Nick Cave & The Bad Seeds “Push The Sky Away”

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Es difícil aparcar la devoción y la admiración de lado a la hora de valorar los discos de figuras tan emblemáticas como la de Nick Cave y sus Bad Seeds. Por lo tanto, esta reseña estará basada en criterios mucho más subjetivos que de lo normal. Mi atracción hacia la obra de Cave siempe ha sido un lugar donde volver contínuamente según mi estado de ánimo o buscando alguno en particular, teniendo un papel bastante importante en mis gustos musicales. Para justificar mi opinión con respecto a este album me gustaría hacer un repaso por las apreciaciones que la evolución de su obra ha ido transmitiéndome con el paso de los años hasta llegar hasta su decimoquinto trabajo de estudio. La primera etapa tras incinerar el cadáver de The Birthday Party, unida a sus adicciones, sus relaciones y los diferentes integrantes en The Bad Seeds es tensa, violenta y desarrolla un lenguage propio turbulento y apoyado por las sacudidas nerviosas de sus amcopañantes , traza una línea de ocho trabajos desde la sublime decadencia post- Birthday Party en “From Her To Eternity” (1984) hasta pasar por sus obras más incontestables desde “Your Funeral My Trial” (1986), “Tender Prey” (1988), “Henry’s Dream” (1992) y “Let Love In” (1994).

Tras este último, el discurso virulento de pura implosión emocional y la catarsis sangrienta se amanera hacia nuevos territorios mucho más deudores de terrenos de supersticiones, mitología y plegarias recuperando fantasmas tradicionales y las sagradas escrituras que ha ido aletargando su discurso musical hacia nuevos parámetros desde entonces hasta la actualidad. Particularmente, me siento mucho más identificado con la primera parte de su obra, de la voz angustiada , herida abierta curada y el dejar un reguero de sangre al arrastrarse por su demencia atormentada de deseo y pasión. Obviamente, no me olvido de “The Good Son” (1990) en la antigua secuencia incial de discos, un disco mucho más reposado y que en su lirismo se me antoja un punto de encuentro de “Push The Sky Away” con el pasado, de una manera mucho más evidente que con otros discos de la segunda etapa tras el 94. Aunque las diferencias a nivel sonoro, son evidentes debido en parte al cambio de miembros dentro de sus inagotables Bad Seeds. Sin Blixa (baja importante) y sin Mick Harvey (su mano derecha indiscutible) , la trayectoria de The Bad Seeds tiene un nombre por encima de todos, el grandísimo Warren Ellis (de los no menos enormes The Dirty Three). Con Ellis incorporado en la formación desde el último corte de “Let Love In” (la versión más espectral de la demoledora “Do You Love Me (pt.2)” y como miembro fijo desde “Murder Ballads” (1996). Desde entonces, su presencia fue ganando en relevancia y ese camino terminaba en “Dig Lazarus Dig” (2008), donde Harvey dejó de lado a la formación. Al mismo tiempo, Cave y Ellis idearon una nueva huida hacia la violencia con Sclavunos (Teenage Jesus & The Jerks, entre tantas otras presencias) y Martin P Casey (otro fijo inamovible desde 1991 tras la desaparición de los sensacionales The Triffids de David McComb) y retomando los elementos punk y blues primitivos de la obra de Cave.

A mi gusto, Grinderman parieron dos discos que no me llegaron a impactar del mismo modo que aún me provocan otros trabajos de su discografía y su disolución fue una noticia que, en cierto modo, agradecí. Con “Push The Sky Away” comprendemos, tal vez, un poco mejor los motivos de su existencia como un impulso de rescatar del pasado sensaciones mucho más primitivas y escapar del implacable paso de la edad en su piel. Esa reafirmación tal vez hubiera funcionado mejor con otro Bad Seeds de la época como era James Johnston (de los tremendos Gallon Drunk, cuya trilogía inicial sigue siendo intratable), pero eso ahora mismo no tiene demasiada importancia. Tampoco la ausencia de Mick Harvey en detrimento de Ellis (con el que Cave además ha firmado diferentes badas sonoras estos últimos años desde “The Proposition” (2006), pasando por “The Assassination of Jesse James by The Coward Robert Ford”, hasta el año pasado con “Lawless” de John Hillcoat , director con el que Cave remonta su amistad desde los días de “Ghosts of the Civil Dead” tras la primera aparición en “El Cielo Sobre Berlín” de Wim Wenders) debe ser motivo de tragedia y hay que observar con aprecio la cumbre que facturaron con “Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus” (2005), el trabajo donde confluían con naturalidad ambas visiones confiriéndole un aroma que unía facetas de Cave pasadas, presentes y de algún modo, futuras. Así, la nueva entrega de Nick Cave se encuentra rodeado de la formación más minimalista de The Bad Seeds a la que junto a Ellis, Sclavunos y Casey (los que también le acompañaeron en Grinderman) se le añaden dos de sus fieles acompañantes: Thomas Wydler (desde “Your Funeral My Trial” a su lado) y el pianista Conway Savage (entró en la misma etapa que Martin P. Casey).

