George Duke: El aura prevalecerá…

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La primera palabra que llega a mi cabeza cuando pienso en George Duke es “Feel”; revivo como si fuera ayer cuando adquirí mi primer disco del californiano, atraído por la colorida portada y las extrañas formas que en ella se encontraban. Incomprensiblemente, aún mi memoria conserva cada una de las notas de aquel single principal que cierra la cara A del álbum; los layers vocales del propio Duke, la cadencia y ese mood cálido inconfundible acompañado de intervenciones magistrales del sintetizador y el piano eléctrico. Aquello era posiblemente lo más sofisticado que había escuchado nunca, y rápidamente lo coloqué junto a algunos discos de Herbie Hancock o Stanley Clarke, que entendía podían compartir rasgos y elementos con ese “Feel”, editado en 1974.

Fue mi primer contacto con uno de los eslabones más importantes del Jazz contemporáneo y la llegada de éste al mainstream; en parte, debemos a la clarividencia y entrenamiento académico de Duke los mejores momentos (o al menos, los más elegantemente destilados) de la fusión entre Jazz, Rock, Disco y posteriormente, R&B. Pero mucho antes de eso, formó parte del periodo más creativo de Frank Zappa, rompió con la tendencia de no poder considerar a un pianista como el líder de un combo allegado al Rock encima del escenario (junto a otros como el propio Herbie Hancock o Jan Hammer, conocidos como los “keytarists”), echó raíces en MPS y construyó a su imagen y semejanza las leyes del “smooth Jazz”. Un músico ejemplar que construyó con horas y creatividad la relación entre Jazz y R&B en la segunda mitad de los 70 y que enseñaría el camino a muchos de sus contemporáneos, un maestro que nos dejó el pasado 5 de Agosto cuando perdió su larga batalla contra la leucemia a los 67 años de edad.

“Basically, what happened was that I got together with people like Cannonball Adderley and Frank Zappa. They totally broke down my walls. Cannonball would say, ‘Man, you ought to listen to this.’ I began to see how Miles Davis changed things. He was genuinely interested in different kinds of music. In talking to him, he kept saying, ‘Man, I want to do some of this kind of music. Write me a song like that.’ The walls just came down, and I had a realization that ‘I’m really too jaded.’ Fortunately, this happened early on”. (George Duke).

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Arriba y para Jazz Times, George Duke recuerda un momento de iluminación cuando se le pregunta por su camino hacia la “fusión”; aunque estudió Jazz al mismo tiempo que se educaba en el terreno clásico (se graduó en el conservatorio de San Francisco en 1967), Duke empieza rápidamente a absorber ideas menos convencionales ya prestando sus servicios al piano para Sonny Rollins o Dexter Gordon, aunque éstas no tomarían las riendas de su cabeza y creatividad hasta su primer encuentro con Jean-Luc Ponty; la relación con el violinista comenzó en 1968, cuando éste lo invitó a compartir varios gigs con su banda y empezando así una unión que tendría su máxima cota en “Electric Connection” (1969) y el conocido “The Jean-Luc Ponty Experience with George Duke Trio” el mismo año.

Fue precisamente en uno de esos conciertos, uno en Sunset Boulevard (en el club Thee Experience), donde la fama de Duke como pianista y músico de sesión comenzó a labrarse: allí, en 1968, se encontraban entre la audiencia Quincy Jones, Gerald Wilson y Frank Zappa. Éste último no tardó en dirigirse a Ponty para preguntarle peculiaridades sobre el concierto y su música, recalcando el papel del joven Duke, al que invitó a unirse a The Mothers Of Invention (o The Mothers). Mientras Duke cobraba 25 dólares por concierto como músico de Jazz, Zappa iba a ofrecerle unos 250, además de colocarlo como uno de los puntos de apoyo para su giro de 180 grados estilístico (junto a  Aynsley Dunbar), que iba a fusionar sin temeridad Rock, Jazz, música clásica y técnicas avant-garde como la música concreta.

Mientras, un polivalente Duke todavía recibiendo y asimilando influencias, iba a compaginar su trabajo junto a Zappa con el acompañamiento a Cannonball Adderley, otra de las figuras que más impacto y sabiduría estrellaron en el joven, que en “Soul Zodiac” (1972) tomó contacto con la más pura experimentación Jazz Funk; el pianista se encargaría de todas las líneas y notas de Fender Rhodes en aquella suerte de exploración astrológica y de los signos zodiacales ideada por Rick Holmes (narrador) y musicada por Cannonbal junto al Nat Adderley Sextet. Aquella postal cósmica y de grandes rasgos soulful marcó a Duke casi tanto como “Chungas Revenge”, el primer álbum de Frank Zappa donde el californiano jugaba un papel importantísimo. Mientras Cannonball mostraba a Duke el camino más sofisticado del Jazz de vanguardia, en plena cohesión con el Soul y el Funk, Zappa le hacía llegar a los extremos más retorcidos, enseñándole a sacarle fruto a su instrumento y al sintetizador en escenas de lo más surrealista.

