado, tenemos el modelo de la reedición totalmente extendido a todos los ámbitos, la cultura diggin’ adquirida del Hip Hop y el coleccionismo aceptada universalmente gracias a la explosión de Internet, cada vez más sellos jugando a redescubrir el pasado y cada vez más público viéndose más identificada con material hecho hace 20 o 30 años que el que hoy se está cocinando. Type Recordings, Now-Again o Rush Hour venden más reediciones que vinilos en formato 12″ en los que prensan el reciente material de artistas contemporáneos, y eso es un hecho. Por el otro lado, tenemos la singular actitud, viciada y que no tiene ningún otro objetivo que la búsqueda de cierta “exclusividad”, de recuperar y apostar por productos totalmente faltos de sentido, vacíos y que únicamente se sostienen por la parte estética, pero que al fin y al cabo cumplen con lo que se intenta: trasladar al oyente algo novedoso, algo que no suene común, que no tenga registros, coincidencias en su poblado disco duro.

La máquina editorial es la misma: una gran herramienta colonizadora que, hoy en día y con ya todo inventado, tan solo le queda peregrinar a los rincones y archivos más oscuros, aquellos de los que nadie quiso oír hablar en algún momento de los 70 o aquel disco que tuvo que ser costeado por el propio artista X en la década de los 80, al verse éste totalmente obviado por las discográficas. Con los básicos de cada estilo o genérica ya más que analizados, más que estudiados y ensalzados, qué nos queda? Aquello que, por diversas circunstancias, no llegó o no ha llegado todavía hasta nosotros, sea bueno o malo. El culto desmediado a la rareza, al accidente, al error, viéndonos a nosotros mismos como salvadores de un producto que nuestros padres ignoraron, observándonos en mejor posición para juzgar aquello que, un buen día, un A&R decidió no editar o un consumidor de vinilo, decidió no comprar.

roland young

Esa máquina invasora de la que hablaba es cada vez más feroz y dotada cada vez de menos raciocinio: las ventas tienen que ser regulares, hay que comer, y el apetito del comprador es cada vez más refinado, cada vez sabemos más y creemos comprender más. Es prácticamente imposible sorprendernos con algo, a estas alturas: me viene a la cabeza ahora mismo la reciente resurrección del perfil Disco/Boogie (dormido, a voluntad) de Roland Young, un astro Jazz conocido en los sectores especializados por discos como “Isophonic Boogie Woogie” y su coqueteo con la experimentación electrónica en clave Ambient / New Age, emparejándose con Laraaji, Brian Eno o incluso algunos momentos de la carrera de Herbie Hancock.

Palto Flats ponía recientemente en circulación “Hearsay I-Land”, una recopilación de singles y versiones alternativas del material que Young decidió lanzar por su propia cuenta en 1984 (“I-Land”, a través de Flow Chart Records), protagonizando un “insustancial” escarceo con los rasgos New Wave, el Boogie y la canción R&B de la época, una era dominada por los Luther Vandross, Kashif o nombres así. “Ballo-Balla” se presenta a priori como el experimento más bizarro de los que encontraremos en esta reedición: una composición de forma imaginativa en la que se explora de manera inocente pero auténtica las posibilidades del sampleo, la caja de ritmos y el sintetizador. Escuchándolo, es imposible que no vengan a nuestra vista o memoria el prefijo “proto” o el término “primitivo”: la sensación de estar ante una gema oculta y nunca tratada convenientemente, la sensación de estar delante de un secreto, nos hace confundir la extravagancia con calidad, el exotismo con transgresión y el hambre con criterio.

A pesar de ser editada a finales de 2013, esta recopilación basada en el momento que a buen seguro menos le gusta recordar a Roland Young, se agotó recientemente dada la buena atención mostrada por tiendas especializadas y medios, como el nuestro. ¿Cuáles son los patrones o, emociones, que nos hacen resaltar a nosotros (medios) y a ellas (tiendas) este tipo de iniciativas sobre otras, digamos, menos convencionales? Una de ellas es la creencia errónea de que algunos sonidos armonizan mejor con nuestro presente que con el pasado, mejoran con el tiempo y cuadran mejor con la actualidad que con el momento en que fueron realizados. Otra es la creencia de que en la época en que se editaron por primera vez, un enorme grueso de material similar acabó discriminándolos, lo que despierta nuestra falsa solidaridad con el artista, el grupo, el sello o lo que sea. Anteponemos la desesperada recontextualización a un análisis frío y realista de los productos que se nos ponen delante, preferimos recomprar descartes y antiguallas sin demasiado sentido a tener que volver a ponernos de rodillas ante el gran clásico de, yo qué sé, Donny Hathaway (“Extension Of A Man”, diría yo).

La sensación de que estamos ante una rueda que todo lo aplasta a su paso, un engendro al que nosotros alimentamos con nuestra insaciable curiosidad (en el mejor de los casos) y que es capaz de localizar en el pasado o presente, aquellas propuestas que hagan que gastemos el dinero a gusto, que nos sorprendan de nuevo. Sumidos en ese aparato, en ese ecosistema o ese tejido editorial que apuesta antes por la rareza que por otras muchas cosas, el usuario se ve alentado por tres factores, más antiguos que Roma: la búsqueda de la distinción ante los iguales, la ansiedad de poseer cuanto más mejor y la placentera conexión con un pasado que, en prácticamente todos los casos, no vivimos en primera persona.