Esta reducida y muy rodada versión de The Bad Seeds conduce a la perfección un disco mucho más mortecino pero en cierto modo, menos derrotista. Es curíoso observar como el paso del tiempo y sus marcas en personajes como Haneke (en “Amour”), Leos Carx (en “Holy Motors”) y en el último disco de Scott Walker (“Bish Bosch”) está tan presente en la actualidad. Supongo que se podrían hacer muchas lecturas alrededor del paso de la edad y de la cambiante percepción que vamos teniendo de la vejez con el paso del tiempo. Esa aceptación conduce a Nick Cave a un disco fantasmagórico pero romántico, apagado pero palpitante. Donde “Dig Lazarus Dig” se quedaba en un entuerto demasiado deudor de la encrucijada en la que se encontraba Cave entre la salida de Harvey y la futura desaparición de Grinderman, esta nueva etapa sin tanta interferencia se asienta en un sensacional disco, cuya emoción se extiende en cada escucha casi funcionando de una manera circular y atrapandote en su maraña minimalista facturada por los loops de Ellis y el acompañamiento sutil de los instrumentos para acompañar el discurso lírico de Cave en cada momento.

Si bien, adoro todos sus excesos de la primera etapa como explicaba, esta capacidad de síntesis y restricción encuentra definitivamente el poso necesario para hacer brillar esta nueva obra de Nick Cave como única e incomparable de algún modo. Aunque en su nuevo traje resuenan ecos clásicos y también referentes mucho más actuales en una curiosa espiral, como son los últimos Tindersticks o Bill Callahan. Es curiosa al ser Cave influencia marcada en la música de Staples y Callahan. Los avances de “We Know Who U R” y “Jubilee Street” me transmitían esas coordenadas, me asustaba un poco la pirueta , y me hacía temer un disco flojo. “Push The Sky Away” muestra similitudes cercanas a ellos, pero las entierra en una coherencia e inspiración que aleja esos temores y los entierra en las profundidades del oscuro bosque. La producción de Nick Launay sigue marcando el aire reposado y confiado tras compartir con Cave ya muchas sesiones (ya estuvo en las últimas de The Birthday Party y a su lado desde el flojo “Nocturama”) y traslada el habitual escenario londinense de sus últimas grabaciones hasta Francia, en unos estudios dentro de una mansión del siglo 19 llamada La Fabrique donde imagen y lírica encuentran escenario perfecto para Cave y sus secuaces. Por tanto, es momento de abrirnos a su contenido al igual que Cave abre unos grandes ventanales en la portada del disco, donde apenas se puede apreciar su sombra y aparece junto a su mujer.

El disco se abre con la calmada estampa de “We Know Whou U R” y una lacónica estampa apaciguada donde se envuelve de un entorno natural donde su voz serpentea en estado de gracia casi susurrando entre mínimos acompañamientos que ayudan a subrayar el lirismo de la farse “and we know there’s no need to forget…again” en una suerte de dueto sensual y fija su mirada en una suerte de jóvenes amantes con esa mirada de narrador experto que es la que prevalece en su relato, donde la instrumentación no se apodera de ese universo de imágenes y poesía, sino como una banda sonora para sus relatos lo ensalza de belleza , en este caso, y en otros los cubre de tensión, dudas e intrigas ocultas. Las canciones no parecen estar dominadas por el aire sobrecargado de “The Boatman’s Call” ni de “The Good Son” (aunque comparte cierto lirismo con esos personajes desde una lejanía propiciada por el paso de los años), las atmósferas fluyen en un remanso que te absorve en sus atmósferas en apenas cuarenta minutos de inmenso placer y estelar inspiración. Con “Wide And Lovely Eyes”, se vuelve a recostar en un lado romántico pero no tan sinuoso y parece retomar un aspecto cercano a Leonard Cohen y al gospel de alta mar con esos coros entre el minimalista bajo, crujidos repetitivos y los teclados bañando de armonía su relato en una composición de aparente sencillez y soberbio poso.