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Al tiempo que colaboraba con estos dos titanes, el joven pianista iba paralelamente alimentando su camino artístico en solitario y confabulando con próximos (en cuanto a amistad y estilísticamente) como fueron Stanley Clarke y Billy Cobham; los tres con ideas semejantes en la cabeza, se afianzaron con el tiempo (más en la década de los 80) como los primeros músicos que consiguieron dar un aspecto más consumado a la inicial experimentación Jazz/Rock de los Miles Davis, Joe Zawinul o Zappa, estandarizando un maquillaje que incluía instrumentación envolvente, gran presencia de las cuerdas, la intervención de sintetizadores como el Arp 2600 y la prolongación de una estela hacia matices como el de la Bossa Nova, los elementos folklóricos africanos o incluso el New Age.

Concretamente, la carrera de George Duke en solitario comenzó en 1971 con “Save The Country”, un LP en el que aún tenían mucho peso técnicas tradicionales y continuistas pero en el que ya se podían olisquear los primeros signos de “fusión” jazzística al estilo del pianista; “Come Together”, la composición de Lennon y McCartney, ya daba indicios de los objetivos de un músico que iba a revolucionar el sello MPS con su magistral “The Inner Source”, primera obra maestra en la que aparecían en escena elementos de percusión Afro-cubana, tejidos modales que se relacionaban con paisajes de sintetizador nada vergonzoso y se planteaba por primera vez el tono entre suave y envolvente que cada disco de Duke poseía. Con discos como aquel, y junto a otras figuras como Joe Pass o Monty Alexander, el músico definiría el estilismo único de MPS.

“Musik Produktion Schwarzwald”, la Producción Musical del Bosque Oscuro, fue una idea inicial del coleccionista alemán Hans Georg Brunner, quién casi como capricho personal fundó y dio forma a una de las etiquetas más distintivas del Jazz europeo; con grabaciones técnicamente impecables y exhaustivamente controladas, en MPS se confabuló para que los nuevos estándares venidos de Estados Unidos se extendieran rápidamente por el viejo continente y de paso, nombres como el de George Duke fueran adquiriendo relevancia no solo como músicos, sino como productos.

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Llegaron “Faces In Reflection” (LP de 1974 en el que aparece uno de los experimentos al sintetizador más bellos jamás concebidos, una probeta llamada “North Beach”) o “Feel”, segundo clímax y punto de inflexión en su carrera en solitario. Antes de la publicación del documento, Duke había estado colaborando en “Heavy Axe” a las órdenes del mito y pionero del Orchestral Jazz David Axelrod, y también ocupándose de la dirección artística y sonoridad de Flora Purim en “Butterfly Dreams”; el primero despertó en Duke una sensibilidad mayor para el acabado y la estructuración de sus composiciones y el misticismo de Purim consiguió que el pianista se interesara y conmoviera por la fusión con elementos importados de la tradición brasileña.

En “Feel” no solo encontramos a Frank Zappa colaborando a la guitarra como Obdewl’l X, Duke también incorpora a Airto Moreira y saca a relucir su carisma como vocalista, imprimiendo una calma extra y reposo a sus composiciones; excursiones con gran peso del matiz latino, el Arp dando un toque envolvente y acolchado a las atmósferas, que se vuelven etéreas y reflexivas, se expanden hacia el cielo y aún hoy son una auténtica experiencia extrasensorial. No solo el tema principal se convierte automáticamente en el arquetipo de Duke, “Love” o la maravillosa “Yana Aminah” le perfilan una naturaleza ecléctica que más tarde se simplificaría en discos como “The Aura Will Prevail”, editado en 1975.

Paralelamente a la construcción de su siguiente álbum en solitario, un muy codiciado Duke había estado no solo trabajando con Zappa o junto a Joe Henderson, también había tenido la oportunidad de producir a Gladys Knight & The Pips (produciría también y a lo largo de toda su carrera a gente como The Pointer Sisters, Anita Baker, Rachelle Ferrell, Jeffrey Osborne o Deniece Williams, además de contribuir al épico “Off The Wall” de Michael Jackson en 1979), primer grupo de acentuado perfil R&B que el de San Rafael se ocupaba de dirigir. Aunque posiblemente no fuera un factor determinante, la mayor preocupación de Duke por componer singles con mayor llegada “Soul” y la concreción con la que trató al conjunto fueran culpa de sus primeros pasos en la producción de artistas.

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Así, siguiendo con la tonalidad melancólica, el acento brasileño y con un cada vez más importante peso del sintetizador en sus creaciones, nacieron clásicos como “For Love (I Come Your Friend)”, todo un patrón a seguir que recientemente se renovó y volvió a adquirir presencia gracias al bajista Thundercat. Posiblemente y sin ningún lugar a dudas por mi parte, “The Aura Will Prevail” debe ser considerado uno de los puntos más sublimes de la fusión Jazz/Rock y primeros indicios de conexión con el R&B de la década de los 70.

