Black Rain, a oscuras en NYC

Desde 1978 hasta 1988, la ciudad de New York se convirtió en el epicentro de la vanguardia artística. Un excitante período en el que sobresalieron artistas, formaciones y pensadores dentro de todas las disciplinas, mayoritariamente ubicados y retroalimentándose en las inmediaciones del Downtown (East Village), creando una escena de convivencia bohemia y centrada en la experimentación que se conoce popularmente como la No-Wave o el New York Noise. La gran manzana bebía de los residuos y repercusión del expresionismo abstracto y por sus calles danzaban genios como Basquiat o Rammellzee, ayudando a cohesionar una imagen de figura polifacética estrechamente conectada con el arte, la música, el cine y la vida callejera, sin presunciones o prejuicios previamente concebidos. El post-Punk, la esencia Industrial y el Hip Hop creaban uno de los caldos más exuberantes jamás presenciados, surgiendo desde el mismo subterráneo grupos como ESG, Liquid Liquid, The Bush Tetras o Defunkt, por nombrar algunos de buenas a primeras. El germen de la música de Club y la era Disco (Larry Levan, David Mancuso, Nicky Siano), la edad de oro del club CBGB, con Talking Heads o The Ramones como principales estandartes del Punk / post-Punk y la influencia del Reino Unido, los primeros andares del minimalismo de Phillip Glass o la implantación de la performance y el arte en un conjunto musical pluricelular con Laurie Anderson, el todavía candente circuito Free Jazz con gente como Rashied Ali o los híbridos Punk/Art/Rock donde podríamos destacar a Lydia Lunch y su compañero James Chance, además de la importante presencia de personajes aún hoy inclasificables como el genio Glenn Branca. Eran algunas de las variadas virtudes que convivían cómodamente y sin altercados en el New York de la década de los 80.

Dentro de este llamativo y robusto contexto, existió también Ike Yard, formación visionaria liderada por Stuart Argabright y que posiblemente sea el ente más importante de su generación, tanto por innovación en sus parámetros como por influencia en otros artistas de su tiempo y posteriores. Anteriormente, el siempre inquieto neoyorkino Argabright había utilizado sus esfuerzos en varios proyectos multimedia y la dirección de la banda primigenia The Futants, que se disolvió definitivamente en 1979, mismo año de la aparición de la idea central de Ike Yard. Tanto él como Kenny Compton, Fred Szymanski y Michael Diekmann pretendían darle un nuevo aire a la sonoridad y estética post-Punk, probando a grabar sus baterías previamente y directamente al reel, utilizar como columan vertebral un controlador MIDI y formalizar un híbrido que constituyera todos sus intereses sonoros; desde la experimentación electrónica hasta el Hip Hop. Activos en su primera etapa desde 1980 al 83, grabaron su importante debut homónimo junto a la atenta mirada de Tony Wilson, famoso fundador y personalidad que les llamó para ser uno de los pocos grupos en editar algo con su legendaria Factory Records. Su sonido era cibernético, minimalista y protuberante, repleto de sensualidad y personalidad, con esos bajos retumbando y las baterías adquiriendo vida propia, fusionándose con samples y cortes vocales, líneas de bajo en loop frenético y un aura futurista que aún puede palparse en plenitud de condiciones. El interés de Argabright tanto por el Hip Hop, la tecnología y las utopías digitales continuó con Death Comet Crew, incorporándose Shinichi Shimokawa al trío principal junto a Argabright y Diekmann (con la esporádica colaboración de Nick Taylor aka DJ High Priest); la sonoridad electrónica y la incorporación de baterías digitales se hizo más explícita y la llegada de Rammellzee –recordemos que Argabright está presente en casi todos los tracks de “Bi-Conicals Of The Rammellzee”–, el antes mencionado visionario y creador del Ikonoklast Panzerism y el Gothic Futurism, acabó convirtiendo al grupo en una perturbada, sombría y eléctrica iniciativa de Hip Hop futurista, callejero, crítico y de raíz industrial, al que ellos mismos llamaron RipHop.

Un año antes y casi en paralelo, Stuart se inclinaba hacia la esencia Synth-Pop y fusionarla con sus conocimientos electrónicos para crear el all-time classic y hit proto Electro-Pop “The Dominatrix Sleeps Tonight”, bajo el alias Dominatrix (las voces originales fueron grabadas por Claudia Summers y Kenneth Lockie, aunque en muchas interpretaciones en directo la acompañante de Argabright era Dominique Davalos). Aunque años más tarde el hiperactivo músico y compositor también fundaría el proyecto Disco/Tribal/proto-House –por él mismo llamado cyber voudou– The Voodooist (con la aparición de Debbie Harry), es importante detenernos en esta parte de la historia para poder comprender el inicio y contexto de Black Rain, una clara extensión de Death Comet Crew que casi podríamos decir resultó uno de los pocos resquicios de luz durante el apagón creativo que asoló la ciudad a partir de 1989/90. A partir de los años mencionados, rozando la década de los 90, la esencia bohemia del New York bohemio/artístico acabó diluyéndose entre la maraña de yuppies y potenciales corredores de bolsa / brockers que hacían su aparición en el apogeo del Wall Street contemporáneo, el grueso de la comunidad de artistas, músicos y otras disciplinas mudaron sus estudios o residencias fuera del East Village, buscando apartamentos o residencias más baratas. El objetivo de Argabright con Black Rain era crear un equipo de músicos orientados a la fabricación de bandas sonoras ciber-afectadas, centrando los esfuerzos sonoros en trazar una conexión post-Industrial entre las leyendas Einsturzende Neubauten y Misfits, según ha afirmado en varias ocasiones el propio Stuart.