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Otro ejemplo, esta vez a modo de profecía: hace unos meses, el muy transitado blog de culto Ghostcapital lanzaba uno de sus rips más aclamados y visitados, en el que informaba de la existencia del grupo Admas, una formación de cuatro jóvenes con raíces etíopes y que únicamente grabó un álbum, titulado explícitamente “Sons Of Ethiopia”. Curiosamente grabado también en 1984 (una producción entre el país africano y Estados Unidos, concretamente Maryland, zona en la que residía el cuarteto), el álbum es una sofisticada fusión de bases pre-electrónicas, melodías etíopes, Funk, cadencia slow-jam y R&B al uso; con un punto exótico, con un punto de extravagancia y con unos ingredientes mezclados de una manera a la que no estamos acostumbrados, el producto brilla no solo por su calidad pura, limpia, también por su estética. Y decía antes profecía porque observando el éxito del post, no extrañaría ver este material recuperado próximamente por algún sello como, por ejemplo, Awesome Tapes From Africa o Sahel Sounds.

El autor del blog, en su descripción para Admas, daba datos como estos: “A rewardingly produced CTI-style instrumental funk set, with a fresh melodic sensibility. This private press niceness came on loan from my dude, Seoul Brother #1, Portland DJ extraordinaire”. Y es que “It’s All About Private Press”: el nicho de la edición privada, auto-costeada, auto-distribuida y limitada se ha convertido en el principal tanque de residuos donde las compañías como Numero Group, Jazzman o Light In The Attic conspiran para, regularmente, ofrecer al oyente tesoros que un día pasaron desapercibidos por su pocas posibilidades de exposición en el mercado (un tanque de profundidad infinita y que, además, sincroniza a la perfección con la segunda juventud de las técnias DIY. El primer libro de Sinecure Books, “Enjoy The Experience”, plantea un interesante punto de vista de esta dicotomía temporal).

Con mayor o menor éxito, los tres sellos mencionados casi siempre aciertan: la última prueba es la llegada inminente de la primera reedición del material del enigmático artista Lewis, un fantasma que tan solo editó un LP titulado “L’Amour” y que posee otra de esas “fresh melodic sensibility”. Nuestro olfato es tan fino, lo tenemos tan calibrado, que somos capaces de observar la rareza con tan solo unos cuantos compases: escuchando “I Thought The World Of You” notamos esa anomalía, esa singularidad que hace al producto único y que, en su contexto real (1983) nadie supo observar.

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¿Somos todos coleccionistas en potencia? Nos hemos convertido en diggers (los que no lo eran lo han hecho y los que ya lo heremos hemos aprendido más) gracias a las nuevas tecnologías y la democratización de la información? O realmente estamos perdiendo la noción de lo que realmente vale la pena? Debemos escudarnos en el pobre estado del negocio a la hora de justificar según qué maniobras editoriales, camuflándolas como imaginativas cuando en realidad carecen de significado? Los bocetos de Delroy Edwards, cuando éste cursaba estudios universitarios no son los bocetos de un joven Picasso, al menos desde mi perspectiva. Tampoco es comparable, pero de verdad podemos caer en destacar un producto reciclado y reinsertado a calzador antes de hacerlo con algo “más trabajado”?

Es en este momento y de nuevo con “Teenage Tapes” (alguien lo comparó con “Adolescent Funk”, la iniciativa puesta en práctica hace unos años por Stones Throw y que recataba material de dudosa calidad de un joven, precario DâM-FunK) en el punto de mira, llega hasta mi cabeza el término “fake”, cada vez más utilizado en el ámbito de la descripción o crítica musical. Fake es falso, pero un tipo de falsedad creada a voluntad, buscada por algún motivo: en términos estéticos y aplicados a la música, se observa recientemente un tímido interés por este tipo de acabado, una versión de segunda mano, de bazar asiático y mercadillo de cualquier estilismo, desde el Soul al New Age, como bien apunta James Ferraro en la introducción de su próxima exposición en el MoMa de Nueva York.

Ferraro bien podría ser un pionero de la creencia que valora la consecución de este tipo de, dejémoslo en “texturas”: con su proyecto Bebetune$ (después BODYGUARD) consiguió emular patrones básicos de R&B o Hip Hop callejero contemporáneo desde un ángulo artificial, introdujo la comicidad indirecta y la banalización de los arquetipos en la ecuación sin vuelta atrás. Hoy los productos que suenan “barato”, “revenidos” o “viciados” por algún tipo de circunstancia técnica se reproducen, pesan más los primeros pasos genuinos de un artista que aún está comenzando a andar en el circuito que cualquier gran producción, somos sabuesos en busca de la anomalía, en busca de la excentricidad no documentada, somos el producto desquiciado de una máquina ansiosa por complacernos.

Frankie Pizá


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