FOCUS: Paradise Garage

De Larry Levan y del Paradise Garage se ha escrito mucho, y por supuesto se seguirá haciendo. Mucha tinta ha corrido y muchas voces sí autorizadas han hablado de una historia reciente, por así decirlo. Desde Mel Cheren, Albert Goldman, François Kevorkian, Danny Krivit y otros apasionados asistentes y amigos, hasta increíbles artículos en algunas publicaciones, mini-biografías en algunos buenos esfuerzos editoriales y mecas digitales como Deep House Page, DJ History y otras. Nadie puede obviar, a estas alturas y después de tanta energía, palabras y discos, su influencia y capital condición dentro del devenir de la música de baile y la cultura de Club. No seré yo quien consiga encontrar testimonios únicos, anécdotas no conocidas hasta ahora y detalles que se han pasado por alto, ya que nunca estuve allí para poder verlo y vivir de primera mano lo que allí ocurrió (por tanto sí, estás en lo cierto, en parte este artículo reavivará detalles, datos, testimonios y algo de historia que ya conoces). Todas y cada una de las personas que nos sentimos mínimamente sensibilizados con la grandeza del Paradise Garage acabamos pensando y poniendo sobre la mesa los mismos factores, a la hora de explicar convenientemente el por qué de aquel tamaño espiritual; Larry Levan sale siempre etiquetado como “el mejor DJ de todos los tiempos”, el guía espiritual de un Club que marcó una época y cómo hacer bien las cosas, el cóctel musical que allí se vivía es uno de los puntos fuertes y la frecuente “magia” establecida entre la cabina y los bailarines se da siempre por sentada, aún repito con ninguno de nosotros habiendo estado allí para presenciarla. Cuando uno se refiere entonces al Paradise Garage tan solo puede dar cosas por sentadas, aprendidas, leídas y asegurar firmemente que estamos ante el arquetipo de Club legendario y que lo que allí se vivía  no era comparable a nada y ni mucho menos se volverá a repetir. Siempre queda esa laguna, ese vacío, ese momento en el que no podemos seguir por la sencilla razón de no haber estado allí.

Por tanto y partiendo de esa premisa, un buen homenaje en el 20 aniversario de la muerte de Larry Levan, sería intentar descifrar a base de información y algo de organización, los puntos clave de la esencia, del aura de grandeza y circunstancias que llevaron al club a ser considerado como lo que hoy es, una especie de santuario. Sin ningún intento que pueda verse a lo lejos, sin descubrir nada nuevo a nadie. Hoy en día, todos los DJs del planeta aún reciben y conciben una actuación como un desafío, un momento en el que ponerse delante de una audiencia lleva consigo un punto de tensión, de presión y nerviosismo. Es más, aún se sabe y se puede intuir que muchos de ellos buscan una pequeña o alta comunicación con los asistentes, entablar una relación entre el oyente y el ejecutor, teniendo como intermediario únicamente a la música y la destreza de cada uno. Pero es verdad que dicha experiencia se ha ido atrofiando con los años, ha ido perdiendo su concepción original, iniciada en parte por David Mancuso, elevada por Nicky Siano y perfeccionada por gente como Larry Levan o Ron Hardy, posteriormente. En el caso de Levan, su obsesión y pasión por “intentar llevar al cielo” a los que pisaban el suelo del Garage, la intención de amar, de entrar en plena comunión, eran los factores que lo diferenciaron, en líneas generales. Si hacemos un visionado rápido de la actualidad, nos daremos cuenta fácilmente que esto, no es ya muy común.

Fiestas y eventos que son mini-festivales comprimidos, con showcases de sellos en los que grandes estrellan se pelean por actuar más de 45 minutos ante los que han venido a verlos, falta de sensibilidad con el contexto y un público poco entregado son hoy en día las líneas generales, la corriente principal. Hay excepciones, siguen habiendo bailarines que consiguen agujetas al día siguiente, consiguen alcanzar un estado parecido al orgasmo gracias a la música y las condiciones del entorno y sala, pero la mayoría estamos ya educados en la inmediatez, nuestra capacidad de atención es cada vez más corta y buscamos un éxtasis continuado y a corto plazo, tener una solución a nuestras ganas de pasarlo bien que llegue al momento, y se mantenga caliente toda la noche, sin altibajos a ser posible. Hemos perdido de vista el concepto de “temperatura”, la posibilidad de que un DJ pueda despertarnos emociones más complejas, pueda ser algo más que un artefacto de promoción rodeado por público insensible, al que muestra su impecable catálogo de novedades mezcladas también de manera impecable. Ya no estamos entregados a una fórmula que, antaño, despertaba otra vida y daba a los asistentes un nuevo motivo para ser felices. Por eso, el desafío todavía existe, pero es mucho más personal e interno, todo es más individual y el concepto de unidad se ha desintegrado casi prácticamente.

Ese tipo de degeneración ha sido progresiva, se ha desarrollado con el tiempo después de la exportación de las técnicas y herramientas desde Estados Unidos a Europa, principalmente al Reino Unido. El estallido rave tuvo mucho que ver aún con el Paradise Garage, si los equiparamos; las drogas estaban muy presentes, eran un vehículo más, la libertad musical estaba más circundada pero aún se notaba ánimo de exploración, el espíritu del bailarín comenzó a mutar desde un primigenio “deseo de bailar” a una contemporánea “búsqueda del éxtasis continuado”. A partir de ahí, de esos dos eslabones, todos podemos dar un plano panorámico de lo que ha ocurrido, cómo todo se ha convertido en un simple producto que nos arrastra ,sube y baja a su antojo, tal y como (dicen) podía hacer Larry Levan dentro de su iglesia. Si volvemos a hacer una suerte de barrido entre los recuerdos y memoria de muchos de los que sí estuvieron allí dentro o en sus inmediaciones, la pauta general es considerar al Garage “un paraíso terrenal”, una “puerta al cielo”, un templo en el que hasta la basura, era sagrada. Porque según lo amplios que nos pongamos, paraíso es sinónimo de cielo, o al menos podemos considerar ambas cosas quasi idénticas. Pero, cómo es posible trasladar allí a una persona, solo con la música? Todos lo damos por sentado que así ocurría, pero pocas veces nos lo planteamos con rigor.

