El vinilo: Autoengaño, tendencia y obsesión…

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“Tenerlo me hacía sentir un poco más mayor y ponerlo en el equipo de mis padres se convirtió en una cuidada ceremonia”. (Javi Bayo).

Tocarlo, con mimo, intentar no dejar las huellas y tratarlo evitando cualquier roce inesperado hasta llegar al giradiscos, a la rueda de acero. Observar la portada, palpar el material y comprobar su peso, leer las notas y visualizar los productores, escritores o compositores de cada corte del álbum. Poner la aguja sobre el surco y dos posibilidades: concentrarse, analizar, o relajarse, dejarse llevar.

“Más allá de la manipulación como dj en los platos, me gusta poder coger el disco, su peso, leer los créditos, el proceso de hacerlo sonar, desde que lo sacas de su funda hasta que le pones la aguja encima. Es un rito que le da una entidad al proceso. Y tan diferente como lo es enviar un email de enviar una carta. Se supone que son la misma cosa, pero el rito confiere al proceso un valor especial”. (DJ UVE).

Ningún formato es infinito, preparado para obviar cualquier temporalidad, pero eso es todavía teoría. No se puede decir que el vinilo haya tenido una popularidad constante y ni mucho menos esté en su mejor momento, pero posiblemente no contemplemos ningún otro vehículo que a pesar de su longevidad, haya provocado tanta pasión y protagonizado tantas fluctuaciones y mutaciones en cuanto a su concepción, consideración y naturaleza. De formato mayoritario y predominante durante buena parte del Siglo XX, a verse desbancado por el ligero y artificial CD o revalorizarse por puro contraste con un mercado musical ya totalmente cimentado en la oferta digital.

Es también, el vinilo, objeto de las más variadas opiniones y apreciaciones desde hace tiempo, núcleo de debate desde más o menos principios de la década pasada; fue el tiempo en el que no solo se empezó la transición a las virtudes digitales (en el entorno del DJ, el del usuario o el del aficionado), también se observó como, anecdóticamente, el producto, las copias de plástico, aumentaban ventas de manera constante hasta llegar al presente (dejando atrás, según comentan diversos estudios en teoría fidedignos, casi una década de ascenso ininterrumpido). ¿Cómo el formato más longevo hoy por hoy todavía en el mercado puede provocar tal surtido de opiniones y reacciones contrariadas? ¿Cómo puede estar muriendo mientras los datos se esfuerzan en decirnos que está viviendo una segunda juventud?

Complicado llegar a conclusiones de peso, que realmente puedan aportar algo de claridad ante este dilema. Para muchos, sencillamente no existe ningún problema: el vinilo siempre se ha vendido y ha sido un reclamo, con sus altas y bajas, está condenado por su antigüedad a verse adentrado en tendencias y corrientes que optan por el culto a lo vintage y es la mejor manera concebible hoy por hoy de mostrar, presentar un producto en plenitud de condiciones. Otros tantos piensan que la subida de ventas y re-apreciación popular del vinilo no es más que un autoengaño, una manera de alentar a los consumidores de un mercado escaso pero, en efecto, creciente. Sectores optan por el optimismo, otros por el pesimismo más literal: el vinilo solo está dando sus últimos coletazos (enérgicos, todo sea dicho) antes de desaparecer completamente.

“La subida de ventas del vinilo me parece una anécdota, como te he dicho antes, hoy en día el dinero de la gran industria musical se encuentra en el mercado digital… Sí, ha habido una pequeña subida de ventas del vinilo, pero creo que no es nada realmente trascendental. Puede ser una moda, o algo que se quede, lo más importante es que el comprador de discos de vinilo siempre comprará discos de vinilo, porque sabe lo que quiere y aprecia este producto, y este segmento de mercado, aunque sea pequeño, nunca morirá”. (Domestica Records).

