Canadá, musicalmente hablando, se funda en la diversidad, en el mestizaje de la francofonía y la anglofonía, así como en la experimentación. Desde el subterráneo esta frontera sonora es revisada bajo una amplia perspectiva, es policromática, encuentra en estructuras disímiles la armonía y conforma con elementos contra culturales y tradicionales un super espectro de sonidos indie con raíz en la autosuficiencia. En estas aproximaciones artísticas convergen temas en recurrentes como la protección a la cultura, el sentido de comunidad y la noción del espíritu nómada, a lo largo de un timeline donde colectivos y espacios legendarios han visto nacer las más intrigantes propuestas emergentes musicales y multimedia. Sería pretencioso hablar de un sonido en particular al referirnos a alguna localidad específica de Canadá o en su conjunto, también lo sería tratar de abarcar los cientos de estilos e híbridos que día tras día surgen bajo la inquietud de los creadores y el ánimo de revolución y libertad artística que se vive en esta era digital; sin embargo el contenido fundamental de estas obras se compone innegablemente de una multi-dimensión, bien se conoce en aquella tierra que el elemento indispensable para la supervivencia musical es la diversificación.
Es así como se recuerda al principio de los noventa el mítico Hotel2Tango, un lugar fundado por la banda seminal de nombre Godspeed You! Black Emperor que en medio del periodo de esplendor de la música electrónica y DJs de aquella nación a principios de los noventa, sugería un punto de encuentro alterno para las bandas independientes y actuaciones en directo; proyecto que mutaría eventualmente en un sello discográfico y uno de los principales ancestros para un imprint joven como Arbutus Records, ‘nuevo pionero‘: con vena en la ética Do It Yourself y con el objetivo claro de promover bandas asociadas al proyecto, que incluyen artistas multimedia y músicos experimentales. Con su génesis impreso en las legendarias fiestas acontecidas en el loft Lab Synthèse (un venue inaugurado en el otoño de 2008, que generó una nueva escena, creada por un específico colectivo de artistas, donde el principal factor de amalgama fue la colaboración y la colisión entre el soporte genérico del punk y el pop), su cabeza, Sebastian Cowan, configuró junto a Marilis Cardinal y Jasper Baydala una suerte de reacción inmediata contra la música de cabecera y su industria en Montreal.
Esta yuxtaposición entre el DIY y el sistema cultural del gobierno que incluso ha patrocinado grabaciones de rock con un fondo llamado The Foundation to Assist Canadian Talent on Records, mismo que años atrás sido parte esencial en productos sonoros de entes como Arcade Fire, Stars, The Dears, Broken Social Scene o Feist, es quizás una de las partes más interesantes para intentar descifrar el fenómeno musical en este punto geográfico neurálgico. En tanto de tales concepciones queda en evidencia la conformación de tribus y colectivos que se comprometen con una nueva manera de producir obra desafiante para el contexto estándar de lo que muchos consideran ‘cool’ y que reduce el término ‘indie’ a guitarras acústicas y chanteuses en baladas folk. También son una nueva generación que se aferra a una forma particular de solventar los gastos para la realización de música o su distribución y que tiene una obsesión compulsiva por la polinización, el choque y el experimento solidificado en una formación autodidacta. Lab Synthèse cerró sus puertas en 2009 tras varios desafortunados enfrentamientos con la policia local, sin embargo el loft mutó en Arbutus que desde ese momento hasta la fecha ha sido casa para artistas y bandas que son como una familia, pues nacieron y se desarrollaron desde aquel revolucionario punto en el tiempo. Como Grimes, la última encarnación del pop digital, mujer lírica que de la seclusión pudo engendrar el más atípico de los artilugios electrónicos. Influenciada por el K-pop, la música coreana, la psicodelia, las anfetaminas, el dubstep, los hits de los ochenta y noventa e inspirada por su sentido percusivo inherente a su reconocida virtud de poder simplificar mentalmente complejos diseños sonoros para así descubrir en detalle su naturaleza.