Cuando Larry Levan comenzó su carrera como DJ, prácticamente su única herramienta eran los 7 pulgadas. A comienzos de los años 70 la tónica general era considerar al DJ como un selector o locutor de radio enlazando éxito, single de 3 minutos tras single de 3 minutos, el trabajo era limitado y el beneficio por supuesto también. Soul, Funk, Philly Sound, Rock, Pop, Disco Music primigenia, todo encapsulado, prensado y pensado para unas posibilidades muy básicas de reproducción y expansión. Por aquel entonces no existía el disco a 45 rpm, tampoco el 12″ maxi-single, tampoco se habían extendido las versiones Dub, los remixes, ni los edits, no se habían adaptado las posibilidades en cuanto a efectos y procesos de estudio al directo. Todo ese arsenal correría a cargo de una serie de mentes avanzadas que vieron el futuro muy claro; entre ellos Tom Moulton, Walter Gibbons, Steve D’Acquisto,  de nuevo Ron Hardy y por supuesto Larry Levan. La búsqueda de ampliar, mejorar la experiencia del baile dentro de la sala fue la probeta que desencadenó con lo que hoy conocemos como música de Club.

El principio marcado por muchos historiadores y presentes, a la hora de iniciar la cronología de esta narración, está ambientado en un apartamento de Nueva York en el que David Mancuso ofrecía su selección a algunos invitados seleccionados. Allí, en The Loft, encontraríamos el germen de lo que más tarde estallaría en el Garage: la vía de escape que se encontraba en aquellas congregaciones, la puerta hacia un mundo de unidad, igualdad, separado de las injusticias del mundo real, el racismo, la homofobia o los problemas del día a día. Aquel sentimiento, aquella sensación de “amor universal” proporcionada por un buen ambiente, LSD y una arriesgada y cuidada selección musical, se extendió hasta las primeras salas de fiesta parecidas a lo que hoy consideramos una sala de fiestas, tales como el Arthur, el Sanctuary o el Salvation, y más tarde a The Gallery. “Love Is The Message”, la música era el vehículo para llegar a una comunión generalizada, una segunda realidad que una vez probada, se convertía en una tímida adicción que convirtió aquella tendencia en una demanda.

Francis Grasso, Michael Cappello, el mencionado Steve D’Acquisto (Loose Joints), Vince Aletti, Mancuso, DJ Terry Noel y otros fueron los primeros exploradores de las verdaderas posibilidades de la unión y el baile, los primeros en componer una selección nada homogénea que más tarde desembocaría en la “escena Disco”. Este también es un punto interesante a tratar sin duda; en un principio, Mancuso tan solo se preocupaba de dar una narración a su viaje, conectar cada disco entre sí para que, aún siendo muy diferentes entre ellos, consiguieran algo de coherencia. Soul, Afrobeat, Rock, Funk, Latin, Jazz, R&B, cualquier cosa estaba invitada, al igual que cualquier raza o condición, las pocas restricciones en ese sentido chocaban de lleno con lo que ocurría fuera de aquel apartamento. Es anecdótico observar cómo con los años, la música Disco fue siendo considerada como una perfecta unión de todos aquellos estilos que Mancuso trasladaba a sus tocadiscos. Aquellos estilos, géneros, discos, tracks, favorecían la experiencia de sus invitados, quienes cada vez pedían más y más, necesitaban más y más.

“Por encima de todo, la música Disco fue impulsada y edificada por una idea subterránea de la unidad” (Vince Aletti). Mancuso abrió su apartamento de Broadway por primera vez en 1970, el día de San Valentín, lo llenó de globos y decoración, instaló un sistema de audio de fidelidad máxima, para fanáticos, y consiguió con el tiempo enterrar la sensación extendida de que la gente de clase media/baja no podía ir a la discoteca, no podía divertirse a la misma escala que la burguesía, que la gente con mucho poder adquisitivo. Aquel momento fue el primer paso, consciente o inconsciente, que dirigiría hacia la igualdad y unión de la que habla Aletti. Re-definió el concepto existente y extendido (las discotecas como algo flamboyante, solo para la jet-set, un sitio condenado a la hipocresía), transformándolo en una celebración de la humanidad, algo que más tarde tendría su máxima expresión en el Paradise Garage. Todo favorecido por supuesto por el aumento en la libertad y conciencia del pueblo afroamericano, la unión de otras culturas como la latina y la ruptura de cadenas por parte de los homosexuales, a partir de la rebelión de Stonewall, en Septiembre de 1969.

Pobres, ricos, negros, latinos, gays, lesbianas y blancos buscaban bailar juntos, poder compartir el significado de la palabra amor por medio de la música. Aquella consecución fue tomada como inspiración por el joven asistente Nicky Siano, quien en 1971 abriría The Gallery, basándose en los mismos planos mentales y actitud que David Mancuso y trasladando la magia de The Loft a algo más grande y organizado. Contrató al ingeniero de sonido Alex Rosner y comenzó a engrandecer el vehículo, a ensanchar la fórmula que tanto placer y bienestar estaba proporcionando a la gente. Es en este momento de la historia, cuando aparecen es escena Larry Levan y Frankie Knuckles (Bronx), dos grandes amigos a los que Siano enseñó a apreciar la música y a cómo utilizarla de manera adecuada. Lawrence Philpot nació un 21 de Julio en Bedford Stuyvesant (Bed Stuy, Brooklyn), hijo de una madre modista llamada Minnie Levan que nunca llegó a casarse con su pareja. El joven Larry optó, como podemos intuir, por quedarse y decidirse por el apellido materno durante la que iba a ser una intensa pero corta vida.

Ambos maestros se conocieron en 1969 en Harlem, en una ball concretamente, siendo ese el comienzo de una profunda amistad y relación que traspasó los límites de la música, la noche o el amor. Eran prácticamente inseparable, hermanos espirituales que fueron progresivamente haciéndose más y más populares dentro del entorno primigenio de la escena Club en Nueva York, frecuentando The Planetarium, siendo asistentes fieles en The Loft, y más tarde reclutados como decoradores y ayudantes por Siano para su The Gallery. A partir de aquel momento, la historia es ya bastante conocida; ambos comenzaron a pinchar fascinados por la estética Mancuso, consiguiendo trabajos periódicos y en el caso de Knuckles, una residencia de seis meses en el Better Days. Levan por su parte comenzó su andadura encargándose de la iluminación para DJ Joseph Bonfiglio, el mismo que una noche sin razón alguna se ausentó de la cabina y provocó que Levan ocupara su lugar por decisión del gerente del Continental Baths. El joven Larry viajó rápidamente a su casa en Brooklyn, pidiendo prestados algunos discos a su amigo Ronnie Roberts, los que iba a utilizar durante tres días de trabajo tras los tocadiscos. Aquel club más tarde se convertiría en la casa de Knuckles hasta su posterior cierre, acontecimiento que favoreció su marcha a Chicago.