Hoy en día, con la globalización totalmente instaurada en casi todos los sentidos, el capitalismo ondeando todavía sonriente, existen segmentos de mercado condenados a la muerte clínica, por explicarlo de alguna manera. Los avances tecnológicos y comodidades de nuestro presente pocas veces acaban aniquilando productos o exterminando a sus consumidores, ahogan hasta un punto límite a esos sectores o disciplinas hasta dejarlos en un punto vegetativo, en el que es imposible resurgir pero siguen quedando puristas, fanáticos y románticos que nunca los abandonarán. Pasa con el VHS, pasa con el casete, pasa con el mobiliario antiguo y pasa con los cromos de fútbol de Panini. En ese estado tan particular, en el que un producto se convierte en escaso, según David Puente, éste gana automáticamente en relevancia:

“El vinilo es un producto que, como muchos otros, ha perdido presencia pero ha ganado en status. En un mundo de opulencia como el nuestro, hasta ahora por lo menos, lo escaso siempre ganará en relevancia. Es de perogrullo. No es que sea una buena orientación. Es que es un proceso natural”. (David Puente).

“Curiosamente, creo que con la generalización del mp3 los “verdaderos aficionados”, aquellos que buscaban distinguirse de “los otros”, se lanzaron al vinilo, incluso los que llevaban años coleccionando CD”. (Joan Cabot).

Esta cuestión provoca que adentremos en este análisis la palabra “exclusividad”. Es un término que indica distinción, se remite a algo exclusivo y que en teoría, es disfrutado por un número mínimo de personas. En la actualidad es una palabra más que necesaria: vivimos una época en la que a pesar de gemir como un ganado anestesiado, todos buscamos diversos nichos de exclusividad, vernos a nosotros mismos aceptados por grupos con los que compartimos aficiones o acciones en común y a su vez, reafirmarnos todo lo posible de la mayoría. Las tendencias han engullido mucha de la autenticidad y humanidad que atesorábamos y nos han convertido en esclavos. Hay tantas y su cotización varía tanto y tan deprisa, que ya es imposible delimitar qué no es en realidad una moda. Es muy posible que cualquier cosa que hagamos en nuestro día a día, ya no sean hábitos, sino modas.

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“Comprar discos, en el formato que sea, se ha convertido en un “next level”. (Joan Cabot).

En segundo lugar, el fenómeno “hipster” entendido como el del consumidor compulsivo de tendencias. No tanto por el aficionado sino por los medios que se hacen eco de que comprar vinilo es una de las cosas que hay que hacer para ser “cool”, como llevar Wayfarer o Vans, tener una bici de piñón fijo o desayunar muffins. Las tendencias, como los “commodities”, suben y bajan. (Nacho Trisat).

“Creo que fetichismo y música van ligados. Si lo piensas bien, la música es algo intangible, no depende de ningún soporte, es aire. Pero la cultura rock está ligada al objeto, ese misticismo está en su ADN y todavía permanece vivo en cualquier campo de la cultura contemporánea, o en casi todos. Creo que siempre ha habido un elemento de autoafirmación en el hecho de “escuchar música”, una reafirmación de la individualidad, separándonos del resto de los pobres mortales. En ese sentido los objetos, la memorabilia, etc, son trofeos, medallas que nos colgamos a nosotros mismos, asumiendo que si tienes todos los singles de Sarah Records eres “más fan” que otro aficionado al sello que sólo haya tenido acceso a esas canciones a través del mp3. Es un poco estúpido, pero es así”. (Joan Cabot).

“Puede ser que el vinilo se explote como objeto de deseo por el mercado, pero ¿realmente se valora la música que contiene? No me interesa para nada comprar discos como objeto de deseo por su rareza o su edición limitadísima o especial. Lo que me interesa es la música y mientras que las discográficas centren sus esfuerzos en explotar el vinilo como objeto de deseo por su exclusividad y no por la música que contiene… algo está fallando”. (Miguel Ángel Sutil).

Queremos ser exclusivos en la medida que podamos, por sintetizar, y cada uno a nuestra manera, ya va implícito en el nuevo ser humano; todos tenemos un sitio en casa reservado para el vinilo de Bob Dylan que tanto nos gusta, un momento en la cabeza en el que enseñamos a nuestros amigos nuestro box set de Ash Ra Tempel y una decisión en la que decimos: “Este me lo compro, vale la pena, este lo quiero en vinilo. Además, me encanta la portada”. Ya concretando y dejándonos de generalizaciones, el mercado musical ha sabido (quizá de manera improvisada y sin buscarlo realmente) incentivar el consumo del vinilo hacia esa dirección, la que acabe considerándolo como un “next level”. Joan Cabot se refiere al acto de comprar música, no concretamente vinilos, pero yo utilizaré esa teoría para evidenciar hasta dónde nos consume la exclusividad: ahora que todo el mundo descarga música “ilegalmente” y lo mayoritario es no gastar un duro en música, el consumidor (coleccionista, a voluntad, o por los dictámenes de la moda) despunta como algo casi único, una raza que gana en exclusividad.