Claire Boucher juega con el tempo, llena los espacios en blanco, colorea el universo en capas sintéticas distintas entre sí; nos entrega un espacio íntimo donde es fácil quedar como presa fatal de sus conjuros, el low pitching y su felino falseto ultra femenino. Se descubre como parte de una nueva corriente de mujeres detrás de los sintetizadores, como sus contemporáneas, Laurel Halo, Sleep ∞ Over o María Minerva, todas ellas productoras con importantes referencias publicadas en 2011, como ‘Hour Logic’, ‘Forever’ y ‘Cabaret Cixous’ respectivamente. ’Visions’ de Grimes, publicado en 4AD (2012), llega bajo un panorama de cambio, de fenómenos drásticos en la música; es revitalizante y se apega a ese objeto oculto tan deseable y perseguido por muchos desde el subterráneo: lo que llaman ‘los misterios y secretos del synthpop’. Álbum conducido extrañamente sobre un appeal de sofisticación que ha sido logrado desde una meta naïf y nos induce a pesadillas o sueños placenteros infestados de atmósferas disco que se fragmentan y congelan en un caleidoscópico imaginario.
Escucha: Grimes “Be A Body”
Sin llegar aún a la resolución total de su sonido, Claire Boucher se ha convertido en la popstar de un periodo post-internet; ese punto de inflexión en la historia que se nutre por una generación de personas que neurobiológicamente son distintas a aquellas que nacieron después que la red se convirtiera en una herramienta común. Asunto que tiene mucho sentido, ya que hoy en día la música es más accesible que nunca y las barreras entre géneros musicales son cada vez mas delgadas o incluso han sido anuladas por la bastardización de estilos, la deconstrucción sonora y la instauración de otros entes híbridos, micro géneros, viñetas y revisitaciones impensables. Con ello las colaboraciones son prominentes e incluso involucran referentes, que por mas pop que parezcan al ojo crítico, hoy son citadas sin la menor vergüenza como influencias, así es posible encontrar material fusionado en intertexto de divas mainstream de antaño junto a clásicos del industrial o beats old school de hip hop en interesantes obras y maquetas de artistas experimentales.
En 2010, Grimes llevó a cabo la heróica tarea de publicar ‘Geidi Primes’ y ‘Halfaxa’, ambas piezas contrastantes, mientras que una es terroríficamente virginal e hipnótica, la segunda llegó como zarpazo alucinante a la nueva escena underground de avant pop y ritmos dance. Le siguieron el reconocimiento meteórico, saborizado por un tour al lado de Lykke Li o Austra, además de colaboraciones al mayoreo con Majical Cloudz, Doldrums, Bikini, Young Galaxy, Washed Out, CFCF y Laurel Halo entre otros. Claire sonríe incrédula en las entrevistas, es sencilla, etérea, pero cabe hacer la nota de su metamorfosis en stage, pues pareciera tener el don de la clarividencia, posee la facultad de la intuición, es demoledora, curandera, un enigma, que del ente estoico que personifica, parece emerger su doppelgänger. Fundadora de una especie de new age dancefloor, que gravita sobre su introvertida persona y se manifiesta como epifanía mid-fi de sangre R&B y piel disco.
Fue en la estructuración de Arbutus Records como label cuando Claire conoció a D’eon con quien publicó el split ‘Darkbloom EP’ en 2011, amigos y entusiastas de los nuevos sonidos en Canadá dan cuenta del impredecible camino de un artista en aquella nación en la que es común encontrarse en la calle con la venta de cassettes con grabaciones DIY de bandas que se abren espacio con un stock de 100 piezas aproximadamente, muchas de ellas resultado de la improvisación. Un culto alimentado por lo poco convencional, y esa cualidad tan atractiva que parece llegar del enamoramiento por el sonido de los noventa, sus métodos y el pop extraño. Como sello experimental, Arbutus ha realizado una indispensable gestión, para evitar la saturación, todo gira entorno a sonidos con cientos de influencias, del new age, al freak folk, pasando por el synth analógico y el R&B deconstruido por el noise o el pop con motivos barrocos de nostalgia siniestra.
Escucha: D’eon “Transparency”
En sus filas encontramos a Majical Cloudz dúo conformado por Matthew Duffy y Devon Welsh, este último también parte de Pop Winds; también Blue Hawaii, el proyecto paralelo de Braids o el opulento festín pop de TOPS, constituído por miembros de bandas esenciales en la escena indie de Montreal como Silly Kissers, Paula, Hammond-Ri y Sugar Boys, comandado por David Carriere. Además de Flow Child, outfit de Kyle Jukka (la otra mitad de Pop Winds) quien enriquece un autodenominado ritmo ‘emo future’ con gear analógico como el SP-404 y synths con los que logra impecables grabaciones que fabrica desde el reducido espacio en el que vive; o Sean Nicholas Savage un legendario músico y performer old fashioned, (otrora punk de Edmonton), arquitecto de refinados y utópicos story tellings de psicodelia suave embalsamada en folk y quien ha confesado ser un ideal recipiente de feedback, ya que encuentra en su misma comunidad artística y amigos (Grimes, Airick Woodhead, D‘eon) la inspiración para sus prolíficos y dramáticos temas de pop mutante. Artistas con una signatura, que en conjunto son cohesivos y generan continuamente tópicos auditivos que transforman lo ya existente a la par que exploran las capacidades de herramientas vintage como el Yamaha DX7, confeccionan reducciones irónicas de armonías góticas o examinan estilos para completar lo que se dice nunca se terminó.