A partir de 1975, Duke trabaja mucho más en pulir un discurso que iría dirigido completamente al territorio R&B en los años posteriores, pasando por el no menos magistral “I Love the Blues: She Heard My Cry”, uno de sus documentos más completos y que en parte perfeccionaría la fórmula de su álbum anterior, aportándole más riqueza y sobre todo, un plantel de músicos realmente envidiable; el dream team incluyo a Johnny “Guitar” Watson, de nuevo la cantante Flora Purim, Airto Moreira, el guitarrista Lee Ritenour, su más fiel colaborador en la percusión Leon “Ndugu” Chancler (al que luego devolvería el favor en tiempos de su Chocolate Jam Co.) o el guitarrista George Johnson de los Brothers Johnson. En este disco sigue habiendo momentos instrumentales inolvidables, pero las construcciones con un más marcado carácter vocal siguen pidiendo paso de manera decidida.

Progresivamente, el componente jazzístico en los álbumes de George Duke fue desapareciendo, diluyéndose y quedando relegado a un segundo plano (tan solo “Liberated Fantasies” en 1976 volvería a plantear un acercamiento a los convencionalismos Jazz Funk menos arriesgados); las influencias de Stevie Wonder en Tamla Motown, el auge del Disco entre la comunidad afroamericana y sobre todo, una nueva iluminación del pianista al explorar la fórmula Parliament/Funkadelic le llevarían a plantear un híbrido (o disco pseudo-R&B) como fue “Reach For It”, hoy por hoy catalogado como su primer gran esfuerzo en esa dirección. Para entonces, el año 1977, las líneas de bajo electrónico y la presencia de vocalistas femeninas ya habían ganado posición en el armamento de Duke y Epic/CBS ya había revelado sus intenciones de apostar por aquella fórmula derivada de la fusión Jazz.

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La multinacional se hizo con los servicios de Duke y Stanley Clarke casi al unísono, y ambos eran ya vistos como solistas consumados en vez de como músicos de sesión con grandes ideas en mente. “Reach For It” contiene gemas como “Hot Fire”, de nuevo de marcado carácter latino o las animadas “Just For You” o “Lemme at It”; por así decirlo, Duke convirtió sus inquietudes y curiosidad por el R&B contemporáneo planteado a partir de una base Jazz Funk en un estandarte que iría creciendo poco a poco, recibiendo a otros artistas como serían George Benson o Patrice Rushen. “Don’t Let Go” y “Master Of The Game” no llegarían al nivel de ventas y recibimiento de “Reach For It”, pero sin duda dieron un aspecto mucho más sólido a la inventiva de Duke justo antes de la aparición de “A Brazillian Love Affair”, que consumaría su transición de maestro Jazz a estrella R&B.

Esenciales como “I Want You for Myself”, “I Am For Real” o “Party Down” llevarían al virtuoso a perfeccionar una seña de identidad que ya nada tenía que ver con el género Jazz; muchos críticos enfurecieron al igual que pasó con el menos progresivo paso de George Benson al terreno mainstream, sobre todo con “Follow the Rainbow”, álbum en el que se acusó a Duke de anteponer su seguridad financiera a la innovación jazzística que antaño le había caracterizado. No les faltaba razón, pero observando hoy desde cierta perspectiva, los discos publicados por Duke en la segunda mitad de los 70 ayudaron (al menos, en términos generales y populares) a que el Jazz perdiera ese aura académica tan estricta o su excesiva conceptualización, abrazando sin prejuicios cotas más universales.

Antes del descenso creativo que se inició en sus últimos álbumes con Epic y con sus demasiado redundantes colaboraciones con Stanley Clarke, Duke atravesó un momento de gloria con la sucesión de geniales piezas como fueron “A Brazillian Love Affair” y “Dream On”, consecutivos y muy separados entre sí estilísticamente. Para el primero, viajó a Brasil y retomó su amor por la ascendencia y cadencia brasileira, conjugándola en sensuales baladas y composiciones orgánicas donde se debe destacar su unión con Milton Nascimento. Para el segundo, siguió explotando su raíz R&B, pero dejó anecdóticamente de contar con la presencia de cantantes como Lynn Davis o Josie James, para encargarse él de casi la totalidad del registro vocal; destacan “Someday” o “Let Your Love Shine” como últimas muestras del mejor George Duke.

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George Duke, con medio siglo de carrera a sus espaldas, debe ser hoy recordado como uno de los pocos artistas y músicos en conectar tantos géneros y de manera tan brillante, debe ser considerado como uno de esos pioneros capaces de hacer avanzar a toda una generación y hacerles partícipes de sus propios adelantos y evolución personal; al igual que Donald Byrd o Roy Ayers, Duke no solo consiguió crearse y mutar como artista en solitario, también convirtió sus objetivos en los de la propia escena. Pero hubo algo, por encima de todo, incluso de sus aventuras con la fusión Rock, latina o hibridación R&B que prevalece hasta hoy, y esa es su particular magia a la hora de manipular su piano eléctrico o sintetizador: un aura, una presencia, una estela capaz de llegar a influenciar plenamente a músicos de todas las categorías.

Frankie Pizá


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