Un Levan con tan solo 19 años conoce en aquel momento a Richard Long, el diseñador de sonido que más tarde concebiría junto a Larry la imitada estructura e instrumental utilizado en el Garage. Comenzaron a salir y juntos popularizaron un local en el 452 de Broadway como The SoHo Place, para más tarde trasladarse al 143 de Reade St, donde ambos iniciarían su relación con Michael Brody, empresario y fundador del Garage. Conocido simplemente como el Reade St., aquel almacén de dos pisos desarrollado por Brody desde 1974 hasta su cierre en 1976 fue el perfecto prototipo y estado embrionario de lo que sería el Paradise, un sitio donde una multitud interracial donde predominaban los gays afroamericanos se reunían para bailar sin control, sin restricciones, bajo una visión muy amplia y abierta. Muchos bailarines incluso llegaban a bailar hasta la extenuación, desnudos y soportando el horroroso calor que allí se daba cita, provocado en parte por la fuerte afluencia y las condiciones. El siguiente paso en el desarrollo, debido una vez más a la demanda energética del público y la extensión de esta nueva forma de entender el baile, llevó a Brody a proponerse y plantearse trasladar el clima y ambiente del Reade St. a un sitio más grande, concretamente a un garaje situado en el 84 de la King Street, en el Oeste de aquel barrio tan monótono por aquel entonces, el SoHo.

Brody era un clubber incansable como pocos, y si ahora lo valoramos, tuvo que verlo muy claro desde un principio para arriesgarse a maximizar aquella fórmula implantada en un almacén para carne refrigerada y hacerlo teniendo como eje a Larry Levan. Digamos que abrir el Paradise Garage fue en principio una corazonada como cualquier otra que se puedan dar en los proyectos o negocios, una clara visión que un club a gran escala alrededor de aquel DJ podía funcionar. Brody recogió una suma de más de 100.000 dólares de su familia y amigos, y otra de 30.000 apoyada directamente por Mel Cheren, ejecutivo discográfico y fundador de West End, además de ex-pareja de Brody, específicamente para los gastos de sonido  del aparcamiento. Aún así, pronto se dieron cuenta que el desarrollo y equipamiento, el moldeado del club, debería ser progresivo; de hecho, los primeros pasos del Garage fueron con varias partes “under construction”, siguiendo con la actividad diaria como aparcamiento y con el objetivo de ir ampliando el espacio del club a medida que estas estuvieran listas. Fue a mediados de 1977 cuando el Garage fue abierto por primera vez, encontrándose los asistentes con un sitio en plena edificación, un hogar todavía algo frío, un diamante en bruto aún por pulir que ya contaba con el germen de un DJ excepcional y único, además de un equipo de sonido y acondicionamiento igual de legendarios.

A partir de aquí, voy a reducir el enfoque histórico de este artículo, ya que como he comentado esto no será una biografía, no será en su totalidad una sucesión de datos, anécdotas y escenas ya asimiladas. Más que eso, este homenaje brindado a la figura de Larry Levan y su santuario, llega con la tarea de servir de comparación con nuestra realidad actual en cuanto a la vida nocturna, escena de Club y tradición del DJ se refiere, intentará únicamente centrarse en los puntos clave que aún hoy hacen que el Paradise Garage se distinga de entre todas las salas que hayan existido, simplemente busca plantear los factores que lo convirtieron en algo inmortal. No haré una playlist de éxitos o armas secretas de Levan, no contaré la historia de aquel día que se reprodujo durante una hora entera el “Music Is The Answer” de Colonel Abrams, aunque estas dos iniciativas sean totalmente necesarias para ilustrar lo que ocurría allí dentro. Vamos a intentar ir un poco más allá y comparar aquella divinidad con lo que hoy nos falta, retratar el vacío que provocó en Nueva York y en sus miembros cuando cerró sus puertas, vamos a centrarnos en su magia, única y exclusivamente.

“Era como ir a la iglesia” (Joe Claussell)

Definitoria frase la de uno de los miembros fundadores del Body & Soul, uno de los sitios que mejor ilustraron la huella del Garage después de su cierre. Muchos coinciden además en catalogar aquella obra de arte como un auténtico templo donde cualquier cosa estaba impregnada de una magia especial. Bailarines y antiguos miembros describen la sensación de bajar aquella famosa rampa como una puerta al paraíso, se refieren a aquellos momentos como los preliminares de “andar, descender hacia el cielo, hacia el paraíso”. Hoy en día no existe ni existirá nada igual, y sobre todo nada conseguirá provocar ese recuerdo unánime en prácticamente la mayoría de bailarines que pasaron por aquella experiencia vital. La emoción de transitar hacia un lugar único en su momento y en la historia, los nervios en la entrada, la visión de aquello como un enlace con los sobrenatural es algo extendido entre casi todos los que hablan del Garage.

Allí dentro, ya con el club en pleno funcionamiento, habían vestuarios, barras en las que no se servía alcohol, zonas de relajación o chill-out y una pista de baile colosal para la época. Aún así, el Garage infundía un respeto sin igual en cualquiera que lo pisara, ya que con los años fue adquiriendo una condición casi eclesiástica, favorecido por el ascenso de la crueldad y criminalidad en las calles, favorecido por el clima de desasosiego, incomodidad, inseguridad e injusticia que se vivía en un Nueva York cada vez más agresivo, un lugar en el que comías o te comían, el epicentro de la explosión capitalista. El Garage era para sus asistentes un oasis donde la educación, la comodidad y la amabilidad predominaban, donde el sentimiento unificador era la libertad, algo completamente opuesto a lo que pasaba en la superficie. Aquel inmenso contraste, fue una de las claves para que la máxima expresión de fraternidad hecha club, se recuerde hoy en día como una especie de iglesia, un momento semanal en el que cada uno se reserva sus mejores galas y pensamientos, un día para el que cualquiera reserva su mejor ánimo y disponibilidad para encontrarse con Dios y olvidarse de todo lo demás.

