RBMA Weekender 2013: Necesario y oportuno

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Es la sensación que, sondeando, ha acabado formulándose como mayoritaria dentro del público que asistió a la primera edición del RBMA Weekender celebrado en Madrid el pasado fin de semana del 3 al 6 de Octubre. Aunque ningún evento superó las expectativas según mi criterio, lo importante no fueron las actuaciones o ver un espectáculo concreto, sino dinamizar y retroalimentar la comunidad musical de la zona de manera muy acertada y como digo, oportuna. Dando ejemplo y creyendo en Madrid una vez que la llama de la RBMA ya está controlada. Porque Madrid, capital, parecía atravesar desde hace más o menos una década cierto complejo con respecto a Barcelona, por ejemplo: el área, a pesar de sus posibilidades, cantidad de propuestas desconocidas y densidad de población, se muestra casi siempre detrás en cuanto a “reputación”. Barcelona tiene Nitsa, Razzmatazz, Moog, Sónar, MiRA o Primavera Sound, festivales, clubes y casi monopoliza las propuestas electrónicas con más proyección (John Talabot, Alizzz, Astroboyz, bRUNA, Clip!, y un largo etc), lo que relega a un segundo plano un terreno con tantísimo potencial en stand by.

Sin entrar en las causas de que la escena electrónica o simplemente musical no haya florecido como debe en Madrid, me limitaré a trasladar la ilusión que seguro comparten muchos residentes en la capital cuando observan como iniciativas de este tipo se llevan a cabo, sin la condición de albergar una ajetreada Red Bull Music Academy cada cierto tiempo; el paso de la institución por la ciudad en 2011, las renovadas instalaciones de Matadero Madrid y la comunión de salas, colectivos y artistas con los mismos gustos, está creando la atmósfera necesaria para poder prosperar. Por supuesto, habrán los que observen con inquietud el que una marca de bebida energética tenga que venir a poner el dinero y la capacidad para mover este tipo de citas y así provocar la armonía entre los distintintos implicados, pero puestos a matizar de manera negativa, creo que lo apropiado es, ante todo, dar las gracias. La música y la escena local salen bien paradas lo veamos por donde lo veamos.

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Porque hay talento, hay gente con pasión que se mueve por la música y no solo por el dinero, colectivos como Post Club, The Bourbaki, Holy Dubs, BRAAAAP o Lemon Cat (como los hay en otras zonas de la geografía nacional) que luchan mes a mes por establecer esa red de alimentación que asiente la escena y unifique a todos en una misma dirección; una periódica propuesta de este tipo es el primer paso hacia la conexión total, el apoyo logístico para que todo mejore y siga creciendo. Si tiendas esenciales como Commercial Records o Ama Records no hubieran tenido que cerrar por la “crisis” y la globalización del consumo musical, ya tendríamos otra zona de la que estar completamente orgullosos y dispuesta a dar ejemplo a otros sitios dejados de la mano de Dios, como Mallorca, donde un servidor se encuentra.

Lo cierto es que todo va muy enlazado con los gustos y preferencias de cada unidad personal; posiblemente haya gente que aún se queje y busque en España lo que vive en Londres o Berlín, ciudades con una corpulencia capaz de contentar a todos los públicos; seguramente existan los que desconfían de este tipo de propuestas, demasiado enfocadas con un rango de edad concreto y construidas alrededor de una gran campaña publicitaria. Como transmitiré a continuación, fueron pocas las actuaciones que de verdad consiguieron dejarme sin aliento, algo que se repite cada vez más, pero creo que es adecuado inicialmente contextualizar la importancia de un movimiento como éste, sea cual sea su resultado completo o la sensación circunstancial que deje en cada uno.

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La historia, planteada como un mini-festival con acontecimientos dispersados por la zona caliente de la ciudad y entre los que cualquier aficionado podría encontrar su sitio, comenzó con el concepto de “Crooners Dislocados” en Teatro Kapital, un evento que tenía como protagonistas a 3 proyectos muy diferenciados pero que comparten un denominador común: su total autonomía y aspecto genuino, intransferible. Joe Crepúsculo es bizarro y cambiante, imprevisible como dicta su naturaleza y siempre solvente en concierto; James Pants es el más versátil, capaz de acercarse a la batería, al piano, interpretar al micrófono, hacer reír o dar una lección a los platos; Omar Souleyman es la pieza exótica, poco entendida en Occidente y que mejor recibimiento contempló. El sirio dio un concierto memorable con la única ayuda de su presencia, sus letras de amor y desamor y el calor del público, que le arropó como la propuesta de mayor calibre del cartel.

