Tim Hecker “Virgins”

timheckerlp-7.17.2013

La segunda parte del curso 2013 ha comenzado y nos ha traído una avalancha de trabajos bastante considerable. Entre ellos, algunos marcados a fuego por motivos evidentes. Uno de los que ocupaba un lugar de preferencia elevado, era el debut en Warp de Daniel Lopatin con “R Plus Seven” (que ya dio buena cuenta Frankie Pizá recientemente) y cuyos magníficos resultados nos han tenido enganchados desde mediados de agosto. A finales de mes, ya teníamos pululando el nuevo trabajo de Tim Hecker. Escuchando “Virgins” en repetidas ocasiones, uno acaba teniendo la sensación que un experimento que resultó aparentemente fallido como el disco conjunto de Hecker y Lopatin titulado “Instrumental Tourist”, parece revelarse como un importante punto de conexión entre dos universos que ha ido desencadenando una visión diferente en sus posteriores trabajos. Tim Hecker viene de repuntar su trayectoria gracias a un trabajo tan destacado como “Ravedeath 1972” y amplificando esa vertiente neoclásica y acústica con el ep “Dropped Pianos”, consiguiendo moverse hacia un territorio que le diera un nuevo aire a su música demasiado ahogada en “An Imaginary Country” en el drone glicthista y shoegazing que acababa resultando reiterativo al venir como producto posterior de otra de sus cuotas como era el caso de “Harmony in Ultraviolet”.

Buena culpa de la regeneración de Tim Hecker tiene como culpable al último referente dentro de estos parámetros como es Ben Frost (cuyo “By The Throat” sirvió para sentar un nuevo canon dentro del ambient al incorporar esos rugidos descarnados tremendistas) que puso su mano en la grabación del disco y Hecker al mismo tiempo, salió de sus lugares de grabación habituales en su nativa Canadá (Montreal y Ottawa) para buscar parajes islandeses, resonancias espectrales en aquellas iglesias, órganos monstruosos, un nuevo imaginario en definitiva. En “Virgins” decide repetir la jugada de nuevo al volver a estos parajes en Reykjavik, añadiendo Montreal y Seattle, para potenciar estas resonancias partiendo de sesiones de grabación en directo y añadiendo un tono mucho más espacioso a su música sin dejar que se ahogue, al mismo tiempo que le añade el sentimiento minimalista cercano a la obra de Charlemagne Palestine “Strumming Music”, al dejar que los pianos se cuelen como una cascada de notas flotando alrededor de las manipulaciones sintetizadas y digitales de Tim Hecker. Estas características no son las únicas que vertebran el sonido del disco, ya que vuelve a contar con la ayuda de Ben Frost y Valgeir Sigurdsson, con la consecuente introducción de enrevesadas y guturales interferencias de ruido y tajadas desde las frecuencias de los graves apoderándose de todo ese espacio de una manera agresiva y cortante.

Desde el inicio de “Virgins”, Tim Hecker decide mostrarse poderoso con un corte tan emocionante como “Prism”, una auténtica fantasía sintetizada que conecta de manera glacial con “R Plus Seven” y con el tremendismo opresivo de Ben Frost, pero que sobrevive a todos ellos desde el punto siempre palpitante de Tim Hecker. El primer ejemplo del poso cercano al “Strumming Music” de Charlemagne Palestine y otros minimalistas como Reich (me decanto por el punto más visceral en el golpeo del primero) lo encontramos en “Virginal I”, un auténtico rompecabezas enfermizo que pivota entre el sentimiento comunal y eclesiástico de las notas de piano que se ven envueltas entre capas de sintetizador interfiriendo a su alrededor y drones apareciendo hasta acabar colisionando en monstruosos paneles de ruido que hacen temblar las paredes, hasta volver a la calma tras ese crescendo épico hasta el final del corte incorporando puntuales alaridos digitales que potencien de nuevo el aspecto terrorífico y de pesadilla oscilante que hemos encontrado. “Radiance”, retoma el sentimiento del corte inicial al adentrarse en una fantasía sintetizada que nos lleva hasta el recuerdo de su anterior trabajo a la vez que incorpora una faceta cálida desde los sintetizadores, convirtiendo el drama en melancolía. Sentimiento que perdura en las notas iniciales de “Live Room”, para ir viéndose intoxicada por esa arquitectura de horror y tóxicos elementos noise que se van escapando como pequeñas eclosiones fracturadas, en una suerte de lucha entre ángeles y demonios, tensión digital contra melancolía acústica, una fricción desorientada pero perfectamente conducida por Hecker, retorciendo todos estos referentes en una noche estelar en la que el aire se confunde con el humo y cuya coda adicional, “Live Room Out” parece dejar el eco de la batalla en un segundo plano alejado y adentrarnos en un entorno donde la tristeza y el aullido solitario vuelven a apoderarse de nosotros.

Virginal II” juega las mismas bazas que el primer fragmento, pivotando entre dos universos en constante pugna y potenciando el uso de una paleta sonora abigarrada y barroca inflándose de manera épica. Para sacarnos de un excesivo tratamiento desde esta óptica tenemos la breve y caprichosa “Black Refraction” con esos loops de piano entrelazándose de manera lánguida y crepuscular, dándonos un respiro entre una atmósfera amenazante que de nuevo vuelve a trocear esta sensación hasta adentrarnos en el mantra de “Incense At Abu Ghraib” propio de banda sonora aterradora y que “Amps, Drugs, Harmonium” se encarga de conducir de manera irreal y emotiva con esas cascadas de percepción glitchista que tratan de encontrar un factor laureado dentro de su desazón y sin duda, una de las piezas más conmovedoras del disco. Acercándonos hacia la parte final del disco, Hecker nos adentra en dos movimientos como “Stigmata I “ y “Stigmata II”, donde vuelve a recurrir con mayor ponderación al factor sintetizado y de manipulación digital en sus composiciones, dejando que la paleta acústica quede más ahogada y en el segundo fragmento parece alcanzar un nivel de soledad en el disco con esas interferencias errantes que no había conseguido en ninguno de los cortes anteriores. En esta narración interna del álbum, llega el final apoteósico de “Stab Variation”, retorciendo su discurso hacia un terreno aparentemente más acústico (sin llegar a tratarse de sus trabajos como Jetone), pero en la cascada de loops incesantes se genera esta sensación de travesía gloriosa mediante la colisión de glaciares sonoros que acaban desencadenando un drone ahogado y trágico.

La sensación al final del disco es ver como Tim Hecker es capaz de dar cabida a estas nuevas directrices acústicas en su música pero siempre acaba reestableciéndose el equilibrio al entrar en contacto con el factor digital, en una reacción casi de equilibrio térmico, distribuyendo la energía de ambas expresiones de manera uniforme y cuyo resultado de nuevo vuelve a ser una obra tremendamente perturbadora, a la que me gusta observar como el reverso neoclásico y glacial de “R Plus Seven”.

Fran Martínez


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