Hologramas: magia negra y el posible futuro del concierto…

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“Más que nunca, el dinero está en los conciertos”. Con propuestas cada vez más pobres y poco excitantes proliferando, con proyectos todavía tiernos abalanzándose al escenario sin experiencia, se presenta un futuro temible para la actuación en vivo. Los hologramas, la nueva tendencia en alza, pasa por ser la nueva brecha a explotar por la industria del espectáculo…

“There is a genuine feeling that this is cool and this is the future”. (Justin Wilkes, vicepresidente de @radical.media).

Más que nunca, el dinero está en los conciertos. La industria musical, mermada y en plena transición para asimilar las nuevas herramientas digitales de distribución y promoción, se encuentra convenciéndose a sí misma que las ventas ya nunca serán las de antes; el pastel se ha reducido y las ganancias deben llegar de otros acontecimientos, como son los espectáculos. Conciertos cada vez más exclusivos y rácanos en cuanto a contenido y sustancia proliferan como nunca; por ejemplo, Prince, quien plenamente rejuvenecido y acompañado de su nueva banda 3rdEyeGirl está recorriendo el globo y deleitando con su presencia a algunos pocos aficionados capaces de permitirse el desembolso de casi 400 euros por entrada. Los impuestos culturales (España, por ejemplo) en según que países europeos y las dificultades de variado orden están alejando cada vez más las posibilidades que un fanático del músico tiene de verle en directo: precio, ausencia de conciertos cercanos y temor a una acentuada desilusión son factores demasiado importantes como para decidirse a dar el paso.

Observamos una clara confrontación: las grandes sumas de dinero están en festivales y espectáculos de gran volumen, pero cada vez es más complicado encontrar sitios y público dispuesto a asumir los riesgos que implica lanzarse a comprar una entrada. Además, es cada vez más común observar críticas de conciertos y eventos en las que se explotan frases como “poco estimulante”, “me dejó frío”, “podría haber sido más largo” o la mítica “iba con las expectativas demasiado altas”; el tono de las crónicas es tan solo una traducción del sentimiento generalizado, el que dice que ya ningún concierto o representación en directo nos deja helados, con el bello de punta durante horas, nada nos impresiona como antes. Un síntoma que es consecuencia directa de la pobre preparación de las citas por parte de muchos grupos, bandas o proyectos; algunos de ellos, jóvenes, incapaces de ganarse la vida vendiendo su material, deciden salir a tocar demasiado pronto, sin tablas ni experiencia, apenas conociéndose a sí mismos, sembrando en muchos idealistas aficionados la temida “desilusión”.

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“Los impuestos culturales (España, por ejemplo) en según que países europeos y las dificultades de variado orden están alejando cada vez más las posibilidades que un fanático del músico tiene de verle en directo: precio, ausencia de conciertos cercanos y temor a una acentuada desilusión son factores demasiado importantes como para decidirse a dar el paso”.

La otra cara de la moneda son los grupos veteranos, las viejas glorias, que pretenden sacar partido a su historia y glorias arriesgando su reputación, arriesgándose a hacer el ridículo por un puñado de dólares; cuando los derechos no son suficientes (y menos con Spotify y su ataco a mano armada a los artistas), cuando ya no se pueden lanzar más recopilaciones y cajas de lujo, cuando ya no hay más aniversarios posibles, solo queda volver al escenario y atrapar a los viejos entusiastas (y de paso, ver si se puede arañar algún centavo joven, mirando al futuro). Aunque no se puede generalizar, la mayoría de bandas antiguas, legendarias, instituciones que regresan a los escenarios es para hacerlo realmente mal, dejando para el arrastre la memoria que algunos de sus acérrimos seguidores conservaban. Pero el dinero es el dinero, y como decía: el verde está en los conciertos.

Si ya percibimos más asiduamente de lo que podíamos imaginar gruesas decepciones en el escenario, intervenciones cada vez más cortas y condensadas, actuaciones de pena y si cada vez nos cuesta más “tirar” el dinero, cómo evolucionará la industria del espectáculo musical? Buena pregunta: con los hologramas. Recientemente comienzan a proliferar sin ninguna vergüenza, por sorpresa o previo anuncio, resucitando sin piedad a ya fallecidas figuras musicales a los que la mitad de los asistentes nunca han tenido la oportunidad de ver en carne y hueso. Lo máximo que nos permite la magia negra tecnológica es alcanzar a observar un retrato a tamaño real y en formato tridimensional del susodicho: 2Pac, ODB, Michael Jackson, Elvis Presley, y cualquiera que puedas imaginar es posible víctima de la nigromancia visual en el siglo XXI.

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La pregunta sería esta: ¿Quién no pagaría por ir a ver a James Brown? Y otra: ¿Quién se pensaría por un momento no pagar una buena suma de dinero por no ver a Jimi Hendrix toquetear su guitarra? Es el nuevo filón: conciertos de grandes estrellas ya fallecidas, que ya no están entre nosotros y con legados, empresas familiares, deudas que alimentar. Pronto lo veremos en festivales, la tecnología (madurada por empresas como AV Concepts o Digital Domain, la ganadora del Óscar por “Avatar” e inicialmente utilizada por bandas como Gorillaz y el proyecto pionero japonés Hatsune Miku, aunque con un aspecto y comodidad que nada tiene que ver con el actual) se abaratará y extenderá, el coste de producción (enorme, desorbitado, casi de medio millón de euros en algunos casos) descenderá y lo del holograma será ya un juego de niños. Imagino grandes giras con Nirvana al completo, J Dilla en algún evento de Stones Throw junto a Madlib, imagino a Marvin Gaye en el centenario de la Motown, pienso en festivales como Primavera Sound o Sónar anunciando un certamen expresamente dedicado a conciertos míticos. Nostalgia en su máxima expresión, casi como única salida debido a la sensación de que cada vez son menos las propuestas actuales que consiguen llenarnos.