“Creo que el formato LP ha perdido vigencia hoy en día, que la mayoría de oyentes de música jóvenes escuchan música en modo shuffle o lista de reproducción y eso condiciona la apreciación de la obra de forma considerable. También creo que la posibilidad de acceder a todo tipo de estilos y artistas ha hecho que los más inquietos manejen un léxico musical increíblemente rico y también disperso”. (Joan Cabot).

“¿Por qué te vas a gastar el dinero en algo que puede que no te guste? No está mal fiarse de referencias ajenas, que en mi caso han hecho que en varias ocasiones me haya comprado discos que son una mierda de proporciones bíblicas, pero por otro lado haberlo escuchado antes contribuye a que el aficionado esté más informado y motivado antes de efectuar la compra”. (Nacho Trisat).

“El problema básico, que tiene mucho que ver con las innovaciones tecnológicas que permiten la descarga e intercambio de contenidos, es que ha habido un cambio de paradigma en la relación del oyente con la música. Si con la invención del fonógrafo el oyente ya no necesitaba al músico para disfrutar de la música, ahora el oyente ya ni necesita siquiera el soporte. Spotify, Grooveshark, Bandcamp, Soundcloud o Itunes, son herramientas que permiten acceder a millones de canciones de forma gratuita o con un coste muy bajo y además sin necesitar gastarte un dinero extra en un costoso equipo de sonido”. (Nacho Trisat).

En los párrafos anteriores, el fundador de la tienda Commercial Records (condenada a cerrar en 2012) en Madrid observa puntos clave en toda esta historia del “cambio de concepción a la hora de comprar un vinilo”: antes, hace décadas, era una necesidad, hace 15 años comenzaba a ser un movimiento cada vez menos recomendable (de puertas para afuera) y hoy en día es un acto que nos aporta exclusividad, nos hace entrar en contacto con una dimensión pasada y casi otorgarnos un extraño estado reconfortante (como el que efectúa un acto solidario). Hoy en día si compras un álbum, debes hacerlo con seguridad, ya que el presupuesto destinado al menester suele ser mínimo o nada; las herramientas digitales nos facilitan esa tarea, ofreciéndonos la posibilidad de valorar y degustar antes un producto, saber si nos convence o no antes de dar “el gran paso”. Por así decirlo, hemos perdido en riesgo, aventura (por supuesto algunos la encuentran todavía en los mercados de segunda mano), pero hemos ganado en variedad de opciones y oportunidades para dar a nuestro gusto musical un perfilado realmente conseguido.

“La solución no es fácil, implica comenzar a recibir menos pagando un precio mayor. Gastarnos 20 euros en un sólo disco en lugar de disfrutar de mucha música gratis obtenida por métodos dudosos en la red, pagar un precio justo por una camisa de calidad hecha localmente por una marca pequeña en lugar de renovar totalmente el vestuario por el mismo dinero a base de prendas procedentes de países donde no existen los derechos laborales ni se cuida el medio ambiente, apoyar al pequeño promotor de conciertos que se arriesga a trabajar con bandas muy buenas pero poco conocidas y dejar de asumir que toda la cultura debe ser gratis y estar llena de logos, etc”. (Javi Bayo).

Antes de abordar la proliferación, extensión y ya completo asentamiento del formato digital, y siguiendo el hilo de cómo el vinilo es ahora aquel nicho reservado a los “verdaderos amantes de la música”, o se ha convertido en “la decisión más potente de cualquier fan, la de comprar el disco en ese formato físico”, es momento de contemplar la también constante subida de precios del mismo. ¿Si hay formatos que ofrecen más ligereza, rapidez y comodidad, y encima, son gratis o a menudo mucho más baratos que el vinilo, por qué éste está subiendo su precio, en vez de igualarse o abaratarse? Parece una pregunta obvia, pero no lo es para todo el mundo. Tenemos la cada vez mayor concentración de este mercado, la mencionada escasez pero persistente consumo por parte del usuario que ha dado a las empresas o sellos la oportunidad de seguir vendiendo vinilos en tiradas casi siempre “limitadas”. La crisis en términos generales y la tendencia creciente de considerar al vinilo como algo “exclusivo” han hecho apreciar a las marcas, sellos o prescriptores, la oportunidad de incrementar su margen de beneficio. ¿O no?