El pulso se agita con “Water’s Edge” ,con el bajo pulsando en primer plano y las punzadas de Ellis al violín desdoblándose en diferentes registros junto a una viola llamada wardruna, para acompañar esa estampa donde los jóvenes amantes esconden su amor y entierra su garganta en el tono más tenebroso de Cave donde repite “and you grow old, and you grow cold” y acaba bañándose en el lado más oculto del amor y la pasión con las percusiones aparecen para completar la tensión esporádicamente. Después de rodearse de esta tacada inicial, hace resplandecer el primer corte donde los elementos de banda se hacen más presentes con “Jubilee Street”, con un adormecido comienzo que me recuerda a la mejor época de Tindersticks (aunque siguen muy vivos), dejando que los vientos tomen un aire de pop barroco iluminador hasta devolvernos a esa acústica que le acompaña arriba de Jubilee Street siguiendo el impuslo de su romance , aunque “the problem was she had a little black book /and my name was written in every page” y le devuelve al final con añoranza de aquellos momentos pero obviamente, hay que reinventarse y vibrando exclama “look at me now”. Los coros acompañan en ua atmósfera que va impulándose como en las mejores estampas de Pulp o el “Curtains” de Staples & cia.

Tras esta primera parte sensacional, “Mermaids” baja de nuevo al tono placentero y entona una preciosa balada sin demasiada pompa y vuelve a retomar el libro de creencias aunque se lo toma desde un tono relajado donde igual cree en Dios, las sirenas, 72 vírgenes del paraíso aunque acaba rendido ante el rapto al ver la cara de su amada y acabar el idilio en el recuerdo que me trae la portada de “Ocean Songs” de The Dirty Three. “We Real Cool”, vuelve a ser intimidatoria y muestra que Cave para poderoso no necesita las capas de fuzz ridículas y nos entrega otra sensacional composición donde los elementos aparecen subrayando sus palabras tras un loop repetitivo de fondo al igual que en “Apocalypse” de Callahan y dejando los últimos discos de Mark Lanegan en papelillo de fumar al lado de la concentrada pasión de sus relatos, además de mostrarse capaz de entonar distintas inflexiones vocales desde la plenitud y con “Finishing Jubilee Street” prosigue con su narración desde un tono blues y en una suerte de spoken word donde habla de un sueño donde narra el coqueteo con la presencia femenina  de la joven Marie Standford. Con esa premisa, la música se desarrolla sensual y paciente como en un extraño rito de seducción y apareamiento, con la voz femenina apareciendo en los coros (“see that girl comin’ on down”) para completar el imaginario ideado por su imaginación y pluma, auqnue obviamente la historia se torna oscura y pesadillesca en su segunda parte.

La última piedra de toque que busca equivalencia con “Jubilee Street” es “Higgs Boson Blues” y cuando vi el título me recordó rápidamente al imaginario singular de Scott Walker en su último disco donde constelaciones hacían presencia entre extraños fenómenos científicos. Cave no es tan retorcido como Scott, pero la historia es bastante delirante y admite que siente especial interés en las posibilidades de encontrar cualquier información o entrada en google/wikipedia que no tenga que estar necesariamente contrastada y sentirse atraído por ella, ya sea verdad o no. En la misma entrevista admitía (supongo que con bastante sentido del humor hacia su parte más caótica de personaje) “me la jodí en las décadas de los setenta y ochenta”. La música sigue vibrando entre su tono más áspero y cercano al rock de “Dig Lazarus Dig” y haciendo que el fraseo de “Hanah Montana” rimado con “African Savannah” sea hilarante y creciendo en la composición en intensidad y su figura vampirizante en este viaje imaginario al proyecto del Bolsón de Higgs cerca de Ginebra, admitiendo que “you are the best i girl i’ve ever had/ can remember anything at all”.

El último waltz del disco, es una mortecina estampa gospel con el órgano bañando de dramatismo y recogimiento nocturno este maravilloso “Push The Sky Away”, donde parece hablarles tal vez a sus hijos para que sigan empujando ante todas las adversidades que se le presenten en su vida. Sin caer en la suposición familiar, su mirada desde la experiencia, el consejo sabio del que ha estado de vuelta de todo y en este caso, desde un lado plácido e inspirado me hace retomar este disco como uno de los mejores álbumes desde hace mucho tiempo y lo coloca de nuevo en un lugar de privilegio. Pese a admitir mis reticencias con su faceta menos áspera y contemplativa, la sencillez de este disco me ha maravillado. “…Again.”

Fran Martínez


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