Si hay una compañía que ahora mismo se está dedicando a reproducir de manera exacta el concierto que Queen dio en Wembley en 1996 (emulando luces, copiando al detalle cambios de vestuario, clavando los tiempos y todos los flecos posibles), por qué no podríamos hacerlo a base de hologramas? Cuando la tecnología se extienda, ya no hará falta pagar a músicos, tampoco montar grandes estructuras ni grandes despliegues de sonido y trailers con los que transportar todo el instrumental: bastará con unas cuantas pantallas, trucos de luz y una audiencia entregada. Pero cuidado, hay algo “relativamente” mejor: pensemos por un momento en las posibilidades de las comunicaciones y la transmisión de datos, cada vez más veloz y que crece de manera exponencial. ¿Por qué no podríamos proyectas el concierto de Biggie en el próximo Coachella (si se diera el caso) en nuestra propia casa, a través de Internet? Por qué una banda no podría dar un concierto en un festival multitudinario y poder distribuirlo a otros escenarios del mundo, al mismo tiempo? Solo imaginar las posibilidades, me entra el vértigo.

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“No me extrañaría nada que bandas comenzaran a multiplicar sus conciertos, vendiendo series de eventos más baratos y en el nuevo diferido holográfico; solucionaría el problema de la disponibilidad, se desdoblarían literalmente y se crearía una reveladora división entre conciertos holográficos y conciertos en directo, a la antigua usanza”.

Parece claro que el holograma y su ciencia (básicamente y para profanos, todo se basa en la holografía, una técnica fotográfica inventada por Dennis Gabor en 1947 y que consiste en proyectar una imagen con láser en una película fotosensible, la que después devuelve una imagen según la perspectiva con la que haya impactado la luz. En vídeo, se utiliza un proyector, al que se le añade una señal de vídeo y que se proyecta a una superficie reflectante, la que a su vez devuelve la holografía en 3D, en su estado esencial solo visible desde cierto punto de la sala o el terreno) se convertirán en una herramienta esencial para el futuro de los conciertos en directo, quizá más potente que el ya instaurado streaming vía Internet; en cualquier caso, la tecnología, en este estadio todavía solo posible en nuestra imaginación, debe madurarse hasta el punto de lograr el mayor realismo posible. Ya se están poniendo en práctica movimientos holográficos en directo controlados por un usuario experto conocedor de los movimientos del artista resucitado, por ejemplo.

No me extrañaría nada que bandas comenzaran a multiplicar sus conciertos, vendiendo series de eventos más baratos y en el nuevo diferido holográfico; solucionaría el problema de la disponibilidad, se desdoblarían literalmente y se crearía una reveladora división entre conciertos holográficos y conciertos en directo, a la antigua usanza. Los primeros serían concebidos como experiencias cinematográficas “next level”, parecidas a cuando irrumpió el IMAX o el 3D en las salas, una opción para bolsillos más estrechos. Los segundos se convertirían en artículos de coleccionista, serían más caros y el mero hecho de poder tocar un zapato de tu artista favorito sería una oportunidad más bien escasa. No es tan descabellado pensarlo: del holograma de Elvis retransmitido por TV junto a Celine Dion en 2009, del engaño de los Black Eyed Peas en algunos de sus conciertos, de lo de 2Pac en Coachella a un futuro terrible tan solo hay un paso.

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Parecen hechos esporádicos, detrás de los que hay mucha dedicación y gran desembolso económico; por ahora son cameos puntuales (como el último en llegar junto al de Ol’ Dirty Bastard: el de Eazy-E en el espectáculo de Bone-Thugs-N-Harmony, interpretando algunos de sus clásicos con NWA), referencias contadas que (en especial y anecdóticamente, dentro del terreno Hip Hop) irán adquiriendo manual de uso y cada vez más prestaciones, ofreciendo un catalogo de recursos a según que empresas realmente espeluznante. Un nuevo recorrido para la experimentación y una nueva vía de explotación en la que ganarán peso los efectos especiales, una industria que hasta ahora poco tenía que ver con la música; los derechos de imagen serían otro de los handicaps a superar, como bien apunta en este artículo Eriq Gardner, poniendo como ejemplo la tentativa de concierto con un holograma de Marilyn Monroe por parte de la empresa Digicon, que al parecer no se ha entendido con los gestores de los derechos del icono (al contrario de lo que pasó en Coachella, festival en el que sus dirigentes mantienen una buena relación con la familia Shakur).

Conciertos de segunda categoría, alta tecnología aplicada al espectáculo en vivo, proyecciones y resurrecciones vendidas como antiguas representaciones en vivo a un altísimo precio. Parecen grandes ideas, con grandes posibilidades monetarias y sobre todo innovadoras, pero corremos un grave peligro: destruir totalmente la relación entre fan y artista, ofrecer experiencias sustitutivas que tienen más que ver con la realidad virtual que con un simple concierto, vamos camino de abrazar la simulación de acontecimientos como una opción más, despegar del suelo y adentrarnos totalmente en el primer estadio de la singularidad. Todo si no nos cansamos antes debido a la contraproducente exploración sin freno de esta nueva vertiente, quemando el nicho de mercado en un santiamén y convirtiendo esa novedosa experiencia en algo como hoy es el 3D: caro y con una imagen cercana a la chabacanería, un elemento del que los usuarios podrían prescindir sin pestañear y que no provoca ningún entusiasmo.

Frankie Pizá


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