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“No se puede estar mucho tiempo vendiendo ediciones del lujo y limitadas en formato vinilo a 8 euros la pieza, esto no lo aguanta nadie: mastering, diseño, producción, promoción, distribución, etc, etc… Creo que nadie come del aire”. (Domestica Records).

Lo que hacen falta son discos guapos a un precio válido de mercado. A partir de los 20€, yo ya me rallo. Si un disco cuesta 35€, un chaval normal sólo se lo compra para enmarcarlo, no pensando en acabar teniendo cientos y disfrutar poniendo uno tras otro”. (DJ UVE).

Arriba contemplamos dos opiniones plenamente razonables y lógicas, pero enfrentadas. Mientras un gestor de un sello, el que tan solo por pasión y convicción sigue editando mensualmente, piensa que no se puede ofrecer un producto de gran cuidado y resultado por un precio rentable (al menos durante mucho tiempo), el DJ, coleccionista y amante, con sus gastos, facturas, necesidades exactamente iguales a las del editor, piensa que es normal que la percepción haya cambiado, debido al precio considerablemente alto de algunas piezas. Ambos luchan, ambos creen, pero el propio vinilo los hace converger, separarse virtualmente: hoy en día cada vez quedan menos establecimientos donde preparar y prensar un vinilo, hecho que hace encarecer los precios de coste y a su vez hace imposible que las tiendas puedan ni siquiera pensar en hacer algo distinto a no arruinarse pidiendo por adelantado un stock determinado. Un chico que comienza a trabajar (o encuentra trabajo), quiere emanciparse o cubrir sus necesidades básicas, no destina ni un 5% de su dinero a comprar vinilos. Y si lo hace, compra claramente menos que antes.

“En cuanto a las reediciones en cajas, con temas extra, con pegatinas, los bordes cosidos, un mensaje personal del artista y un beso de su madre en una servilleta… en fin, regalos para navidad o el día de la madre, poco más” (DJ UVE).

“Yo creo que si la publicación de vinilo a un precio asequible ya no es posible, entonces sí que el vinilo ha muerto porque no hay diferencia entre un disco y una figurita de acción de MF Doom”. (DJ UVE).

“Creo que los precios no se han incrementado demasiado en los últimos 10 años, lo de las ediciones limitadas es una forma atractiva de decir que tengo que hacer pocas copias porque no se venden más”. (Chelis).

“Ahora todos los lanzamientos en vinilo son limitados aunque no se anuncien como tal. Un prensaje de 1.000 copias es ya lo normal, pero hay referencias que se quedan en 500 o incluso menos. Estamos hablando de cifras de distribución inferiores a las ventas de maquetas de muchas bandas hace 20 años”. (Javi Bayo).

Cantidades “limitadas”, prensado de 250 copias, white labels limitados a 100 copias y que no se re-prensarán en un futuro próximo, pre-order adquiriendo el formato digital gratis, bundles o packs completos con todos los formatos, reediciones en vinilo de 180 gramos, color verde translúcido y un póster de regalo, firmado por el autor. A todos nos suena. El vendedor, en muchas ocasiones el mismo autor o creador mediante la auto-distribución, se ha acercado tanto a sus  potenciales consumidores, que ha perdido de vista el producto en sí; queremos nuestra música prensada en vinilo, pero eso implica un esfuerzo considerable debido a los mencionados costes y poco margen de mercado, pero aún así lo hacemos, para seguir alimentando y fomentando la exclusividad y escondiendo el formato bajo un millón de complementos que no hacen más que desvirtuarlo. Al final, unos consumidores pensarán que 25 euros era demasiado para aquella caja o retrospectiva, otros se irán del todo contentos a casa a ponerle un marco y no abrirla nunca, y el vendedor pensará en cómo la próxima vez, podría llegar tan solo a cubrir los gastos.