Por otra parte y no muy lejos de este punto, encontramos fascinantes triangulaciones entre artistas de un sello y de otro, o de localidades distintas a Montreal e incluso de output disímil pero que conservan una estrecha relación de simbiosis en la dinámica actual de cómo se difunde el producto musical. De un lado contemplamos las visiones perfeccionistas de Doldrums, el disguise de Airick Woodman, un nativo de Toronto quien nos ha traído la redención del noise en relatos orgánicos de hip hop cortado y electrónica; el año pasado publicó el tremendo “Empire Sound EP”, una máquina ambient de cavernosa decadencia sci-fi, plena de corrosivos beats y guitarras en reversa, catálisis de Casio en un enigma urbano maximalista-demencial. El mismo productor que de 2003 a 2009 habría ejecutado como músico en Spiral Beach, (extinta banda de indie rock), asunto que nos da un esbozo de cómo su camino hacia la síntesis de un sonido deseado ha requerido de tiempo y redescubrimiento. Un inquieto como Airick, quien utiliza el Kaoss Pad, SP-404 y samplea en vivo radios locales también ha empujado en bajo perfil el outlet Phèdre, una criatura hedonista basada en el glam synthpop, el hypnagogic y la psicodelia de la memoria de los setenta con un retorcido y malévolo hip hop contemporáneo lanzado por otro necesario imprint llamado DAPS Records.
Escucha: Doldrums “Endless Winter”
D’eon es otro de los outsiders de la escena canadiense, un maestro formado en el gear analógico y que encarna una fascinación divina por el barroco, el renacimiento y la complejidad vocal hidratada por el R&B y erotismo industrial. Basta recordar el imprescindible Palinopsia de 2010, acechante, oscuro y preciosista que guarda una relación psíquica con el sonido de Brooklyn como Gatekeeper, Laurel Halo, GAMES, Autre Ne Veut y todo el catálogo Hippos in Tanks que incluye a Hype Williams o White Car. En el escenario, D’eon es introvertido, es místico, su mirada es penetrante y sabe conducir al crowd con tan solo una línea melódica: transporta. Su inquietud y temor permanente por aquél pensamiento de quedarse atrapado en la red por una eternidad es espeluznante; de eso habla en ‘Transparency’ (Darkbloom EP, 2011) como la transferencia de la mente y el cerebro a un computador, donde el ser no puede morir porque se es inmortal en internet, un infierno digital del que no se puede escapar, donde no hay cuerpo, no hay sexo… Sin embargo no es raro percibir en el sonido de Chris D’eon una categoría similar a enigmáticos números de Tri Angle como How To Dress Well, oOoOO, y Balam Acab, que resultan expansivos, sombríos o bucólicos, radicados en la fortuna de la introspección o la contemplación del ser. Común denominador es el vistazo hacia el futuro y la retrospectiva de la evolución, que estos artistas han desarrollado en la entraña de sus diseños sonoros, se nota un arraigo por la música que escucharon en la infancia, una infatuación por el new wave, el anime, el industrial, e incluso la influencia gótica de Christian Death, Skinny Puppy o Throbbing Gristle, el sci-fi y otras gemas melancólicas pop de los ochenta.
Por su parte Visage Musique, marca francesa e inglesa establecida en Montreal, y que como roster expone sonidos helados synthpop, en su colección de bandas se encuentran aquellas que tienen raíz en la música electrónica, el italo disco y el cold wave como Tony Cops, un productor que se enamoró del italo tras descubrir la compilación ‘I:Robots’ circa 2005 y otras míticas grabaciones underground clásicas realizadas en los años ochenta; o Police Des Moeurs con piezas que son un retrato fetichista y nuclear de new romantic y amores perdidos, una estación intermedia entre la ficción y la realidad, el esplendor tecnológico y la extinción humana que acompañan delirantes paisajes sonoros post ecológicos.
