Notas Dispersas, por Jordi Beltran

Crónica ‘San Miguel presenta Fly Me To The Moon’ 27 y 28 de Julio en el Poble Espanyol.

Confirmado, el lugar es cómodo, fresco, afable. El miércoles empezaron The Suicide of Western Culture en un Poble Espanyol con tres cuartos de entrada (aforo que se mantendría durante los dos días), con ese aura misteriosa que parece rodearles. Eran los únicos que no venían con la etiqueta de cabeza de cartel, algo que se iba comentando en barras y demás puntos de convergencia entre espectadores. Su mezcla de techno, shoegaze e indietrónica sirvió para ir abriendo boca, pero para el menda ni se colaron en la festividad más bailable ni consiguieron crear una atmósfera cercana a los M83 con quien se los emparenta a menudo. Otra vez será.

Luego fue el turno para Animal Collective; no creo que ninguna banda actual suscite tal polarización de opiniones de sus conciertos entre sus fans más acérrimos. El colectivo animal crea en el escenario las canciones como tirando de un hilo, sin caer en la autocomplacencia, elaborando un set list que poco o nada sabe de la lógica imperante de cómo hacer que un show funcione. Solo así se entiende que apenas toquen temas de su último y celebrado Merriweather post pavilion -“Brothersport”, por ejemplo, que junto con “Peacebone” conformaron los puntos álgidos de la noche-. Pero funciona. Porque, como espectador, hay que despojarse del corsé, como ellos mismos hacen, escapistas y psicodélicos por naturaleza. Encima de un escenario se erigen como unos jodidos arquitectos musicales. A ratos electrónicos y viscerales, a otros orgánicos y pastorales. El dichoso imperativo cognitivo que nos obliga a darle una explicación siempre a las cosas. Hay que ofrecerse, no intentar buscarle el sentido o las diferencias respecto al material de estudio, simplemente captar lo que viene, abrir bien las orejas y los matices aparecerán solos. Así emergieron canciones como “Did you see the words” que bien valen una carrera. Los bises son un problema, uno espera más que nunca que terminen con un buen puñetazo entre estómago y esternón, uno quiere saltar y finalmente se encuentra en una carretera hacia ninguna parte y ellos se apean, ofreciendo una rarísima versión de “Taste”. Agridulce momento, sí, pero yo hubiera firmado (quizás por eso) hora y media más de concierto, y eso nunca puede ser malo. Al final uno tiene la sensación de que el día que empaticen con el público un poco, cediendo a la demanda, la casa se vendrá abajo, en el sentido más festivo de la expresión, os lo aseguro. ¿Truco o trato?.

El jueves fue más intimista, con dos concepciones casi antagónicas de transmitir positivismo. A pesar de la timidez que se le presupone a Joanna Newsom, hace gala de un saboir faire que caracterizaría a la chica lista de la clase, la repelente que siempre tiene la última palabra, de gestos sagaces y postura ergonómicamente altiva, segura de sí misma, capaz de inventarse unos aplausos si fuera necesario. Es curioso ver cómo con cada disco que saca gana adeptos, a pesar de que estos tengan que enfrentarse a trabajos más y más complejos y pretenciosos (Have one on me es una trilogía de cerca de dos horas). Las canciones resultan ser una suerte de laberintos líricos de los cuales no siempre encuentro la salida. En su show, en cambio, esto uno lo lleva mejor. La inclusión de elementos anexos y externos a la estampa que supone el arpa y la figura angelical de Newsom dota al espectáculo de posibilidades. Tanto los sutiles arreglos de cuerda como la figura del batería (sobre todo ésta), Neal Morgan, a quien hemos visto ya más de una vez en escenarios barceloneses acompañando a Bill Callahan y de quien hemos disfrutado su buen gusto, suponen una descarga visual ya no interesante sino, más bien, necesaria. La voz de Joanna atrapa para, posteriormente, dejarte caer en una especie de hipnosis que ronda, por momentos, el desinterés. Empieza sola, le siguen los arreglos y luego algún que otro golpe aislado de caja o plato; y así va tejiendo sobre el escenario unas canciones que poco dejan a la improvisación. Con todo lo bueno y malo que eso conlleva. Para no caer en la monotonía, Joanna va intercambiando el arpa con el piano de cola que, junto con el banjo y la pandereta, por ejemplo, suponen un cambio de textura que se agradece. Es difícil imaginarse un mal concierto de Newsom, como también lo es imaginarse otro.

Es verdad, un concierto de Beach House ya consigue empacar una ristra de temas gloriosos. Lo mejor del “Teen dream” y el “Devotion” dan para mucho. Victoria Legrand es una diva esquiva, sensual pero casi andrógina por momentos. El jueves, el dúo (reconvertido a trío en el escenario) ofrecieron una lección de cómo aprovechar los recursos: por momentos resultaron orquestales. Empezaron directamente sin contemplaciones. Recordaron en más de un momento a muchas cosas, como cuando se ponen más etéreos y nos remiten a Cocteau Twins (la iluminación en ocasiones y esas tres pirámides espaciales colocadas encima del escenario ayudaban). Beach House no inventan nada pero su show resulta ser una muestra de cómo canalizar bien las influencias, generando tensión y explosión por igual y ganando contundencia respecto a sus discos. Quizás lo más reprochable sería un pequeño titubeo cuando tocaron algunos temas menores. Una bajona que se compensa, y de qué manera, engarzando “Used to be” y “Zebra”, para muchos la mejor canción del 2010.

Jordi Beltran


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One Response to Notas Dispersas, por Jordi Beltran

  1. Bona tarda,

    Suposso que rebràs centenars de treballs discogràfics per que te’ls miris, parlis d’ells… per creu-me que aquesta parella inusual de Cardedeu tenen quelcom que… com a mínim val la pena escoltar.

    http://ggmusica.bandcamp.com/track/natures-time-versi-n-lbum

    Si no és així, disculpa’m per fer-te perdre el temps.
    Salut!

    hombre perplejo
    http://www.elhombreperplejo.com

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