Y no era algo tan solo individual, ni mucho menos; aquella sensación era común y prácticamente extendida a través de una gran comunidad o familia, chicos, chicas, gays, lesbianas, negros, latinos, blancos que compartían un sentimiento que los convertía en algo parecido a una unidad. Sí, se drogaban. Sí, había máximo desenfreno. Sí, se alcanzaban en ocasiones las 24 horas de apertura y fiesta, pero principalmente se iba al Garage a dejarse llevar por una atmósfera libre de toxicidades o superficialidades y en las que había un único objetivo claro: bailar. Esforzarse cada vez más por entrar, sumergirse en aquel campo magnético, por ser partícipe de aquella magia. Todos daban su mejor perfil, todos se integraban en aquel conjunto que actuaba como hogar para ellos, como un paraíso debajo del cemento y la realidad.

El desastre inicial: primer paso hacia la grandeza

Después de muchos preparativos, pruebas y noches en las que como decía, el Garage estuvo siempre a medio hacer, Brody decidió que una vez entrado el año 1978, era el momento perfecto para inaugurar la sala en condiciones, con una fiesta por todo lo alto. Aquella noche pretendía ser grandiosa, con la jet-set de Manhattan circulando y testeando las cualidades del local, con lista de invitados muy extensa y todo bien calcula. Pero un problema con la llegada y el perfeccionismo de Larry Levan a acelerar los procesos de instalación desbarataron aquella cita, lo que provocó que el grueso de la lista de celebridades que se habían acercado a “estrenar” el local con su presencia enfurecieran y se marcharán (muchos de ellos, nunca volvieron, según Mel Cheren). La noche fue un completo fracaso y los pocos que quedaron después de la espera (que más tarde se convertiría en algo típico en Levan: no dejar a nadie entrar hasta que todo estuviera perfecto), aguantando temperaturas muy bajas en el exterior se dieron de bruces con un club enorme y casi desierto, en el que el sentimiento acogedor brillaba por su ausencia.

Aquel primer bache devolvió a Brody a la tierra, le hizo tocar suelo estrepitosamente y se dio cuenta de muchas cosas, de entre las cuales se encontraban un entendimiento de qué personalidad tenía a la cabeza del club (Levan) y la sensación de que las cosas se debían hacer un poco más despacio. Y aunque Brody nunca superó del todo aquel traspié con la clase alta aburguesada (siempre luchó por atraerla al club), ese acontecimiento dio al local una personalidad única, en la que nunca más existiría la “lista de invitados”. En ese preciso momento el Paradise Garage inició el camino para convertirse en una leyenda viva subterránea, un hogar para la igualdad y en el que en ningún momento entrarían aires de superioridad. Si aquello no hubiera ocurrido, posiblemente el Garage hubiera acelerado el proceso para convertirse en un nuevo Studio 54, atrayendo a una mayoría de público blanco y siendo una central más dentro del estallido de las discotecas en Estados Unidos, un local más sin actitud, personalidad, ni grandeza.  El éxito fue consiguiéndose progresiva y orgánicamente, concibiendo el local no como algo estático y arrastrando cada vez más gente que únicamente venía por la música y por la realización personal, no para jugar al juego de las tendencias ni para dejarse ver entre ricachones, modelos o actrices de cine. Una cadena de errores y circunstancias que desembocaron en un carácter único, que pusieron los primeros ladrillos de aquel faro que guiaba a través de la noche a los ciudadanos de clase media/baja.

Igualdad, la clave para crear una gran familia

Tal y como todos imaginaríamos el paraíso, así era el Garage. Nadie era pobre, ni rico, nadie era Diana Ross ni Eddie Murphy, nadie había perdido dinero apostando ni nadie había perdido el trabajo, nadie era negro y nadie era puertorriqueño. Para entendernos; todos los allí presentes eran tratados igual, no había nadie que consiguiera ni reclamara más protagonismo que otros, la mezcolanza era intrépida y amplia para la época y dentro no había roles, tu dinero no condicionaba, tampoco lo hacía tu color de piel o tu poder fuera de aquel aparcamiento. Eras una persona que había venido para bailar y confluir, relacionarse con un todo controlado por Larry Levan. Aquella pequeña partícula que nació en el apartamento de David Mancuso estaba desarrollándose como algo mucho más grande, adquiriendo la forma de pilar, columna vertebral a través de la que gravitaría toda la escena musical underground y cultura Dance de Nueva York. El concepto de unidad superaba cualquier ser allí presente, envolvía a todos y cada uno, mantenía a todos seguros, aislados de las restricciones, de cualquier activo maligno o virus exterior.

No era tan solo una sensación referida al espacio o lo conseguido por Levan, era una sensación provocada por el asentamiento de una comunidad de miembros, de devotos y clubbers que acabaron formando una grandísima familia. Aquel halo infectaba, se extendía también a cualquier famoso que frecuentara el Garage, quienes dejaban su rol y apariencia en la puerta, para fundirse con el espacio como uno más (entre ellos, Grace Jones, Mick Jagger, Mike Tyson, Calvin Klein o los mencionados Diana Ross y Eddie Murphy fueron los más famosos asiduos). Allí no habían trajes caros, había zapatillas, no había alcohol, había refrescos y frutas, no había entradas secundarias o zonas reservadas, todo aquello estaba reservado para otros locales más artificiales. En la famosa película/documental “Maestro”, se define al Paradise Garage como un “secret network”, una red interconectada que se reunía cada semana en un espacio de total libertad, donde se encaminaban hacia un universo paralelo juntos y, juntos, perdían la noción con cualquier tipo de superficialidad, cualquier cosa que no fuera la energía, la música o el amor.

