
La última semana de mayo se cerró en el Fórum el Primavera Sound, una ristra de shows que quedarán para el recuerdo como el de Dean Wareham interpretando un set-list exclusivo con canciones de Galaxie 500. Un PS al que no le daremos vueltas sobre el aforo, las colas, el sonido ni nada. Una semana que había empezado ya fuerte en la sala Bikini de Barcelona, un lunes, con una actuación paralela al festival: la presencia de Bill Callahan que presentaba su particular Apocalypse (Drag City, 2011). Uno no se cansará nunca de ver al de Maryland y menos si tiene esa particular y sutil manera de reinterpretar los temas según los músicos que le acompañen. Se presentó con una traje de lino blanco y finas rayas azules, un batería y otro guitarra, eléctrica, para vestir con ruidos y punteos el cancionero. Su puesta en escena con la guitarra acústica colgándole de los hombros hacia presagiar lo mejor, sin duda. Y así fue. Y es que ese es el Bill que siempre nos ha gustado más en casa, el de las distancias cortas. Apocalypse no es una vuelta de tuerca, ni una vuelta al pasado, sino más bien una continuación de lo que ya había hecho en Sometimes I wish we were an eagle (Drag City, 2009). Una senda ya transitada anteriormente desde el The doctor came at dawn (1996) pero con mayor revestimiento musical. El sonido y resultado si bien no es tan crudo y apabullante como lo son el tan inspirado y bucólico A river ain’t too much to love (2005) o el Red apple falls (1997), es una declaración casi apostólica de que no ha perdido el menor amor por los detalles, ora una steel guitar ora un Rhodes o, por qué no, una cortina musical, siempre con esa voz tan presente, tan por encima de todo. En “Drover”, título que abre el disco, ya encontramos quizás una novedad, algo que va a ser una constante y que aquel lunes de mayo verificaríamos en directo (igual que hiciéramos el año pasado en la sala Apolo de Barcelona), a saber, un batería inquieto, de ritmos sincopados y pulso suizo. Genial. En cuanto a las letras, precisamente en esta canción vemos a un Bill que trashuma, que cambia constantemente de lugar y que, exasperado, ve como casi un imposible luchar contra el delirio en movimiento: “And I set my watch against the city clock”. Mientras haya cosas de las que hablar, restará pasión y, por extensión, creación. Un amor que parecía haber perdido cuando pasó de llamarse Smog o (Smog) a llamarse por su nombre, tal cual, Bill Callahan: Woke on a whaleheart (2007) sea, muy posiblemente, su peor disco, al menos, su disco más grosero, como si con el cambio de nombre ya hubiera suficiente para evitar la desidia, como aquel que cambia su foto de perfil en facebook.
Bill Callahan “Drover”

Es en Red apple falls donde encuentro uno de sus temas más bonitos. Por su letra, llana y simple. En “To be of use” lo encontramos casi hastiado cuando entona aquello de “Most of my fantasies are of…making someone else to come”. No se puede decir más y mejor. Esta frase condensa un buen puñado de sentimientos que dominan al ser humano. Y es que en esta vida, la que pasa rápido, la urbana, aquella que no deja casi a uno pararse a respirar, las relaciones humanas pasan factura. No hace falta hablar solo de amantes y desencuentros para ver que hay algo de ficción en la forma que tienen las cosas a veces de transcurrir. El ser humano es un ser social, necesita crear vínculos constantes, aunque estos formen parte de un escenario que intentamos recrear día a día y aunque estos, muchos de ellos, sean simples encuentros formales, esporádicos, espontáneos y/o efímeros. Es obvio que nos debemos los unos a los otros y que esto crea una fuerte necesidad de sentirse útil, a que te reconozcan tu pequeña aportación a este mundo que, sí, Bill, tiende al apocalipsis y a la entropía relacional. Si bien empieza hablando de la carga simbólica del orgasmo, uno puede rápidamente extrapolarlo a cualquier tipo de relación al escuchar lo siguiente: “to be of use…like a spindle, like a candle…like a corckscrew…”. En lo simple reside el mensaje. La utilidad de las pequeñas cosas, la apetencia de uno por servir de algo y para alguien con aquello que hace. Un festival es un buen ejemplo de todo este batiburrillo de lazos: gente, encuentros, conocidos, conocientes a los que parece que vayas a querer toda tu vida y, también, otros seres que parece que vivan allí porque solo los ves una vez al año durante los días que dura el festival. Efectivamente, todo ficción. Pero una ficción tangible, eso sí. Como la que relata Cesc Gay en su homónima película (Ficción, 2006), una pequeña joya que nos habla de un encuentro casi fortuito de dos personas (Eduard Fernández y Montse Germán) que necesitan esa pequeña porción de relación para sentirse necesitados y no caer en la desidia de una vida monótona y estancada. Me pregunto cuándo le llega al músico la pereza por componer, a qué se debe exactamente, y si es posible seguir haciendo buenas canciones a pesar de la sensación de monotonía que lo puede llegar a gobernar. No sé si es el caso de Bill, como tampoco puedo saber si es el caso de nuestro otro músico y compositor del que quería hablar, Dean Wareham. Cualquiera que se pasee por sus conciertos sin saber de ellos, sin haber escuchado ni tan siquiera sus discos, determinaría que, la verdad, no se trata de aquellos músicos que disfrutan en el escenario, más bien todo lo contrario. Sus puestas en escena austeras y parcas de gestualidad así lo ratificarían. Aunque yo, como mínimo, lo pongo en duda.
