Morphosis “Dismantle / Music For Vampyr”

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Rabih Beaini sigue amplificando su visión corrosiva de la electrónica en los diferentes frentes en los que se muestra activo como son su sello Morphine (donde este año ya nos ha regalado perlas procedentes del subsuelo norteamericano como los trabajos de Metasplice o Container), su vehículo de improvisación colectiva en Upperground Orchestra y en nombre propio un sensacional disco de debut titulado “Albidaya”. Esta maniobra lo iba alejando a cada entrega de su vertiente electrónica, digámoslo así, más “convencional” para entregarse a terrenos mucho más experimentales y caóticos. Esta huída la completa al entregar para Honest Jon’s este fracturado ep titulado “Dismantle” bajo su alias más reconocido, Morphosis. Su debut en largo para Delsin , “What Have We Learned” (2011), ya nos mostraba la pasión analógica del productor aunque siempre en unas piezas donde la coherencia acababa lastrándole y haciéndolo predecible pese a su calidad. Dos años más tarde, estamos lejos de esa faceta de Beaini y tenemos a un productor que abraza con insistencia la vanguardia desde su lado más esquivo e imperfecto, en línea con otros apasionados del enfoque y sonido analógico en su música, jugando con sintetizadores modulares y sus peculiares prestaciones alejándose como comentábamos en otras reseñas (la más reciente la de Marcos Cabral), de la perfección digital y abrazando la improvisación analógica como estandarte.

Comenzando por el primero de los dos 12′, encontramos los dos cortes que se encuadran bajo el título de “Dismantle”, cuyo primer corte da nombre a esta parte y se convierte en una intensa maniobra de tratamiento de ruido como ya encontrábamos en algunos cortes de “Albidaya” y lo acerca a las interferencias de Metasplice, aunque la referencia más obvia siempre será Hieroglyphic Being y sus transmisiones surrealistas. Acompañado de Donatto Dozzy, uno de los productores más interesantes de los últimos años, se las arregla para encontrar un espacio agresivo pero con capacidad de inducción al trance más esquizofrénico acercándose a nombres como Ekoplekz, Frak o KPLR y muchos de los nombres que apuntábamos en “Americanica”, sellos como Trilogy Tapes, Opal Tapes, PAN, etc. La segunda pieza, “Tamrat Version”, se mueve a espasmos en un universo donde comparte vistas con Sculpture, Black Dice y Pete Swanson, en un viaje en el que productores electrónicos viajan a terrenos de libertad noise y la bohemia ruidosa y abrasiva necesita de una estructura más primitiva para no acabar vomitándose sobre sí misma. En esta pieza también participa Piero Bittolo Bon, otro de sus colaboradores habituales en Upperground Orchestra y también en las sesiones de grabación de “Albidaya”. Este grupo estable de músicos nos hace ver a Beaini desde la misma perspectiva que Moritz Von Oswald, Jan Jelinek o Vladislav Delay aplican a sus trios y cuarteto de improvisación respectivamente.

El segundo vinilo, está dedicado a poner banda sonora para una de las primeras obras cumbre de Dreyer (después de “La Passion de Jeanne d’Arc”) como fue la intrigante “Vampyr” de 1932. Las piezas repetitivas y originadas desde los sonidos de sintetizadores modulares sirven de perfecto horizonte sonoro a las imágenes de Dreyer, aunque tal vez tengan que pasar a cámara rápida para adecuarse al tempo saturado y frenético. Estos sonidos analógicos tal vez busquen mejor acomodo en el cine de ciencia ficción e intriga realizado dos décadas después (al menos), pero estas maniobras de retomar cine clásico desde el espectro electrónico no es algo realmente novedoso, sino que se lo digan a todos los productores que han re-imaginado “Metropolis”. La primera parte del disco, comprende una larga improvisación que nos vuelve a traer a Ekoplekz a la mente, aunque en este caso sería más apropiado buscar un lugar entre M Geddes Gengras, Matt Carlson y como no, Keith Fullerton Whitman. Al final de esta primera parte, “Arrival”, el sonido tenso va desapareciendo y va desarrollando un mantra solemne con el sonido de órgano meciéndose en calma. “Shadows”, captura en su inicia la atmósfera siniestra del film de Dreyer y sigue aumentando el poder tóxico y saturado de las siluetas que danzan en las paredes de la peculiar mansión. El poder corrosivo y sin ninguna intención de mostrar interés por cualquier guiño melódico, captura perfectamente la atmósfera de Dreyer en esta película que huye del factor romántico de otras películas de vampiros. La tercera parte, y la más breve, se titula “Finale” y termina de asestar la puñalada y dejar que el sonido se entierre y desfallezca tras la sobredosis de veneno aplicada. Tal vez dentro de un año o dos, estaremos menos obsesionados por estos ataques analógicos y volveremos a enfocarnos hacia el patrón digital. Pero hasta que esto ocurra, dejemos que siga fluyendo toda esta maldad.

Fran Martínez



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