Pero, como en todos lados, multitudes, conjuntos, y anteponiendo esto a un segundo lugar de importancia, había un público mayoritario: el gay afroamericano (un factor predominante que en muchas ocasiones señala directamente a los gustos personales de Brody, según datos conocidos). Pero para entrar en el Garage no había barreras raciales, otro punto clave que colaboró para crear aquel entorno tan arrollador y electrizante que se vivía en el club; era prácticamente el único local de Nueva York bien equipado y organizado que no ejercía el derecho de admisión como hoy universalmente lo conocemos, el Garage tenía sus propias reglas. Se convirtió en un retrato de la multiculturalidad de la ciudad, quizá el más sincero y puro de todos ellos. En principio, el Garage se abría únicamente los Sábados y dedicado exclusivamente a un público homosexual, aunque el ascenso de la popularidad, la llegada del público femenino y heterosexual, hizo establecer unas pequeñas restricciones iniciales para los nuevos miembros de la familia y acabó por abrir las puertas del Garage también los Viernes por la noche. Para obtener la identificación como miembro había que someterse a una entrevista que evitaría que simples curiosos se mezclaran con incondicionales, y gays ficticios se colaran en la fiesta de los Sábados. En este sentido, el club ejercitó un movimiento que lo convertiría aún más en una especie de parroquia subterránea, eliminando la “recomendación” y lista estricta de invitados o miembros que tradicionalmente extendió The Loft y ensanchando un poco más el círculo.

Nada de publicidad y nada de alcohol

Dos puntos fuertes (hoy, claramente, no sería así) del Paradise Garage, tenían que ver directamente con la identidad y principios del equipo. Como comentábamos en uno de los puntos anteriores, el Garage se benefició progresivamente de un batacazo inicial que provocó la eliminación de la lista de invitados y VIP, estableciendo una membresía igualitaria y formándose como una comunidad subterránea poco a poco. A esta actitud, se le tiene que sumar el que apenas había o existía publicidad, se imprimían poquísimos flyers u octavillas y la mayoría estaban únicamente en puestos seleccionados o ya dentro de la sala como un elemento más de la decoración y presentación de la noche. Prácticamente todo se dejaba al boca a boca y que las hazañas de Levan y el ambiente, la atmósfera que allí se vivía, llegara a todo el que le interesara de verdad. Esto contrasta fuertemente con la época, ya que estamos hablando del primer auge del mundo de las discotecas, el clímax de un negocio con el que mucha gente abandonó la clase media. El beneficio económico siempre se dejó en un segundo plano, la dirección de las ganancias no se utilizaban con fines lucrativos, se invertían en mejorar la experiencia de los bailarines y asistentes. Algo ciertamente inaudito, sobre todo pensando en la comparación con el Studio 54 y sabiendo que con la afluencia que tuvo el Garage, Brody podría haber amasado una gran fortuna.

No había publicidad y no había alcohol. Este segundo factor es uno de los más importantes a destacar, ya que indica la seriedad del club (del alcohol, por supuesto, se sacaba una gran tajada) y concretamente, porque el Garage conseguía así escaparse del control de la Comisión del Licor de Nueva York, algo que a su vez le permitía más libertad en los horarios y la posibilidad de abrir hasta el amanecer sin ninguna problemática (los ingresos se permitían hasta las 6:30, aunque la hora del cierre iba variando, alcanzando en ocasiones el mediodía o la tarde). La ausencia de alcohol era complementaba con zumos, frutas, café, todo tipo de refrigerios, helados, incluso comida o postres en fechas señaladas, además de las drogas, un gran surtido de ellas que comenzaba por el éxtasis o el speed y terminaba por el MDMA o la cocaína. Esto no quiere decir que el estado de bienestar generalizado estuviera solo provocado por el consumo de sustancias químicas; seguramente hubo gente que las utilizó en exceso y seguramente hubo otros tantos que no las necesitaban.

En busca del éxtasis espiritual

En cuanto a Larry Levan, su persona, y su carácter aplicado al DJing, muchas eran las cosas que contaban, aunque una de ellas era quizá la más importante, o al menos, así considerada de manera unánime por cualquier experto o asistente al Garage. Ese virtud era la psicología, la comunicación  con la multitud, la relación con los bailarines presentes, su extraña, casi inexplicable conexión que muchos han llegado a etiquetar como auténticos poderes sobrenaturales: “leía las mentes de la gente”. Sabía leer a la muchedumbre, tenía una comprensión casi extrasensorial de lo que estaba ocurriendo ahí abajo. Kenton Nix incluso ha llegado a afirmar que Levan podía “controlar tus emociones”. Este detalle tan importante, está corroborado por cercanos y devotos del club, por asistentes puntuales y lo más anecdótico: era algo que se trasladaba fuera, al exterior, una vez acabada la fiesta. Porque, hoy en día, también existen momentos así, probablemente una mayoría de ellos ayudados por las mencionadas sustancias químicas, que amplifican la sensibilidad ante la música y otros factores climáticos, pero en muy pocas ocasiones, por no decir ninguna, el letargo, la onda expansiva de este estado mental llega a cambiar tu vida. Según aseguran, el espíritu del Garage en este sentido era tan poderoso, que de verdad llegó a cambiar la concepción de muchas de las personas que asistieron. Huelga decir que hoy no puede existir nada parecido.

El primer DJ en crear una experiencia

Es sabido que las cualidades para la mezcla de Larry Levan no era como las de Walter Gibbons o Nicky Siano, su verdadero padrino en este sentido. Comparado con ellos, y tan solo observando técnicamente, Levan era torpe, impreciso, incluso chapucero. No tenía importancia, absolutamente ni la más mínima importancia encontrarse con mezclas incompletas, cortes raros o acelerados, la poca preocupación por cuadrar todos los discos. Larry enfocaba sus sesiones al entendimiento con el público, a cultivar una selección ecléctica y variada de géneros y tempos, se esmeraba en crear una narración entre los mensajes y sentimientos de los discos, estaba obsesionado con todos los aspectos que podrían englobarse o pudieran intervenir en la experiencia de los bailarines. Discos adecuados en el momento adecuado, cambios, sorpresa, nada de monotonías, nada estético, todo en desarrollo, una mayor capacidad para transmitir su actitud y estado de ánimo a través de su selección. Buscaba inspiración, no la perfección. Hoy en día, esta filosofía no está caducada, pero sí en vías de oxidación por su apariencia poco atractiva, por ser menos llamativa, por la incapacidad de los DJs actuales de presentar la música en plena coordinación con lo que el público pide. No es malo, no lo estoy criticando, pero vivimos en un tiempo en el que el virtuosismo pesa más que otros elementos menos “visibles”.