En otra cara Dino Secondino, maestro sintético del italo realiza recurrentemente relatos interestelares que involucran heroínas armadas en una guerra extraterrestre o ensoñaciónes de soft porn y jugoso groove disco en forma de mixtapes para el mismo sello. Además Gold Zebra que induce al trance late nite con poderosas estructuras cold wave, opulentas, de una exquisitez aperlada que trastoca el recuerdo de los mejores trabajos de The Golden Filter como “Voluspá” y los corta de tajo para situarnos en un paraíso distópico de slow burners, cyborgs, tristeza, pasiones desbordadas y synth noir. También, Bernardino Femminielli, otro elemento de Visage Musique, y crooner que se comporta seductor con sus inolvidables manifestaciones en castellano y su psicodélico entintado de electrónica épica de geometría antagónica llena de textura. Productor desafiante que nos llevó a la Atlántida en su constelación synth que recuerda invariablemente algún episodio del ‘Synthesist’ de Harald Grosskopf, o en ‘Hotel Suite’ donde el escucha puede conocer de primera mano el significado de la pasión infinita y el amor maldito en otra de sus piezas semi instrumentales de casi diez minutos.
Vasta y única es la expectativa que viene de Canadá, hay bandas que firman bajo un sello y otras que se guían por lo estricto y liberador de la auto publicación via las plataformas digitales bandcamp o soundcloud u optan por la auto distribución de mano en mano; algunos se establecen bajo la fortaleza que conlleva la edición de un blog y la diversificación a través del booking o el managing, mientras que otros apuestan por fuentes virales y el tráfico mediático fundado en la exposición de un enigma. Como el lone runner, transplante de Taiwan a Montreal, Alex Zhang Hungtai mejor conocido como Dirty Beaches, músico productor de narcóticos dirges que se recuestan en el rockabilly minimalista, el noise y la fragmentación surreal cinemática a la David Lynch; o el prolífico Mike Silver, a.k.a CFCF, un referente obligado en el diagrama, con su reinvención del ambient y el kosmische en una serie de narrativas existenciales de manufactura synth y desasosiego iconográfico de talla emocional como las escuchadas en sus tersos installments de la serie ‘Night Bus’ inspirados en Eno o Baladamenti.
De paso por Toronto encontramos a Alt Altman, multi-instrumentalista, selector y gestor del blog Silent Shout, que crea irresistibles tracks de electrónica pop con sustanciales aproximaciones house en lo que se denota como la anatomía de la noche y otras intrigas soul con gélidas vocales que traen a la mente a un mejorado Erlend Øye, y que es un artista-autoridad totalmente independiente que distribuye gratuitamente la música que produce bajo el nombre de Digits o Bad Passion, directo desde su netzine. Por otra parte, encumbrado en la herencia de su trilogía de mixtapes, ‘House of Balloons’, ‘Thursday’ y ‘Echoes Of Silence’, Abel Tesfaye, revistió con una nueva cara el R&B en 2011, bajo el pseudónimo de The Weeknd, una entidad nacida del hermetismo y la sofisticación que vorazmente saltó a la vista de todos con sus misteriosos joints desplegados en el minimalismo visual su de colapsada página oficial, como resultado del irresistible buzz mundial.
Este universo expresivo de sonoridades se puede visualizar también como un magneto, los artistas independientes de la periferia o incluso de otros países llegan a establecerse a Canadá, particularmente a Montreal, porque es una fuente inagotable de inspiración y es un sitio relativamente barato para vivir. Se concreta en lo global como una fuerza regeneradora o incubadora de una minoría que lucha en contra de las manifestaciones dominantes y que se presenta como un híbrido encantador, bilingüe, rebelde e incluyente pero no por eso menos selectivo. Una escena llena de convergencias y obsesión por la búsqueda constante, que fija sus inquietudes en el futuro, lo clandestino y la incertidumbre que de su ideal emana. Alrededor se tiene viva la importancia del feedback, Canadá no se puede definir con un género pues los contiene a todos; desde su intrigante punk francófono, a su masiva escena techno, el garage y el hardcore underground de Alberta hasta el esplendor de frenéticos outfits como Trust o Azari & III. Una arquitectura amorfa que progresa también gracias a lo que producen otros sellos discográficos posicionados como Paper Bag Records, Acéphale, Arts & Crafts, entre decenas de ellos, además de lo que sucede en ciudades como Vacouver, Halifax, o en festivales como el Pop Montreal, en diversos gigs al interior de nuevos lofts como La Brique, así como lo documentado en visuales, impresos y blogs de antología como Weird Canada que son tan solo una pequeña parte de lo que hoy día define esta dinámica y su destino.
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