Formada por Argabright, Shinichi Shimokawa, Bones, Thom Furtado y Dave Vulcan, el grupo comenzó su andadura en estudio desde 1989, manteniéndose parcialmente unido hasta 1998, siempre conviviendo en el territorio que anteriormente había sido la meca de las vanguardias, el Downtown. Todos grandes aficionados a la ciencia-ficción, el futurismo biológico y las visiones económicas y tecnológicas distópicas y decadentes, no tardaron en verse plenamente afectados por el relato “Neuromancer”, una de las obras capitales del cyberpunk que escribiría William Gibson en 1984 (novela debut que también extendería el término e idea de ciberespacio), mismo autor que imaginaría años antes la historia corta sobre Johnny Mnemonic (1981) y que más tarde sería la principal influencia para el trabajo de Black Rain. En el año 1994, mientras los integrantes de la formación disfrutaban de algunos conciertos en New York y alrededores, bombardeaban la ciudad con BR symbols y su imaginación estaba cada vez más afectada por las previsiones tecnológicas y el riesgo biológico del futuro más próximo, recibieron un encargo expreso del propio Gibson para poner música y forma sonora a una versión audiobook de “Neuromancer”, trabajo que se complementaría – o más exactamente correría en paralelo– un año después con las composiciones originales inicialmente ideadas para la banda sonora del largometraje de Robert Longo basado en la historia de Johnny Mnemonic –aunque nunca llegaron a decorar dicho film–. Precisamente, la música y concepción sonora de Black Rain es casi exactamente una interpretación del mismo futuro que imaginaba Gibson en su relato; un traficante de datos con un implante cerebral que le permite salvaguardar información, la idea de un mundo controlado por las megacorporaciones y con aires fuertemente influídos por la cultura oriental y el manga cyber-orientado –las conexiones con Japón son más que explícitas, la compañera sentimental de Argabright es japonesa y recordemos que la pasión del mismo por el país oriental es decisivo en su carrera–.

La mayor parte del material que la formación creó entre 1994 y 1995 se editó en el hoy descatalogado “1.0″, CD editado por Fifth Colvmn Records y que hoy en día supone una obra plenamente estimulante por sus coordenadas y anticipaciones al sonido apocalíptico y debacle sonora de Raime, Demdike Stare o similares. La fusión y vuelta a texturas y baterías post-Punk, rudas y minimalistas, la estética OST de su concepción, haciendo inciso en las capas melódicas deprimidas y torturadas, además de los detalles sci-fi-tribales, rituales de percusión y estructuras claramente Techno-dirigidas, sin obviar por supuesto el premonitorio título y su halo de devastación digital que hoy estamos viviendo en nuestras propias carnes, han otorgado a este material la etiqueta de esencial y uno de los aciertos más grandes de Kiran Sande dentro de la dirección y gestión de Blackest Ever Black, editando por primera vez en vinilo algunos de los cortes extraídos de ese “1.0″ y formando un release en clave de regresión retrofuturista realmente tenebrosa. En 1996, Black Rain editó un segundo álbum del que poco se ha hablado, “Nanarchy”, en la misma onda ciber-apocalíptica y utópica pero sonoramente mucho más explícito, intercalando cortes puramente ambientales con coqueteos Electro-primitivos y hasta incorporando reminiscencias Jungle o D&B.

La aparición de “Now I’m Just A Number: Soundtracks 1994-95″ contribuye a dar importancia e identidad histórica a uno de los proyectos menos conocidos de Argabright; desde la perspectiva de los años y décadas ya pasadas, nos encontramos con un documento escalofriante creado en el ocaso creativo o la resaca No-Wave en la ciudad de New York, una interpretación de las inquietudes futuristas de sus integrantes, un artefacto casi profético que aún hoy debe ostentar la calidad o rango de atemporal, por su distintiva visión y distópica adaptación sonora de la sociedad moderna. Atmósferas cargadas, la Biotecnología ya completamente instalada en una sociedad moderna, el dominio de la macroeconomía y la consideración de los seres humanos como vulgares números, monotonías vivientes esclavizadas en unas estructuras sociales deshumanizadas, amorales y en la que se ha destruído cualquier indicio de comunicación primitiva y donde el destino pasa irreparablemente por la destrucción. Esta recuperación o resurrección del espíritu subterráneo, con el único propósito de narrar el futuro a través de sonidos secos y humeantes, hipnóticos desarrollos que representen una sociedad en la que los protagonistas serían cyborgs, máquinas y clones y humanoides, donde una simple y contaminada resistencia humana se encontraría en las profundidades terráqueas intentando escapar de la cruda realidad. Black Rain y su legado sonoro constituyen básicamente un drama futurista en el que hoy, en la actualidad, podemos vernos tan o más identificados que el día en el que fue originalmente concebido.

Frankie Pizá


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