Podríamos señalar sin temor a equivocarnos que Larry Levan fue el primer DJ que intentó y creó una experiencia total en un club. Aquello estaba beneficiado por el control exhaustivo de todos los detalles y elementos que intervenían, desde la decoración, las luces, hasta el más importante: el sonido. Digamos que el trabajo de Levan se extendía más allá de la música y también buscaba que esto también fuera transmitido a la audiencia; desde dejar la sala sin aire acondicionado, haciendo que la temperatura subiera para amplificar la sensación de éxtasis (para después bajarla repentinamente y encender las máquinas), hasta provocar apagones de luces inesperados, manipulados directamente por Levan (tenía un rack de controles de luces dentro de la cabina, independiente al de Robert DaSilva , el encargado principal que también lo había sido de The Gallery), dejando la sala a oscuras, favoreciendo la entrada de interludios, extensiones, efectos de sonido, para luego sorprender con uno de los discos más esperados y encender las luces de manera impactante. Sabidas son también las anécdotas de las bolas de espejos, artefacto en el que Levan ponía muchísimo empeño; desde dejar sonando un disco y bajar a la sala con una escalera y comenzar a limpiarlas, hasta retrasar la apertura del club porque no le convencía su ubicación.

Pero su perfeccionismo y control tenía su máxima expresión cuando hablamos del sonido, del equipo de sonido, considerado por muchos (desde François Kevorkian hasta Danny Tenaglia pasando por todos los grande de Nueva York) como el mejor sistema y diseño de sonido que jamás ha existido en un club. ¿Por qué? Principalmente por la presencia de Richard Long como diseñador, pero también por la convicción de Levan en crear siempre algo distinto, algo diferente, por mejorar la experiencia en todos los aspectos. La clave del sonido del Paradise Garage era que no era algo estático o perfecto, era algo siempre en movimiento; Levan calibró y configuró el equipo y sus prestaciones al máximo, siempre ampliándolo y modificándolo, durante más de una década cambiando, experimentando para que aquel sistema se acoplara y adaptara perfectamente a las necesidades de la pista de baile. Se consiguió trasladar el clima intimista y el sonido cristalino de The Loft a una gran escala, maximizarlo, se llegaron a suprimir frecuencias mediante la ecualización para favorecer algunos aspectos de los discos, como la percusión o las voces. Cuentan que, a menudo, después de que Long se encargara de la optimización de los controles de ecualización, podías encontrarte a Larry intentando desmontar el cuadro destornillador en mano, debido a su visceralidad y ansia por mejorar. Cambiar altavoces (Klippschorn, JBL, todo eso que ya se sabe) de lugar en plena noche, cambiar el cableado durante horas antes de abrir el club, cuidar del equipo de manera obsesiva, mantenerlo, cosas que prácticamente nadie hace hoy en día.

Otro punto a destacar sobre la experiencia que Levan pretendía para sus asistentes y llevaba a cabo en cada noche del Garage, era el aspecto narrativo de sus selecciones, cómo era capaz de comunicarse con la audiencia con las letras de las canciones y el significado de las mismas, para trasladar en ocasiones su estado de ánimo. Dentro de los mensajes mayoritarios que salían de aquellos altavoces, se encontraban el amor, la unidad y la felicidad, sentimientos muy necesarios y anhelados por la multitud que allí se daba cita. Pero Levan, una vez más, iba más allá; cuentan que en ocasiones se podía notar cuando Larry estaba eufórico y cuando estaba en un momento bajo, incluso cuando estaba realmente enfadado con alguien, todo a través de las letras y sensaciones, ímpetu, relajación, brusquedad de algunas canciones y su reproducción en cierto momento de la noche. Entrelazaba, contaba una historia, daba un sentido a su selección, la dirigía, la modificaba, incluso cambiaba de párrafo con outros diseñadas por él. La libertad era total, el control de Levan era tan amplio, que conseguía que cada fin de semana el Garage se convirtiera en un universo completamente distinto al del anterior. Importante resaltar el componente extremo en las convicciones de Levan, que aún en su estatus de líder vivo de un sitio irrepetible, se esforzaba cada noche como si fuera la última, no dejando nada a la suerte o a la inercia, no alimentando su ego con sus logros, su potente equipo de sonido y hazañas en la cabina, simplemente enfocando plenamente en la experiencia del Garage.

No hay norma, no hay reglas

Larry Levan tenía, ante todo, mucha actitud. Su carácter en ocasiones impredecible era completamente transparente y palpable dentro de la cabina y fuera de ella, podía sorprender con una hora del mismo estilo como 45 minutos repletos de cambios y euforia, podía decantarse por un clima más hipnótico como por otro afín a su estado de ánimo, que mayoritariamente era irregular. Las relaciones y otros factores externos también ayudaban a que esto se amplificara; de repente el Garage podía quedarse sin DJ o sin música, ya que Larry había desaparecido hacía minutos de la cabina, ocupado en otros asuntos. Daba igual, nadie gritaba, nadie increpaba, todo el mundo sabía a lo que habían venido, Larry llegaba, colocaba otro vinilo y todo volvía a empezar. No había nada escrito en su personalidad y tampoco lo había en el Paradise Garage. Cada noche era toda una aventura de improvisación y sorpresas, una noche podías encontrarte de una tacada todos tus discos favoritos y otra ver a un Larry Levan capaz de alargar el ascenso de una canción hasta el límite, enlazando siempre la misma parte de la composición, sin dejar que aquello culminara. Para él era tan simple como un juego, para los que asistían era magia.

La música del Garage, también tenía mucho que ver con la “ausencia de reglas”. Si por algo se conoce universalmente al Paradise, es por su rica, variada, ecléctica selección de temas que poco a poco formaron su identidad, dieron sentido a su denominación. Muchas veces escuchamos “Love Is The Message” y pensamos en The Loft. Otras tantas escuchamos “Clouds” de Chaka Khan e inmediatamente aparece el Garage en nuestras cabezas. Este pronunciado eclécticismo vivido en el Club –en el que tanto cabían The Clash, David Bowie, Cher, Yoko Ono, Talking Heads, Eddy Grant, como aparecían Loleatta Holloway, Diana Ross, Jean Carn, Gwen Guthrie o Janice McClain–, fue también amplificado por la situación de la época, una etapa en la que la música Disco como se conocía estaba completamente muerta y gracias a clubes como el Garage acabó regenerándose en un amalgama exótico, rico y atractivo, ampliando su enfoque e introduciendo porciones de estética prestadas del Krautrock, técnicas importadas del Reggae o el Dub, incorporando el componente electrónico para alargar la vida de los discos o crear una experiencia diferente. Precisamente por eso, y en muchas ocasiones, la era post-Disco Music se cataloga como el inicio del Garage, un estilo que nadie puede definir aún sabiendo perfectamente de lo que le están hablando. El por qué es muy fácil; Garage era la banda sonora de aquel santuario, su ADN, un entramado y amalgama de influencias amplísimo que aún hoy podemos listar o enumerar, pero no podemos sintetizar. La música en el Garage no tenía barreras, y si se formaban espontáneamente, Levan se encargaba de romperlas. De eso se trataba.