Smog “To be of use”
Most of my fantasies are of
Making someone else come
Most of my fantasies are of
To be of use
To be of some hard
Simple
Undeniable use
Like a spindle
Like a candle
Like a horseshow
Like a corkscrew
To be of use
To be of use
Most of my fantasies are of
Making someone else come
On a horse
Over palms laid
On the threshold
On the coming day
Coming day
Coming day come

Dean Wareham fue uno de los culpables, junto a Damon Krukowski y Naomi Yang, de que entre el 1987 y el 1991 una banda llamada como un coche Ford, Galaxie 500, crearan una suerte de pequeños himnos generacionales. Llámenlo dream-pop, llámenlo pop a secas o como quieran; si algo destacaba en las composiciones de Galaxie 500 era esa especie de comunión entre bajo y guitarra para crear atmósferas que aún nos recuerdan o nos devuelven a los sueños de la adolescencia y la tontería del estar encerrado en una habitación viendo la minutera avanzar, cuando aún no existía internet y se quedaba a las cinco de la tarde en tal farola o cual boca de metro. Música totalmente necesaria hecha por gente necesitada. Se conocieron en la Universidad de Harvard y decidieron crear una banda para tocar canciones de bandas a las que adoraban. Se conoce que Dean no se esmeraba en las letras, él mismo lo ha reconocido alguna vez, que lo importante era que encajaran las palabras y que no le importaba lo más mínimo que las estrofas se repitieran. Es posible que este verso contenga la base de toda su lírica y, por qué no, el motivo por el cual muchos de los jóvenes escuchan música, al menos alguna vez en sus vidas: “when will you come home, watching TV all alone, watching Kojak on my own, staring at the wall and waiting for your call”. Porque, a veces, como diría aquel, no hace falta decir nada más. Y Dean subió al escenario el sábado del PS, después de que cierto equipo de fútbol levantara cierta copa, después de todo. Subió con su mujer, Britta Phillips, con quien actualmente mantiene un proyecto de nombre predecible, Dean & Britta; la misma Britta que le acompañaba al frente de Luna, al poco de que Galaxie 500 lo dejaran. Acompañado de un miembro de Polar y un batería, Dean Wareham lo hizo, nos llevó durante tres cuartos de hora a esos finales de los ochenta. Sonaron “Snowstorm”, “Blue Thunder”, “Strange”, la versión de Jonathan Richman “Don’t let our youth go to waste” y una magnífica “Cerimony” de Joy Division con la que cerraron. Sonaron compactos, estridentes cuando era menester y Dean siguió demostrando que sus falsetes y sus versos a modo de queja no se tienen por qué pulir. Que su concepción del pop emotiva sin caer en la épica aún es un secreto demasiado bien guardado para muchos.
Podría haber estado escribiendo largo y tendido sobre cada uno de los temas del nuevo disco de Callahan (como “America!” que vendría a ser la canción protesta callahaniana del LP, tan irónica como grave), de la misma manera que podría haber mencionado (ahora lo hago) que cerró el show con una gloriosa “Bathysphere” pero he aquí solo unos apuntes, eso es todo. Al fin y al cabo, yo venía a decir solo una cosa: Bill, Dean (el de los Galaxie 500), no os preocupéis, toda va y viene pero una cosa está clara, no es que seáis útiles, es que sois necesarios.
Jordi B. Gimeno
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