“La actual crisis puede tener una lectura positiva respecto a este tema en particular: los sellos tienen ahora que ser mucho más estrictos con las cosas que sacan, los proyectos sin calidad lo deberían tener más difícil para salir en vinilo. Si esto es así y los proyectos discográficos nacen desde la honestidad y el amor por la música, se podrá fidelizar a ese reducido nicho de consumidores que siguen apreciando las cosas bien hechas y son conscientes de la importancia de los detalles. No hay más que ver lo bien que le va a gente como Numero Group, un ejemplo de lo que debe ser un sello de reediciones y recuperación musical”. (Javi Bayo).

Poco a poco se debe fidelizar a tu pequeño grupo de consumidores, coleccionistas o aficionados pasajeros, cuidando el proyecto y el producto más que nunca, subiendo el precio del título casi por obligación y lógica. Si tenemos eso claro, ese camino, y luego pensamos la infinidad de sellos y etiquetas que han surgido en los últimos años dedicadas a esta disciplina, concretamente la de la reedición o recopilación, a simple vista no entenderemos por qué están cerrando tantísimas tiendas de discos. Si hay tanta oferta, tan especializada, minuciosa, y realmente hay mercado y demanda para cubrirla, esos establecimientos deberían estar abiertos. El problema es que todos pierden, salvo el consumidor, que para no perder, limita su hábito a unos mínimos. Perdemos pero seguimos accediendo, por romanticismo. Por amor, básicamente.

Acercándonos tímidamente a la realidad y por fin visualizando una tendencia sólida, observamos que las ventas del vinilo han crecido, pero ni mucho menos para mantener un establecimiento o beneficiarse económicamente con un pequeño sello discográfico. Han crecido virtualmente y el vinilo ha exagerado su “valor” teórico convirtiéndose casi en un artículo de lujo, pero la cantidad de ventas se ha movido a niveles irrisorios, a porcentajes muy bajos como para pensar que el ferrocarril vuelve a funcionar. Esa es la verdad. Pero, además de este factor, cuál ha sido el principal causante de que las tiendas físicas hoy en día sean comprendidas como un objeto anticuado, mecas, santuarios a las que peregrinar o casi una resistencia que se niega a admitir esa realidad? Internet, la comodidad del comercio sin levantarse del sillón, la simulación de la comunicación real con otros iguales y el ahorro en muchas ocasiones han hecho a la gran mayoría no solo olvidarse de las tiendas de discos, les ha hecho pensar que desplazarse directamente “ya no merece la pena”. Y es que cualquier tienda física, en este momento, es susceptible de verse obligada a cerrar.

“En el hipotético y poco probable caso de que volviera a abrir un negocio de éste tipo, quizás hiciera lo que están haciendo mis amigos de Holy Cuervo en Madrid: la venta de discos es solo una parte de su negocio, que incluye venta de ropa y complementos, promoción de conciertos, sello discográfico y estudio de grabación. Ahí es donde creo que radica el futuro de las tiendas de discos, convertirlas en espacios multidisciplinares o multi-actividad”. (Nacho Trisat).

“Algún amigo me ha confesado que estaba tentado a poner una tienda de discos… yo creo que hoy en día es casi un acto de heroicidad!! puede ser válido para dar rienda suelta a una pasión, pero como negocio… La obra musical ha dejado de percibirse como algo valioso desde el momento en que enciendes el ordenador y las vías, legales o no, éticas o no, de llegar a la música son casi infinitas. Una pena”. (Javi Bayo).

“El otro día en Discos Paradiso un  asiduo de la tienda dijo que si alguna vez se las veían canutas por falta de dinero que él pondría pasta para que no cerrase: “¿Dónde caigo muerto si “chapan” estos algún día?, me dijo. A lo que otro que estaba presente en la conversación comentó: “Yo a veces bajo a la calle para que me de el aire y sin saber cómo acabo caminando en dirección a la tienda”. (David Puente).