Influencia dentro y fuera del Paradise Garage

Como apuntaba en el párrafo anterior, una de las señas de identidad del Paradise Garage fue su música y el actuar como eje central del renacimiento Disco. Con una Nueva York sumida en la mezcolanza urbana, las energías que llegaban de la primigenia cultura Hip Hop, la no wave, el post-Punk y demás, el Paradise Garage fue el elemento que faltaba para que todo acabara dando una forma homogénea, una especie de eslabón entre los parámetros antiguos y contemporáneos, un síntoma clave de la regeneración y mutación en un montón de formas y registros. Larry Levan también fue un catalizador en ese sentido, ya que su profunda observación de las necesidades en la pista de baile perfeccionó a su vez lo que ya habían estado puliendo Tom Moulton o Walter Gibbons (cintas sin silencios, enterrado del DJ radiofónico, aparición del 12″, The Galaxy, y unos cuantos etcéteras) en años anteriores, llevando el DJing primitivo a nuevas cotas también en cuanto a influencia. Esta influencia, además de la leyenda que fue forjándose con los años, llegó determinada por una inmensa voluntad y un gran talento para “crear tendencia”, romper con los gustos de sus asistentes, modificarlos, jugar con ellos.

Su manipulación en este sentido también llegó a sus extremos; desde la cabina, Levan impulsaba todo tipo de estilos y géneros, le gustaba sorprender con discos inusuales, machacaba con vinilos que hubieran sido previamente descartados por prácticamente el 90% de los asistentes (famoso es el hecho de que “Love Is A Battlefield” de Pat Benatar se convirtiera en uno de los himnos del Garage solo porque inicialmente “no pegaba”, según habían asegurado muchos de los fijos de la época), tales como el “Fascinated” de Company B (aquí iría la famosa anécdota de David Piccioni, que se lo encontró pinchando 25 minutos este single comercial, dándole prácticamente igual que a la gente no le pareciera apropiado. A él le gustaba, creía que podía funcionar y, al final, funcionó) o apropiarse de tracks que se convertían en éxitos inesperados dentro del club, incluso llegaban a oírse y juzgarse de otra manera según la ubicación que Larry les daba. Un ejemplo en este sentido serían “Magnificent Seven” de The Clash o “Walking On Thin Ice” de Yoko Ono.

No olvidemos que Larry Levan era el DJ y centro neurálgico de la discoteca más respetada y venerada de la ciudad en aquellos momentos. Poco a poco también, se fue creando a su alrededor un aura de gurú muy justificada, cultivada principalmente por sus gustos férreos y mentalidad abierta combinando estilos, pero también por ser la máxima expresión de la “salida de la cabina” y llegada a los estudios de grabación. No fue el primero, una vez más hay que recordar a Moulton o a sus contemporáneos, en especial a Walter Gibbons, causante y creador de muchas de las tendencias que más tarde perfeccionaría Levan (en especial, la incorporación de las técnicas Dub jamaicanas). Era lógico; Larry tenía una influencia devastadora en lo alto de su cabina, mucha gente le traía sus maquetas y discos, todos querían probar suerte, todos sabían que si un disco tenía que triunfar, antes tenía que ponerlo y probarlo Larry Levan (también sabían que muchos de ellos irían del suelo del Garage a las manos de Frankie Crocker, en la WBLS, muy amigo de Levan). Se había convertido en una especie de juez de la validez y calidad de las producciones, y el paso natural era trasladar aquello al estudio.

En un principio, Levan quería trasladar a las tareas de producción y remix su abultada visceralidad estilística, tal y como proponía en la pista. Su primera incursión llegó en 1978, mezclando el “C Is For Cookie”, aunque no sería hasta 1979 cuando le encontraríamos más ubicado en sus registros conocidos; dio forma al debut de Taana Gardner, “Work That Body” y el éxito le llegó por primera vez con el clásico “I Got My Mind Made Up (You Can Get It Girl)” del combo de Salsoul Instant Funk. A partir de ahí, inició su progresión y llegada al clímax en el ecuador de la década de los 80, mostrándose infalible en sus tratamientos y prolífico, algo que le hizo ser también muy codiciado fuera del Garage. Producciones clásicas para el espectro Salsoul, West End, Gwen Guthrie, himnos más comerciales como fueron el “Ain’t No Mountain High Enough” de Inner Life o configuraciones más complejas como la que elaboró para un single de David Joseph.

Pero el verdadero hito de Levan como productor, aquel que marcó de por vida a sus compañeros de profesión y dejó una huella importantísima en la cronología de la música de baile y los primeros pasajes electrónicos, fue la creación de los Peech Boys, trío que compartiría con la colaboración del teclista Michael Benedictus y el vocalista Bernard Fowler. Aquel momento coincidió con la floración de nuevos experimentos de Levan con cajas de ritmos y sintetizadores, tal y como su gran amigo François Kevorkian estaba también implantando en su trabajo con Prelude. Su debut, una excursión de Funk sintetizado y reminiscencias chi-sound, “Don’t Make Me Wait”, editado por West End en 1982, podría pasar perfectamente por la etiqueta de “disco más importante de la época”. No solo por el éxito en el Garage y fuera de él, más bien por el avance significativo en estructura, mezcla e incorporación de nuevas técnicas perfectamente ensambladas con el ritmo y necesidades del baile, por no hablar de la influencia que provocó en otros productores magistrales de la época, como por ejemplo Arthur Baker.