Como también suele ser tradición al tratarse de eventos promovidos por Red Bull, las citas se compaginaron con otras iniciativas de igual interés, pero para disfrutar sentado: lectures o conferencias de Munster Records o Fran Lenaers fueron especialmente interesantes, a pesar de los pocos asistentes, y el taller que Fasenuova ofreció en uno de los estudios la oportunidad de conocer de primera mano algunos de los secretos de una pareja veterana y respetada antes de su concierto en el triplete titulado “Cielo Oscuro”. Fasenuova tienen un perfil único hoy por hoy, contundente, decadente y con un punto lascivo y visceral que les hace no desconectarse del todo de su pasado y sonar bien en el presente, pero su directo atraviesa en muchas ocasiones la tan temida monotonía; donde mantener una intensidad es para unos la victoria, en ellos se convierte en algo contraproducente.

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Se echó de menos locura, imperfección. Es lo que les pasó también a Chris & Cosey: dos viejas glorias que han resistido bien el paso del tiempo, con un directo bailable y bien formulado, pero soso y sin nada que ofrecer más allá del lucimiento de sus medallas pasadas. La actuación era lo de menos: la gente quería ver a dos de los protagonistas principales de erupción Industrial, y nada más. En ese sentido soy de la opinión de preferir el recuerdo y la idealización a toparme con mis ídolos desmejorados en el escenario: para derrumbar tu reputación y no ofrecer las experiencias que te dieron las credenciales, mejor quedarse en casa. El concierto de Chris & Cosey me recordó en cierta manera a lo que ofrecieron Kraftwerk en el Sónar (sí, no tiene nada que ver, ni en cuanto a despliegue ni a ideología, pero me dejaron con la misma sensación): la mayoría maquilló el resultado porque con poder decir que habían visto a los vejestorios alemanes, ya era más que suficiente.

The Haxan Cloak por su parte sorprendió, en un difícil punto intermedio entre los dos pesos pesados; sonido penetrante y un despliegue visual que le acompañaba, conjuga momentos de horror, solemnidad y agresividad con gran equilibrio, aunque desilusiona un poco que haya abandonado su directo primitivo, en el que manipulaba instrumentos acústicos y en general todo era más “auténtico”. Ahora, abandonao al Ableton y a la consistencia necesaria que éste le aporta, suena más experto pero menos vivaz, menos atrevido. Y no estoy criticando el laptop ni nada parecido: éste puede utilizarse y no ser el protagonista, como demostró Lost Twin en la Sala Siroco, una actuación que no estaba dentro del Weekender pero a la que decidí acudir sacrificando a dos astros Techno demasiado convencionales (y con uno de los sellos menos inspirados de nuestra realidad actual detrás: 50 Weapons) como son Cosmin TRG y Benjamin Damage, acompañados por Ind0.

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Como iba a comentar: Lost Twin es un ejemplo a seguir: casi 2 horas de actuación con un sinte, un controlador MPD, unos pedales y un Novation Launchpad, sin aburrir y reclamando el impulso de la gente de manera silenciosa, a través del trabajo duro que supone aprenderse cada una de las fases del directo sin consultar el portátil. Beats quebrados, samples retorcidos, percusiones dislocadas, Hip Hop, Ambient, intensidad, cambios de ritmo, toques Footwork y en general algo mucho más consistente y sorprendente que lo que ofrecen titanes de la talla de Flying Lotus, que gana 50 veces más con la única compañía del Traktor y su sync.

El Sábado era el día fuerte: Zar1 y Emelvi desde las 11:00h y una feria de vinilo establecida en plena zona del rastro madrileño con Discos Paradiso, Domestica, Rotor o Wah-Wah cargados de material para los viandantes, coleccionistas y curiosos; el tiempo no fue mi aliado en esta ocasión, el viernes pasó factura y llegué a duras penas a recibir algo del frescor reservado y perfume sofisticado de Lucrecia Dalt, una artista que se ha hecho a sí misma y que poco a poco ha ido perfeccionando una propuesta muy íntima, perfectamente calibrada y detallista. Obviamente todo no suena como en la reclusión de su zona de creación o en las grabaciones, pero da gusto ver a una bellísima artista rebosar personalidad de esa manera.  Puesto que La Corrala me pillaba más cerca, tuve que decidirme presenciar tan solo un rato de Andy Votel (bien, variado y bizarro como se preveía, con la bandera de Finders Keepers bien alta) e irremediablemente perderme el directo de BFlecha; con su nuevo álbum a la vuelta de la esquina y al igual que Dalt, perfeccionando a cada paso una propuesta sin sinónimos, me contaron que la audiencia del L.A. Studio quedó más que satisfecha.