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El comercio virtual, y aunque se levanta encima de los mismos problemas, es el único en el que se vislumbra algo de futuro; tiendas o portales como Juno o Boomkat que en realidad son grandes almacenes de stock y que en casi todos los casos, no tienen una puerta pública abierta a los compradores, han optado por deshacerse de la parte social, real, clásica de la compra de discos. El no tener que pagar un gran alquiler (con todo lo que ello conlleva) y olvidarse del consumidor que gusta de la experiencia de la antigua “tienda de discos”, les ayuda a dedicar mucho más esfuerzo y recursos al engrasado y funcionamiento de su servicio digital y a configurar unos precios muy competitivos. En cualquier caso, todavía existen tiendas que saben funcionar de ambas maneras, manteniendo su establecimiento y sacando partido a las ventas por Internet; Hard Wax, Rush Hour, Amoeba o Sounds Of The Universe son algunos ejemplos, que tampoco se pueden tomar como válidos, ya que a estos santuarios les avalan décadas de experiencia y reputación. Y más importante: son casos casi únicos en un universo plagado de tiendas cerradas y proyectos de toda una vida condenados a desaparecer.

Antes, hace 15 años, por ejemplo, la tienda de vinilos actuaba no solo como faro orientador para muchos de los compradores o aficionados de una misma zona o territorio, se perfilaba como un “elemento social” o escenario en el que todas las partes de un mismo ecosistema podían interactuar entre sí, formando o dinamitando lazos de amistad y colaboración. Un sitio al que peregrinar de manera periódica y en el que podías encontrarte y compartir la experiencia de comprar o descubrir música con iguales, individuos con la misma pasión en su código genético que a menudo acababan ilustrándose y apoyándose unos a otros. Además, aquellos individuos, aquel joven con hambre de música que hemos sido cada uno de nosotros y que cada semana entraba por la puerta de su tienda favorita para “aprender”, no solo ganaba en relaciones, experiencia y auto-realización por medio de la adquisición de una obra, ganaba en sabiduría, en conocimiento. Y lo más importante de esto último es que ese conocimiento, quedaba para siempre impreso en nuestra base de datos.

“Estoy algo cansado de los brindis porque las ventas de vinilo están subiendo. Sí, suben, pero no lo suficiente para cubrir la pérdida de ventas en general de la industria del disco (una industria que también incluye a los sellos pequeños). Como he dicho, creo que el público en general no compra música, ni en CD ni en vinilo ni en digital. Así de simple. Además, publicar un vinilo es muchísimo más caro que publicar un CD. Siempre habrá un mercado para el acetato, pero dudo que vaya a hacer rico a nadie. En cuanto a las tiendas, el margen de beneficio es tan ridículo que, a día de hoy, me parece un suicidio montar una tienda y más si tienes que competir contra las tiendas virtuales. Los “enterados” son como los yonkis: por mucho que seas el valiente majo que se ha montado una tienda para ellos, si encuentran la misma merca más barata en otro sitio”… (Joan Cabot).

“Lo peor de que cierren las tiendas es que desaparece un foro en el que intercambiar opiniones cara a cara con otros seres humanos con los que compartes aficiones y que crean lazos y amistades para toda la vida. No hay nada más bonito que comprar música y si es manchándote los dedos, más”. (Chelis).

“El problema será cuando no haya tiendas de discos físicas, dónde iremos a conocer gente, a descubrir música, a hacer una cervecita y un cigarro y compartir un momento de placer”. (Discos Paradiso).

“Cuando se trata de novedades, ahora tengo que recurrir a la compra on-line ya que apenas quedan tiendas físicas en Madrid y las pocas que hay no siempre tienen el material que busco. Esto, de nuevo, supone un cambio en la propia experiencia de la compra de discos. Antes iba a una tienda, AMA records por ejemplo, y encontraba allí mucho más que el producto que compraba. Se convertía en un punto de encuentro con gente afín, un lugar donde podía seguir las recomendaciones de Chema, su dueño, a través de las que podía descubrir música interesante a la que previamente no había prestado atención, un espacio para estar en contacto con lo que sucedía en torno a la “escena”, etc”. (Javi Bayo).

“Que en una ciudad de seis millones de habitantes como es Madrid las tiendas de discos se puedan contar con los dedos de la mano no es ya una fatalidad, sino un desastre. Pero ya no solo porque no se puedan comprar las ultimas novedades o las reediciones de turno, sino porque no quedan escaparates para exponer la música que se está haciendo aquí. Hay decenas de bandas y artistas en este país que pueden mirar cara a cara sin sonrojarse a artistas internacionales y a los que sin embargo se les agotan los sitios donde vender físicamente sus discos”. (Nacho Trisat).