Levan también comenzó a absorber lentamente la influencia de las ya mencionadas técnicas jamaicanas, extraídas del Dub y que vieron su explosión creativa en el estudio Compass Point instalado en Nassau, propiedad de los legendarios Sly Dunbar y Robbie Shakespeare, quienes también como Levan, trabajaban para Island. Ambos músicos, y el ingeniero Steven Stanley, consiguieron con sus obras de arte para gente como Grace Jones o Gwen Guthrie afectar a los gustos de Larry Levan, comenzando a incluir cada vez más ecos y reverberaciones en sus sets, para aumentar el drama de las composiciones, más deformaciones en sus propios remixes, y viéndose muy atraído por el instrumental analógico y digital. Volviendo al foco; aquella pérdida progresiva del espíritu Disco inicial, el paso por la sensibilidad philly sound aplicada a muchas de las producciones de la época, la fusión con elementos latinos que patentó Salsoul, dio paso acertado a manipulaciones más innovadoras y más enfocadas al baile y BPM. Así el Garage acabó convirtiéndose, gracias a discos como el de los Peech Boys, en el eslabón genético indispensable para entender el paso de la música Disco al House o a las formas que surgirían a partir de ella, tanto en Chicago, como en Detroit, como en Nueva York.

Despedida agridulce

Todo lo que empieza, tiene su fin. Es algo inevitable, en prácticamente todas las creaciones de la naturaleza y humanas. Pero sin duda el fin del Paradise Garage, su cierre, su despedida de la noche neoyorquina, fue tremendamente agridulce. Hablamos del año 1987, una década después de aquel horrible batacazo que iniciaría la leyenda, con un Michael Brody debilitado por el VIH, desilusionado por algunos conflictos internos y que no intentó en ningún momento reubicar el club en otro emplazamiento cuando el contrato de arrendamiento en la King Street finalizó. Según ha comentado en varias ocasiones Mel Cheren, Larry Levan no tomó conciencia de lo que iba a pasar el 27 de Agosto de 1987 hasta unas semanas antes del cierre, ya que internamente aún pensaba que Brody un día se levantaría y comenzaría a buscar una alternativa para seguir adelante. Aquello nunca pasó y ese nuevo espacio no acabaría por hacerse realidad. El DJ quedó completamente devastado inicialmente, al toparse con la realidad, al igual que los casi 10.000 miembros del Garage, que han llegado a comentar que “era como si un miembro de nuestra familia hubiese fallecido”. Aún así y después de meses en los que el drama y la tragedia impregnaba las noches del club, Levan supo levantarse y cambiar su ánimo, modificar la deprimente selección y darse cuenta de que aquello tenía que desaparecer de la mejor manera posible: dando toda una lección de frenesí y música de la máxima calidad.

El acto de clausura duró dos días enteros, con 14.000 personas que pisaron por última vez el Garage a lo largo de la maratoniana fiesta, la actuación de una figura clásica del Garage (que además había crecido en paralelo con el club, gracias en parte a Levan), Gwen Guthrie, la asistencia de gente como Keith Haring (fijo, cuyos distintivos dibujos y graffiti inundaron las paredes del club en su etapa más reciente y que viajó desde Tokio tan solo para asistir) y miles de panfletos y pegatinas que rezaban “Save The Garage”. Tan solo dos meses después de aquel final tan emocionante, Brody fallecía a causa del virus VIH. Aquellos acontecimientos tan seguidos y la sensación de que nunca más encontraría algo así, acabaron por enterrar a un Lawrence Philpot que, según cuentan sus allegados más próximos de aquellos últimos años (Joey Llanos, David DePino, Victor Rosado, todos suplentes de la cabina del Garage), comenzó un descenso a los infiernos abusando cada vez más de las drogas e intentando sin mucha suerte re-encontrarse como persona.

Lawrence Philpot

A pesar de los consejos y advertencias de sus amigos, Larry Levan siguió abusando de las drogas e incorporó rápidamente una nueva sustancia a su catálogo: la heroína. Para financiar su hábito, cada vez más fuerte y costoso, decidió incluso poner en venta parte de sus acetatos y discos, algo impensable años atrás y aún hoy para muchos DJs (muchos de aquellos discos, re-comprados por amigos suyos, como François Kevorkian o Danny Krivit, entre otros). Una de las anécdotas más famosas de aquel tiempo, justo el año de su muerte en 1992, tiene a un Frankie Knuckles de regreso a Nueva York, ya residente en The Sound Factory y también a un joven David Morales; Larry, en un momento de intimidad, le confesó a Knuckles estar muy orgulloso de él, y que estaba muy orgulloso de lo que había hecho con su vida. Al momento, remarcó: “espero que la mía sea alguna vez ejemplo de lo que no se debe hacer”. Había una pesadumbre excesiva en el discurso del último Levan, una sensación que para sus amigos era prácticamente irremediable.

Una gira por Japón durante dos meses junto a Mel Cheren y François Kevorkian parecía ser el halo de luz que Larry necesitaba. Fue tratado como una divinidad y Kevorkian recuerda que aquellas sesiones fueron grandiosas, indescriptibles por el componente personal y subjetivo que el DJ estaba transmitiendo de manera natural. Tracks como “Time Waits For No One” de Jean Carn, un repaso a toda la cronología de sus influencias y una narración muy sentida daban buena cuenta de que el final de Larry estaba muy cerca, y él lo sabía, incluso parecía haberlo aceptado. Dos meses después y ya muy débil, Larry Levan fallecía por endocarditis, una dolencia crónica de nacimiento que se había agravado por el uso excesivo de drogas durante más de una década. Tenía 38 años de edad.

Un final trágico para alguien que lo había tenido todo. Pero también, uno de los importantes factores que lo convertirían en inmortal; el más importante pilar de la historia de la cultura de Club, demostró al mundo cómo un DJ puede armonizar con una multitud y dirigirla, demostró cómo una selección es más que eso, entendió que cualquier detalle es importante y se esmeró en conseguir siempre una experiencia mejor para los que peregrinaban cada noche para ponerse a sus pies. Tomó riesgos, fue valiente, fue incomprendido y amado, fue un genio y un innovador, influyó y dejó marca, consiguió crear una magia que comenzaba por él mismo y se esparcía poco a poco por todo el suelo, asistentes y paredes del Paradise Garage. Y sobre todo, tuvo el gran éxito que supone llegar a cumplir una de sus convicciones más profundas: “conseguir trasladar al cielo desde un garaje”.

Frankie Pizá


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2 Responses to FOCUS: Paradise Garage

  1. Miguel salgado says:

    dance … dance…. dance…..

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