Antes de dirigirnos al Museo Reina Sofía, echamos raíces en la zona vinílica: a medio camino entre la borrachera mañanera y la contínua secreción de saliba provocada por los numerosos plásticos y la poca liquidez económica. Yo solo compré PPU, pero me consta que allí se movió mucho material; sin duda alguna es una de las propuestas vinculadas al Weekender más interesantes, reunir en una misma zona común todo el armamento de este tipo que nos queda en el país, devolviendo aunque sea un instante el clima irrepetible que se vive en las tiendas de discos, donde ellas actúan de vehículo para la asociación, conocimiento, relación y solidificación de lazos entre iguales sin necesidad de redes sociales digitales.

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Lo del Museo estuvo también genial, a pesar de que Fuck Buttons no son mis preferidos; Sunny Graves impecable, comprimido y ejecutando un directo confeccionado especialmente para las posibilidades del recinto, hizo de bandeja de plata para recibir al dúo inglés, otro de los platos fuertes del Weekender. No me gustan por que observo en ellos una forma de pseudo-propuesta experimental para no iniciados, el “Noise para hipsters” como diría Fran Martínez, pero he de admitir que su directo está en otro nivel: la conexión visual con la audiencia, el trance que provocan y la fuerza que desprenden con sus movimientos e interpretación en frente del hardware se parece a pocas cosas hoy en día. Aún así les falta ese componente salvaje y fuera de toda restricción para no dar la sensación de “producto” hecho a medida.

La cola en la Sala Siroco daba la vuelta a la esquina, y eran tan solo las 02:00 de la madrugada; DJ Panic ni le olí, pero pude ver al completo a Derrick Carte, un veterano de Chicago venido a menos pero que conviene respetar dadas sus dotes, experiencia y sabiduría. El gran problema de los americanos de este calibre cuando vienen a España es confundirnos con Ibiza; casi en su mayoría y tan solo con algunas excepciones, los sujetos acaban dejándose llevar por una propuesta plana y aburrida, Deep House tosco y sin sentido, mezclas fáciles y nada de sorpresa. Está claro que el sello Classic atravesó esa fase, y algún punto de virtud se observó en una sala abarrotada y en la que apenas se podía respirar, pero Derrick Carte estuvo muy, muy lejos de su mejor nivel. Acabó sudando la gota gorda como todos, eso sí.

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El final del Weekender se planteaba como una tarde soleada en Matadero Madrid, con un grueso de propuestas nacionales y rodeado de amigos: la resaca era el único inconveniente. A pesar de ella, las sensaciones fueron óptimas: C. Tangana y parte de Agorazein demostraron su nivel y actitud nada conformista, con un directo que va cambiando y evolucionando, que no tiene techo por ahora; Orphidal y Luishock sacaron partido a su buen gusto para la selección y encadenaron con solvencia material de Night Slugs, R&S o similares, combinando híbridos Bass, Techno y residuos UK-Garage adaptados al House; Chelis y Mwëslee se comportaron como las instituciones que son, plantendo una sesión ecléctica, con un punto improvisado y que se desarrolló desde el maximalismo al Footwork pasando por las bandas sonoras clásicas. Para el final, bRUNA dio lo que el público pedía a gritos: clásicos Rave, House de los 90 y buen ritmo para empezar/cerrar la fiesta.

Conclusión: da gusto y envidia al mismo tiempo asistir a una propuesta de este tipo, donde no se deja de lado el talento nacional, se dinamiza y se impulsa la música “no comercial” en una ciudad tan necesitada y tan mal dirigida como es Madrid (ojo a las normativas que Ana Botella quiere imponer para el futuro, parecida a la ley de vagos y maleantes de Franco). Digo esto porque yo vivo en Mallorca, donde ni se asoma algo parecido: por eso y porque no está el tiempo para quejarse como la élite que no somos, lo mejor es valorar en su justa medida, mirar en perspectiva y agradecer que, por lo menos, alguien hace algo con un poco de sentido.

Frankie Pizá


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