El comercio virtual es cómodo, naturalmente una de las mejores opciones en la actualidad, pero la experiencia que aporta es volátil, totalmente intrascendente si la comparamos con el antiguo hábito de visitar una tienda de discos. Este hecho es también un sinónimo de lo que ocurre con la fuente inagotable de información que es Internet y el día a día de un apasionado consumidor musical; la red es precisamente eso, una fuente infinita de información, datos (contrastados o no, reales o no), números y fotografías, pero en pocas ocasiones de “conocimiento”. Nos encontramos en este punto con la obligación de llevar el análisis hacia dos de las cuestiones más importantes: el cambio de paradigma a la hora de consumir música, la globalización del formato digital y la contraposición del digger purista y el digger contemporáneo, que basa sus mecanismos de búsqueda y alimentación fuera de las cubetas, y “aprende” sin moverse de su escritorio.

Hace unos cuantos años, antes de Internet, ¿quién no tenía casetes grabadas porque no se podía comprar el disco? Esto es exactamente lo mismo, pero a gran escala. El problema de Internet es que como tengas un apetito voraz te acabas descargando más de lo puedes humanamente escuchar. Los franceses distinguen entre “gourmand” y “gourmet” a la hora de comer. Con la música pasa igual: puedes consumir ingentes cantidades de música maravillosa (que la hay) o tratar de paladear cada disco de una forma pausada. Aunque por experiencia propia he de decir que en la música para ser “gourmet” tienes que ser también un poco “gourmand”. (Nacho Trisat).

“Lo que si puedo afirmar con rotundidad es que desde que compro menos vinilos ha crecido una confusión muy burra en cuanto a qué música manejo y cual recuerdo y en qué carpeta de mi mente guardo esto o lo otro. Es como si hubiera cedido parte de mi memoria a un disco duro externo que es internet. Debería pensar en venderme algunos para dar pasos a otros. De hecho creo que no compro porque en realidad en el fondo pienso que me los debería vender todos. Es increíble como el vinilo te enraíza en la tierra”. (David Puente).

“Creo que se tendría que revisar el precio medio de las descargas digitales, un euro por tema quizá es demasiado considerando que no hay fabricación, ni costes de distribución física, etc Me parece muy interesante la propuesta de Bandcamp, acercando la relación artista-público y beneficiándose mutuamente de la ausencia de intermediarios. Ésa sí que es una línea interesante de exploración de nuevos modelos de distribución musical aprovechando los avances tecnológicos”. (Javi Bayo).

Cualquier coleccionista, por experto o principiante que sea, sea cual sea la extensión de su colección, suele conocer todos los detalles y rincones de ésta. Es una constante que salvo algunas excepciones, se cumple en casi todos los casos. De un tiempo a esta parte en el que las herramientas digitales han menguado la experiencia de comprar música y han intervenido en el simple hecho de “coleccionar”, agrupar una serie de elementos (en este caso álbumes, discos, maxis, singles, etc) en una misma estantería o carpeta, la facilidad y comodidad de nuevo se han impuesto creando usuarios con una gran cantidad de música pero que han perdido totalmente el contacto con ese “objeto”, esa masa de archivos ordenados o sin ordenar. Es fácil en la actualidad, confundir coleccionismo con “almacenamiento”; si ya era complejo antes, diferenciar entre un selector inteligente y otro sin personalidad, ahora ambas naturalezas van casi de la mano.

Ya no hablo de que no es lo mismo la experiencia de enseñar un disco a alguien, hablar de él mientras se toca y se escucha en un tocadiscos, que la de buscarlo en una enorme base de datos y compartirlo con alguien en un formato de compresión que ya le ha restado toda su “realidad y autenticidad”, hablo de que el usuario delega en su colección más que intentar dinamizar con ella y conocerla de manera intensa, deja en sus manos la tarea del conocimiento mientras nosotros lo único que hacemos es indexar datos, como lo haría un navegador. Tenemos el disco de Mor Thiam, “Dini Safarrar”, sabemos que lo descargamos y que sigue ahí, lo encontraremos solo cuando lo necesitemos y sabiendo esto, para qué desperdiciar nuestro tiempo en aprender toda su fisonomía y secretos? Ese tiempo podemos utilizarlo en agrupar más santos griales y almacenarlos.


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